Soo Hoo Khoon Peng se hizo hace un año con esta referencia para celebrar su 50 cumpleaños y la ha abierto en una cata privada
En el mundo del vino existen miles de etiquetas que han alcanzado el estatus de icono, referencias que coleccionistas y amantes del sector persiguen durante años. Sin embargo, pocas —o ninguna— logran el nivel de prestigio que rodea a las botellas del Domaine de la Romanée-Conti.
Esta bodega borgoñona, conocida en el sector simplemente como DRC, representa para muchos entendidos la cima absoluta de la viticultura mundial. Y vuelve a estar en boca de todos tras un acontecimiento que ha sacudido al mundo enológico internacional: la apertura de una botella con más de 127 años de historia, adquirida por un coleccionista singular que decidió que aquel vino estaba hecho para beberse, no para guardarse.
Quien tomó esa decisión fue Soo Hoo Khoon Peng, empresario singapurense e inversor en vino con una trayectoria más que notable en el sector. Compró la botella hace algo más de un año, como regalo para su propio cincuenta cumpleaños, a través de Maison Pion, uno de los principales distribuidores de DRC.
Su precio, estimado por Régis Cimmati —director de vinos finos de dicha distribuidora— en torno a los 100.000 euros, sitúa esta adquisición en una categoría completamente diferente a la de cualquier otra compra enológica.
Vinos de seis cifras
Para entender la magnitud, basta con saber que una botella de la cosecha de 1945 fue adjudicada en Sotheby's en 2018 por más de medio millón de dólares, convirtiéndose en el vino más caro jamás vendido en subasta.
Peng no quiso guardar su tesoro bajo llave. En enero de este año, reunió en el comedor privado del restaurante Auprés du Clocher, en Pommard, a apenas media hora de la bodega, a un grupo reducido de las voces más autorizadas del panorama vinícola mundial.
Entre los presentes estaban el fundador de la aplicación Vivino, Heini Zachariassen; el Master of Wine y comentarista Ned Goodwin; y William Kelley, director de la influyente publicación The Wine Advocate. También estuvo sentado a la mesa Aubert de Villaine, copropietario de DRC con 86 años, un hombre que representa en sí mismo un vínculo vivo con la historia de la propia bodega.
Para Soo Hoo, abrir una botella así no era una cuestión de ostentación. "Demasiadas grandes botellas nunca llegan a abrirse", declaró a CNN, quien recogió el testimonio de esta hazaña. "Esto no tiene que ver con el estatus, sino con aprender y con la conexión humana". Una filosofía que contrasta con la tendencia habitual de conservar estas piezas como activos financieros o como objetos de colección intocables.
El vino 'perdido'
La historia de esa botella en particular merece un capítulo propio. Adquirida originalmente por la noble familia francesa de Brou de Laurière —propietaria del distribuidor bordelés Seignouret—, permaneció intacta durante décadas en la bodega familiar.
Tras la muerte en 2011 de Patrick de Brou de Laurière, descendiente de aquella familia, nadie supo reconocer lo que tenía ante sus ojos. Con la etiqueta deteriorada y mezclada entre otros vinos antiguos, fue subastada localmente por unos pocos decenas de euros bajo el genérico título de "vinos tintos del siglo XIX". Un comprador avispado la rescató y, con el tiempo, acabó en manos de Soo Hoo.
Que ese vino siguiera con vida era, en sí mismo, casi un milagro. Mantener en buen estado un tinto de más de un siglo es algo prácticamente fuera de lo común. Ciertos vinos generosos, como los de Jerez, están mejor equipados para resistir el paso del tiempo gracias a sus características propias de elaboración.
Pero un pinot noir de Borgoña envejeciendo durante 127 años es otra historia completamente distinta. Que no solo sobreviviera, sino que mostrara señales vitales, resultó extraordinario incluso para los expertos presentes. Cimmati apuntó que solo los vinos de mayor calidad y potencial de guarda pueden resistir semejante trayecto, siempre que las condiciones de conservación hayan sido impecables. En este caso lo fueron: la botella apenas se había desplazado entre Burdeos y Borgoña a lo largo de toda su vida.
Los indicadores técnicos respaldaban un estado sorprendentemente bueno. Su color rojo vivo seguía siendo prometedor, y el ullage —es decir, el espacio de aire entre el corcho y el vino— medía apenas seis centímetros tras más de doce décadas, una cifra que los especialistas consideran muy aceptable. Además, fue elaborado con cepas de pinot noir no injertadas, anteriores a la plaga de la filoxera que devastó los viñedos europeos a finales del siglo XIX. Eso lo convierte en un testigo único de una forma de hacer vino que ya no existe.
¿Y cómo sabía? Brillante, con ese color ámbar anaranjado que dan los años, ofrecía aromas de flores secas, té y ciruela confitada, con una frescura delicada que nadie esperaba encontrar. "Que el vino todavía esté vivo es un alivio", reconoció Soo Hoo, con evidente satisfacción. Para Cimmati, en cambio, iba más allá del alivio: abrir una Romanée-Conti de 1899 era, en sus propias palabras, "un acontecimiento histórico para el mundo del vino".
Imágenes | Domaine de la Romanée-Conti
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