
Llevaba mucho tiempo con ganas de conocer el restaurante Naomi, del que había escuchado hablar muy bien, así que cuando mi amiga Isabel me lo propuso como lugar para celebrar una comida muy esperada por ambas, no lo dudé un momento. Para ella ya era un lugar conocido, así que me dejé guiar en todos los sentidos, ella fue quien me fue señalando el camino mientras paseábamos y charlábamos, y a la hora de pedir los platos, me puse absolutamente en sus manos.
El restaurante muestra una fachada más que modesta, puerta de madera cerrada y un ventanal, sobre ambos un cartel amarillo en el que reza el nombre del restaurante. Trapasamos la puerta y accedemos a un pequeño recibidor. Se nos antoja un buen comienzo, no hay rastro de decoraciones minimalistas y da la impresión de que ingresamos en otro pequeño mundo aparte.
Abrimos la puerta del recibidor y nos vemos obligadas a agacharnos, pues en la entrada cuelga un calendario de tela que nos cubre la cabeza. Hacemos la obligada reverencia y nos sentamos en nuestra mesa.







