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comida avión

Las nubes resultan más apetecibles

Esta es una pregunta que todo aquel que haya “disfrutado” de las cada vez más escasos menús abordo se ha hecho ¿Por qué sabe tan mal la comida en el avión? De hecho, hasta se ha convertido en un frase con la que calificar despectivamente algo que estemos comiendo en tierra: seguro que más de una vez habréis oído la expresión “sabe a comida de avión”.

El caso es que, aunque muchas compañías se están esforzando por mejorar la calidad de su comida, contratando a grandes chefs que diseñen elaborados platos para los afortunados de la clase business, juegan con la ciencia en su contra.

Muchos estudios, algunos elaborados por las mismas aerolíneas, revelan que el sentido del olfato cambia mucho debido a las condiciones higrotérmicas de la cabina —el grado de humedad es bajísimo, resecando la nariz—, así como el del gusto, debido al cambio en la presión del aire, que abotarga las papilas gustativas.

Eso explica por qué se consume tanto zumo de tomate en los aviones —la misma cantidad que cerveza— pues sabe mucho menos ácido que en tierra, donde apenas encontramos unos bricks a la venta en el supermercado. También es el motivo de que se escojan platos ricamente especiados. Para tratar de estimular a nuestros sentidos, que están fuera de onda.

Es un poco como cuando estamos constipados o con gripe: la comida no nos sabe a nada. De hecho, cocinar en ese estado es un peligro, porque de nada sirve probar una salsa, no sabríamos distinguir si está dulce o salada. Lo mismo en el avión.

Otra cosa que juega en su contra es la logística. Imaginaos la cocina más pequeña del mini piso más pequeño que hayáis visto en vuestra vida; pues allí preparan la comida para todo el avión, turbulencias incluídas. Además, por cuestiones obvias de seguridad, no puede haber fuego a bordo, así que la comida básicamente se calienta en hornos de convección, que para colmo, resecan más la comida.

Comida en los avionesAunque tenga buena pinta, luego sabe a corcho

Así que de momento, tenemos unos sentidos mermados que van a degustar una comida recalentada. Bien. Si encima le añadimos todo el viaje que realiza esa comida desde la empresa de catering que la ha preparado, con suerte no muchas horas antes, los cambios de temperatura y humedad y mil perrerías más, lo raro es que supiera bien.

Esta segunda parte explica por qué la comida de los trenes tampoco es gran cosa, por mucho que se esfuercen en ofrecer menús de relumbrón para los pasajeros de primera clase. Hablando por experiencia, normalmente está mejor el bocadillo del vagón cafetería.

Tampoco ayuda nada el hecho de que, incluso en business, uno come incómodo. El traqueteo del tren, los vaivenes del avión, las azafatas pasando constantemente o incluso el ruido de los motores, hacen que el ambiente no sea el más adecuado para entregarnos al segundo pecado capital.

Visto lo visto, parece lógico que la comida del avión sepa tan mal. Los cocineros hacen lo que pueden para diseñar platos que despierten a nuestros sentidos, pero más que saber mal, lo normal es que no sepa a nada.

Y vosotros ¿Por qué creéis que sabe tan mal la comida en el avión?

Vía | The NY Times, Cooking Ideas
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