La fabada, bien inmaterial de la Humanidad

Días atrás me tomé una de las mejores fabadas que recuerdo, en uno de los muchos centros asturianos que hay repartidos por toda España, y seguramente fuera de ella también. Y es que el asturiano ama a su tierra y lleva con él su amor por su cocina. En consonancia con esto, entiendo que el Pleno de la Junta General del Principado de Asturias haya aprobado recientemente presentar la gastronomía asturiana como candidata a “bien inmaterial de la Humanidad de la UNESCO”.
Los mal pensados, o no tanto, pensaran que lo de inmaterial no concuerda mucho con una de las cocinas más contundentes que conozco, no ya la fabada, guiso consistente como ninguno, también los cocidos, pote asturiano, callos, chorizo a la sidra, cachopos (especie de filetón empanado), las fabes con almejes o alguno de los deliciosos postres, como tartas de queso, casadielles y frixuelos.
Quizás no estemos todos de acuerdo, pero para mí la fabada es un guiso excelso, y no siendo yo asturiano, me quito el sombrero ante esta maravilla gastronómica donde las haya. Y que se quiten cassoulets o bullabesas, donde se ponga una fabada de verdad, poca competencia podrá haber. Me ha divertido mucho el comentario muy irónico de Antigourmet sobre esta noticia, que considera la fabada como un tótem protector, según sus palabras, “el arma más poderosa que posee para defenderse de los ataques de la mala cocina moderna”.
