
Una ramita de olivo en el pico de una paloma fue el primer signo de vida que Noé recibió después del diluvio, por lo que puede afirmarse que la presencia de este árbol se remonta a los principios de la historia de la humanidad, se calcula que su cultivo comenzó hace 8000 años, probablemente en Siria o Creta y fueron los fenicios quienes difundieron su cultura por toda la costa mediterránea, desde África hasta el sur de Europa.
Para griegos y romanos el comercio del aceite fue vital, de hecho, construyeron navíos especiales para su transporte, incluso en Roma funcionaba una bolsa dedicada a este producto donde se discutían los precios de las partidas.
La expansión del imperio romano fue también la del olivo, la aceituna y el aceite, se sabe que los romanos obligaban a las poblaciones conquistadas al pago de tributos en especias que en ocasiones consistían en aceite de olivas.
Además de producir uno de los frutos más parecidos, el olivo es un árbol robusto que con el paso de los años deviene nudoso y retorcido, estas formas lo hacen singular y hermoso; Lo cierto es que no hay dos olivos iguales, además, este árbol es capaz de resistir temperaturas por debajo de los 6 grados bajo cero, y largas sequías en verano.