
Cualquiera que me conozca, y a pesar que por mi trabajo puede parecer lo contrario, sabe que gastronómicamente hablando no soy nada difícil de complacer. Cuando me siento a un mesa a disfrutar de una comida que no he cocinado yo, depende de donde, “exijo” unas cosas u otras. Si es la mesa de un amigo o familiar, solo necesito que el cocinero este sentado conmigo para poder disfrutar todos juntos, tanto de la comida como de la compañía.
Está claro que la cosa cambia cuando me siento en la mesa de un restaurante, exijo ser atendida con un mínimo de cortesía y rapidez, deseo que los platos estén preparados con materias primas de calidad y espero que la relación calidad precio sea la correcta. Creo que en este apartado en concreto, coincidirán conmigo la mayoría de ustedes, por supuesto me llevo un alegrón impresionante si además son capaces de sorprenderme con algún extra, como por ejemplo, una carta cuidada, una cocina de autor, una técnica inmejorable, una decoración bonita, etc.
A lo largo de mi vida, solo he abandonado la mesa de un restaurante en tres o cuatro ocasiones, pero nunca ha sido una decisión que yo tomara directamente, siempre ha sido acompañando al grupo y siempre con una fuerte sensación de vergüenza y la voz de Pepito Grillo gritándome al oído – eso ha estado muy feo, tendrías que disculparte – y eso hacía con mis gestos, movimientos lentos, mirada de pena, cabeza gacha y un leve – lo siento – susurrado al pasar frente a cualquiera que trabajase, o no, en el restaurante.








