Hay algunas pistas casi inequívocas que apuntan a que un roscón de Reyes no es tan fresco como nos quieren vender
Ya sea apostando por una panadería de barrio, o bien por un supermercado, la posibilidad de que nos cuelen un roscón de Reyes previamente congelado siempre planea en el aire. En más de una ocasión nos habremos quedado con la duda al notar que el bollo no estaba tan bueno como debería; si queremos evitar decepciones, hay signos que pueden ser una buena pista.
Lo primero, si se trata de un roscón comercial envasado por una cadena o marca industrial, es comprobar el etiquetado. Siempre hay que leer bien las etiquetas de los productos, y en el caso del roscón no es una excepción. Cuando una tienda nos vende un roscón que ha sido previamente congelado, debería indicarlo claramente. Quizá no de forma tan clara, con una ligera mención en letras minúsculas perdidas en una esquina de la parte trasera, pero debe indicarse.
Algunos roscones se pueden comprar directamente congelados, pero que eso no nos despiste a la hora de comprar, pues en el mismo establecimiento podrían tener roscones congelados y descongelados, estén refrigerados o no. Esto es importante para saber si el roscón podríamos congelarlo nosotros en casa, un recurso fácil y útil para conservar las porciones que nos sobren o para tener reservas si queremos alargar la temporada rosconera unos días o semanas en el futuro.
Más problemas dan los roscones de comercios locales que pueden dar la impresión de tener bollos frescos horneados en el día, cuando a menudo muchas tiendas recurren a proveedores que los suministran ya hechos. Pueden ser roscones precongelados, como muchos panes, que solo requieren el horneado final en el establecimiento, o pueden ser roscones completamente descongelados; esta última es la peor opción desde el punto de vista del consumidor.
Pistas que apuntan a un roscón no demasiado fresco
Un roscón descongelado suele contener más aditivos en la masa; no son un problema per se, pero es cierto que el abuso de conservantes, emulsionantes y texturizantes estropean la calidad organoléptica del producto, más aún en una masa dulce de bollería como es el roscón de Reyes. Sencillamente, sabe peor, más industrial, y la textura puede parecer algo chiclosa, de miga más densa y algo pesada, por exceso de levaduras y malas fermentaciones.
Otro signo claro de un roscón que carece de frescura es la almendra que suele decorarlos. Si no está crujiente y más bien parece una goma blanda sin sabor, mala señal. Sucede algo similar con otras decoraciones, como el azúcar perlado, que se nota más gomoso y artificial cuando ha pasado por un proceso de congelación y descongelación. Si la fruta escarchada aparece blandurria y ha teñido demasiado la masa del roscón a su alrededor, también apunta a que ha sufrido las bajas temperaturas.
Hay otra pista muy clara: el roscón que se descascarilla al cortarlo. Es un daño muy típico que sufre el pan de calidad mediocre cuando se ha sometido a la congelación y descongelación, especialmente si no se ha conservado bien y no se ha devuelto a la temperatura ambiente de una manera controlada. Un buen roscón recién hecho debe ser tierno, homogéneo y elástico, como una nube esponjosa. Si su corteza exterior se resquebraja y pierde demasiada miga al cortarlo con cuchillo, las sospechas de que no es fresco se acentúan.
Poco se puede hacer ya con un roscón de estas características en casa, salvo pedir explicaciones a quien nos lo haya vendido o no volver a repetir el año que viene. También puede suceder que nos haya tocado un roscón algo defectuoso por error; si tratamos con negocios de barrio y hornos artesanos, nos agradecerán que les expliquemos el problema educadamente para poder corregirlo.
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