
Consume energía para calentar el agua y compensar las pérdidas de calor del depósito, aunque su peso en el recibo depende del equipo y de los hábitos de cada hogar
Cuando llega una factura de la luz más abultada de lo esperado, enseguida buscamos culpables: las últimas secadoras, el horno del domingo o ese frigorífico que nunca descansa.
Sin embargo, hay otro aparato que merece entrar en las cuentas y pocos lo consideran: el termo eléctrico. Si el agua caliente de casa depende de él, puede representar una parte importante del consumo.
Un termo eléctrico convencional calienta agua mediante una resistencia y la almacena en un depósito para utilizarla después. No es sinónimo de caldera ni funciona igual que un calentador instantáneo. Esa diferencia técnica es importante puesto que los sistemas de acumulación mantienen una reserva de agua caliente, mientras que los instantáneos la calientan al pasar por el aparato.
No es solo cuando nos duchamos
El consumo del termo tampoco se limita al momento de la ducha. El agua almacenada pierde calor hacia el ambiente y el equipo necesita reponer esa energía para mantener la temperatura seleccionada. Estas son las llamadas pérdidas térmicas, que pueden producirse aunque nadie abra un grifo. En cambio, un depósito bien aislado permite reducir esas pérdidas y el coste de funcionamiento.
Ahora bien, de ahí no se desprende que sea siempre el aparato que más electricidad consume. La demanda doméstica cambia según cuántas personas viven en casa, cuánta agua caliente utilizan y qué otros equipos funcionan con electricidad. En una vivienda con calefacción eléctrica, por ejemplo, la comparación será distinta a la de un piso donde la calefacción utiliza otro combustible, como el gas.
También hay que distinguir entre electricidad y energía total. Los porcentajes sobre el gasto energético del agua caliente pueden incluir distintos combustibles y no describen automáticamente su peso en el recibo de la luz. El consumo eléctrico de un termo debe compararse con el resto de los usos eléctricos de la vivienda. Por eso, hay que tener precaución a la hora de atribuirle sin más un porcentaje fijo, ya que ello puede llevar a conclusiones equivocadas.
Un correcto aislamiento
En cualquier caso, es importante que los depósitos acumuladores y las tuberías de distribución estén bien aislados. El aislamiento térmico merece, por tanto, tanta atención como la capacidad del equipo: no basta con disponer de agua caliente si parte de esa energía se pierde antes de aprovecharla.
Igualmente, la elección del aparato también debería partir de las necesidades reales. Un hogar de una persona y otro con varias duchas consecutivas no requieren necesariamente la misma reserva. El tamaño adecuado, el rendimiento y las pérdidas del depósito deben valorarse conjuntamente.
Fotos | Pexels/23 Audiovisual y Max Vakhtbovych/Pexels
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