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Desde muy pequeño, tengo asociada la imagen de la Navidad con la fecha en que nos daban las vacaciones en el colegio, que coincidía con el 22 de diciembre, el día del sorteo de la lotería. Ese día tenía un significado especial porque con las vacaciones, comenzaban también mis desayunos navideños, tomados sin prisa en la casa de mis abuelos.

Ahora la cosa ha cambiado, porque las Navidades ya no empiezan el día 22 de diciembre, sino cuando lo dicen los grandes almacenes, cuando se enciende la iluminación de la ciudad, o cuando en casa ponemos el nacimiento o el abeto de Navidad. En realidad, para muchos estas fiestas comienzan cuando la mayoría de los anuncios de la televisión, son de juguetes, colonias y perfumes.

Aquellos desayunos navideños de mi infancia que recuerdo ahora, comenzaban al despertar un poco más tarde de lo normal, al no tener que ir al cole, mientras sonaba de fondo la radio de mi abuelo, que escuchaba a todo volumen el mantra del cántico de los niños del colegio de San Ildefonso nombrando los premios del sorteo del Gordo a los que mis hermanas y yo tratábamos de imitar.

Ese día podía tomar un zumo de naranja recién exprimido, que me preparaba mi abuela con una cucharadita de azúcar para que me gustase más, mientras me decía que me lo bebiera rápido para que no se escaparan las vitaminas. Además ese día podía tomar café con leche, eso sí, muy clarito, y no el habitual cacao caliente de cada día, y unas tostadas a las que mi abuela le recortaba los bordes.

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Mi abuelo mantenía la cantinela de la radio encendida, y comprobaba con nosotros si el décimo que él jugaba era el premiado, y año tras año, nos ilusionábamos soñando que nos tocaría, y hacíamos planes de gastarlo en exóticos y lejanos países, mientras untábamos las tostadas con la mantequilla y la mermelada de fresas que hacían en casa.

Hoy, muchos años después, no puedo evitar recordar aquellos desayunos, y veo la radio que heredé de mi abuelo, coloco cerca los décimos de lotería que jugamos en casa, y vuelvo a ilusionarme y a hacer planes de viajes fantásticos, mientras intento desayunar de forma similar a entonces.

Cada año, sigo jugando a ser pequeño en estos días, me dejo llevar por el sonido de la radio, que ahora escucho en el trabajo pues ya no tengo como tales, las largas vacaciones de navidad de la época escolar, y cuando puedo, me preparo uno de aquellos desayunos navideños, tan completos, tan llenos de recuerdos y nostalgia. Y envuelto en esos recuerdos, aprovecho para desearos a todos ¡¡Felices fiestas!!

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