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Es muy común que de vez en cuando aparezcan noticias acerca de estudios alimentarios o dietas que afirman cosas como “dejar de fumar engorda 5 kilos”, o “tomar bebidas edulcoradas puede engordar” o el mito común más extendido y más difícil de quitar “tomar huevos aumenta el colesterol”.

Cuando surgen este tipo de noticias en inevitable quedarnos solo con el titular y enseguida empezar a preguntarnos cómo nos puede afectar en nuestra alimentación. La realidad, es que, al igual que ocurre en el mundo de la ciencia, en los estudios sobre alimentación es muy complicado separar el grano de la paja. De lo que puede desprenderse de un titular, a lo que luego realmente dice el estudio, puede mediar un abismo. Es más, muchas veces, ni siquiera se corresponde con la realidad.

En el artículo de hoy me gustaría dejar algunas pautas para conocer más cómo funcionan estos estudios y qué limitaciones tienen. De esta forma, cuando nos encontremos con algunas de estas noticias podremos ponerlas mejor en contexto.

Tipos de Estudios en Alimentación

Los estudios de alimentación en humanos son muy complejos y muy caros. Hay varias formas de hacerlos. Por ejemplo tenemos los estudios observacionales. En este caso, a través de las estadísticas que podemos extraer de varias fuentes, intentamos correlacionar factores. Por ejemplos, podemos tomar datos del INE y datos del Ministerio de Consumo durante varios años y cruzarlos. De esta forma y a través de métodos estadísticos determinar, por ejemplo, que aquellos que consumen más carne, mueren antes. Sin embargo, que dos factores están relacionados estadísticamente, no implican necesariamente causa y efecto. Para determinar esto con claridad son necesarios otros tipos de estudios.

Los estudios experimentales. En este caso, partiendo de una hipótesis que hemos obtenido, por ejemplo, en el estudio observacional, intentamos demostrarla bajo unas condiciones controladas. El objetivo es determinar si realmente hay una relación de causa-efecto o si por el contrario pueden intervenir otros factores secundarios. Aquí las cosas se complican más.

Por ejemplo, tenemos que diseñar el experimento. Siguiendo nuestro ejemplo, podemos hacer que un grupo de personas coman una cierta cantidad de carne y otras una cantidad menor. Pero ya os podéis imaginar que si queremos obtener resultados en un plazo razonable, es muy complicado tener a un número de personas comiendo cierta dieta durante toda su vida y esperar a que mueran para ir viendo los resultados. Además, el problema cuando se experimenta con personas es que hay otros muchos factores. Por ejemplo, que dejen el experimento, que no sigan la dieta, etc… Es decir hay muchas otras variables que no podemos controlar.

Es entonces cuando puede entrar en juego la experimentación con animales. Podemos coger ratones de laboratorio y a hacer que sigan la dieta que nosotros queremos que sigan y controlar de una forma mucho mejor lo que comen. Aquí ya sí que podemos empezar a sacar algunas conclusiones, pero solo sobre la población de ratones. El problema es que los ratones son mamíferos pero evolutivamente están adaptados a comer otras cosas. Es decir, que en nuestro ejemplo, podría ser que la carne “matara” antes a los ratones, pero no tiene por qué ser cierto que eso sea también así en nuestro caso.

Como veis la situación se va complicando, podemos tener resultados prometedores en estudios observacionales, confirmar esos resultados con ratones y sin embargo que finalmente eso no sea cierto en las poblaciones humanas.

La Antropología y Arqueología

En este caso, y dado que no podemos recurrir, como hemos visto a estudios con condiciones controladas en humanos, podemos recurrir a la antropología y arqueología. ¿Existieron grupos de poblaciones humanas que comiendo mucha carne tuvieran una mortalidad mayor? Aquí podemos recurrir al registro fósil y ver qué paso. Lo ideal, claro está es que encontremos dos grupos de humanos, que viviendo en una región similar tuvieran dietas diferentes, una con más carne y otra con menos. En este caso el estudio de sus restos nos puede dar una idea de sus mortalidades.

Un ejemplo del que ya hemos hablado en DAP es el de la dieta de los esquimales, que comen carnes de pescados, focas, etc… y cuya mortalidad media no es mayor que en otras poblaciones humanas que no lo hacen. Pero hay más ejemplos, con indios americanos en condiciones ambientales y temporales similares.

El sesgo de confirmación

Es decir, antes de afirmar a partir de cierto estudio algunas conclusiones deberíamos pensar si se ha realizado en humanos, en animales de laboratorio, si hay alguna referencia histórica sobre ello y por último, y no menos importante tenemos, el factor del propio investigador y de la comunidad científica.

Muchos estudios científicos y los de alimentación dentro de ellos, cuando publican un resultado novedoso tienen mucho eco. A partir de ese momento todos los medios los publican y la propia comunidad científica y nutricionistas, empiezan a asumir ese estudio como cierto, sin haberse leído el estudio original, y por tanto, sin comprobar si el estudio fue hecho en ratones, humanos, las técnicas y lo que es más importante, no hay tiempo para volverlo a hacer y tratar de replicar los resultados.

Un caso paradigmático es el del colesterol y los huevos, varias veces desmentido, pero que sigue apareciendo invariablemente como un método para evitar que suba el colesterol. Parece ser que no todo el mundo responde igual, y consumir huevos también sube el nivel del colesterol “bueno”, con lo que el efecto global no está tan claro.

Huevo

El caso es que durante algún tiempo, otros investigadores hacen estudios similares o iguales y van comprobando la hipótesis y de pronto, aparecen un montón de publicaciones confirmando el estudio. Ahora bien, también hay un efecto de no publicación de estudios que lo desmienten. Es decir, hay estudios que tratan de confirmar el estudio, pero que no lo logran y sin embargo no son publicados, precisamente porque no han tenido éxito.

Sin embargo, los resultandos negativos son tan importantes como los positivos. El problema es que “venden” menos tanto para el investigador, que tiene más complicado justificar que ha “perdido” el tiempo, como para el público, “un estudio demuestra que comer huevos no tiene ni efecto positivo ni negativo sobre el colesterol” no sería una noticia de interés.

Sin embargo, con el tiempo empiezan a aparecer estudios que matizan o desmienten el estudio original, pero el problema es que muchas veces ya es tarde, porque desmontar un mito o una creencia popular cuesta mucho tiempo. Incluso entre la propia comunidad científica.

¿Qué hacemos entonces?

Por tanto, siempre que veamos un titular llamativo sobre un nuevo estudio relacionado con alimentación y salud, debemos tener mucho cuidado de no caer en la trampa de creerlo como 100% cierto y ver antes qué tipo de estudio es. Y sobre todo, no tomar conclusiones precipitadas para aplicarlas inmediatamente a nuestra forma de comer.

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