
Amigos del cupcake, no os enfadéis conmigo que soy buena mujer. Un poco tiquismiquis con algunas cosas, pero siempre sin mala intención. El caso es que desde hace tiempo observo una invasión de esos pastelillos llamados cupcakes, que de alguna manera entronizaron cuatro mujeres neoyorkinas en la ficción. Daba gloria verlas en Magnolia Bakery con esas ropas imposibles y estilosas, contando sus avatares sexuales mientras daban mordiscos a unas magdalenas preciosas con capucha de colores, de las que aquí no teníamos noticia.
Unos años más tarde, los cupcakes entraron en nuestra vida a través de muchos blogs de recetas que realizaron un gran esfuerzo de imaginación, aportando colorido y arte a espuertas. Las pastelerías españolas de toda la vida, esas de huesos de santo en noviembre y roscón en enero, se resistieron con uñas y dientes, y surgieron algunos nuevos establecimientos que tenían al dulce con boina de los domingos como leitmotiv. Muchos de los que estamos en la cosa gastro intentamos hacerlos, servidora consiguió unas magdalenas con cara que le hacían burla, así que nunca las publiqué. Otros se han convertido en maestros de la cosa, con creaciones envidiables.









