
Me llama la atención que en mi caso, el saludo típico de estas fechas siempre es “gracias, para tí también” nunca lo comienzo yo, es decir, nunca digo felices fiestas, feliz año, etc. y me limito a una vaga contestación de cortesía en lugar de anticiparme con un optimista brindis de felicidad para el próximo año. Y es que, para mí, como para mucha gente, estas fiestas tienen un marcado carácter comercial. Una de mis actividades profesionales es la de esas personas de eterna sonrisa, traje negro y rostro gris, esos que oyen sin escuchar y que ven sin mirar.
Para mí la última noche del año se inicia una semana antes, cuando comienzo a recabar información sobre las reservas para nochevieja y los posibles detalles que caracterizan cada una de ellas, así como, en función de la previsión final, la delimitación de las zonas del salón. Esta labor se intensifica el día 30, con el montaje completo del esqueleto que contendrá la estructura final del evento, revisión de mercancías en cámaras y almacenes, y la verificación de los elementos de videoproyección.
El día 31 da comienzo a mediodía (todo un lujo) con una visita al Hotel para verificar que los cambios que se hayan podido realizar no sean desmesurados para a continuación proceder a la discursión coordinación con el jefe de cocina. Después, de vuelta a casa, comida copiosa, que a saber cuando será la próxima vez que vuelva a comer. Luego viene el momento más duro del día, la taciturna despedida de los seres queridos, y es que, a eso no te acostumbras por muchos años que lo hagas ya que son fechas para estar con los tuyos, con las personas que quieres.
A las 16 horas entras a trabajar, enfrente, 17 camareros, 68 mesas, 302 clientes y 16 largas horas de trabajo, uffffff, qué de cifras, y yo que siempre he sido de letras. A las 16.30 llegan los camareros, comienza el montaje 92 manteles, 270 cubres, más de 2000 copas, más de 3000 cubiertos, cerca de 2000 platos(seguimos con más cifras).
Cumplir las expectativas una noche como ésta sólo se puede lograr prestando una escrupulosa atención por los detalles. El éxito o el fracaso de la noche (salvo estrepitosas concurrencias) se basa en la atención de todas las pormenorizaciones que puedan converger, por muy pequeñas que sean, una gesto desagradable de un camarero, una petición no atendida con inmediatez, una copa insuficientemente repasada son argumentos que justifican que un cliente se pueda sentir descontento, y no dejan de ser detalles.
A las 20.30, comienza la llegada de clientes, y piensas, vaya, aún no hemos empezado a trabajar y ya estoy cansado. A las 23.55 todo listo, la cena dada, de momento, todo va bien, cinco minutos para comer las uvas, tomar una copa de cava mientras mentalmente vas preparando los turnos de cena del personal, atención a la barra y acondicionamiento del salón. Desde ahora, cinco largas horas hasta llegar a las sopas de ajo y el chocolate con churros.
A las Seis de la madrugada, la gente comienza a irse, y a las 8, se da por concluido el servicio, momento ahora para sentarse con los compañeros, el servicio puede considerarse todo un éxito, los clientes se han ido muy contentos y además lo han pasado muy bien, objetivo cumplido. Notas como el cansancio se refleja en sus caras y te imaginas que la tuya tendrá los mismos rasgos, ojos enrojecidos y rostros pálidos surcados por profundas ojeras, son las huellas de la nochevieja, aunque, a estas alturas de la noche, estas marcas serán comunes a personal de servicio y clientes.
Ya de vuelta a casa, completamente de día, me cruzo con una pareja que vuelve de fiesta, él me manda una cómplice mirada como diciendo, jo, menuda noche y yo le devuelvo una mueca asentiva como réplica como diciendo si tu supieras…
Foto l visentico
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Comentarios
Creí que era la única, yo tampoco suelo anticiparme, aunque sí contesto por cortesía.
El sector de hostelería es uno de los negocios que a menudo más trabajan mientras los demás nos divertimos en fechas puntuales como éstas por ejemplo.
Pues mis Nocheviejas son iguales, más o menos a las que tú cuentas. Desde los trece años (mi padre, igual que yo ahora, era Maitre´Hotel). Hace muchos años que dejé de comerme las uvas por un tema personal, pero uno de mis mejores recuerdos es ese, de adolescente, cuando trabajaba de camarero (aún lo sigo siendo aunque de otra forma), entonces no se podía abandonar la sala como ahora cuando los clientes se comían las uvas, así que sobre las dos o las tres de la mañana, cuando el cotillón ya andaba solo, nosotros nos metíamos en el oficce y nos las comíamos mientras un compañero marcaba las campanadas golpeando una bandeja. Desde entonces, siempre he pasado las Fiestas trabajando, y las dos únicas veces que no lo he hecho, siempre por baja o algo así, la verdad es que me he aburrido mucho y he echado de menos todo el trajín del trabajo. Creo que somos un poco masoquistas.
Una gran crónica, sin duda... yo estuve un tiempo trabajando de camarero en un hotel de lujo en Inglaterra y la verdad es que hay presión, mucha presión (por suerte, cuando había bronca yo utilizaba el truco de desconectar la comprensión en idioma ajeno durante X minutos, así era más llevadero XDDD).
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