El éxito depende de elegir el sustrato correcto, respetar las raíces y trasplantar solo en el momento adecuado
El fenómeno fan en estas plantas realmente existe. Las orquídeas son una de las plantas de interior más apreciadas, pero también de las que más respeto imponen a la hora de manipularlas.
Su aspecto elegante y frágil hace pensar que cualquier error puede ser fatal, y en parte es cierto: un trasplante mal hecho puede provocar caída de flores, hojas lacias o raíces dañadas que tardan meses en recuperarse.
A diferencia de otras plantas, las orquídeas no siguen los mismos ritmos ni toleran los cambios bruscos. Están adaptadas a crecer con las raíces al aire, con mucha luz y un equilibrio muy preciso entre humedad y ventilación. Por eso, trasplantarlas como si fueran una planta convencional suele acabar mal.
Estimular nuevas raíces
Sin embargo, cuando el trasplante se hace en el momento adecuado y siguiendo unos pasos básicos, no solo no se marchitan, sino que la planta sale reforzada. Cambiar el sustrato a tiempo evita pudriciones, estimula nuevas raíces y prepara a la orquídea para futuras floraciones más sanas y duraderas.
El momento ideal para trasplantar una orquídea es cuando no hay floración, nunca cuando aún tiene flores abiertas. En esa fase de descanso, la planta tolera mejor el cambio de maceta y puede concentrar su energía en regenerar raíces sin el estrés añadido de mantener la flor.
Sustrato específico y macetas claras
El segundo punto clave es el sustrato. Las orquídeas no deben plantarse en tierra común bajo ningún concepto. Necesitan un sustrato muy aireado, normalmente a base de corteza de pino, fibras de coco o perlita, que permita que el agua drene rápido y que las raíces respiren. Un sustrato inadecuado es la causa más habitual de que se marchiten tras el trasplante.
También es fundamental elegir bien la maceta. Las macetas transparentes no son solo una cuestión estética: permiten que las raíces reciban luz y facilitan controlar su estado. Además, ayudan a detectar exceso de humedad o problemas antes de que la planta los manifieste en las hojas.
Al retirar la orquídea de su antigua maceta, conviene hacerlo con cuidado y sin tirar de la planta. Una vez fuera, se deben limpiar suavemente las raíces y eliminar restos de sustrato viejo. Es el momento de inspeccionarlas con calma.
Solo deben cortarse las raíces negras, blandas o con mal olor, siempre con tijeras desinfectadas. Las raíces firmes y verdes o plateadas están sanas y deben conservarse, aunque parezcan largas o desordenadas.
No compactar el sustrato
Al colocar la orquídea en su nueva maceta, el sustrato se añade poco a poco, dejando que se acomode solo. No debe presionarse ni compactarse: las raíces necesitan huecos de aire para desarrollarse correctamente.
Después del trasplante, conviene no regar de inmediato. Esperar entre tres y cinco días permite que los pequeños cortes cicatricen y reduce el riesgo de pudrición. Durante ese tiempo, basta con mantener la planta en un lugar luminoso y protegido de corrientes.
Con estos cuidados y algo de paciencia, la orquídea se adapta al nuevo sustrato, emite raíces nuevas y recupera su vigor. Un trasplante bien hecho no frena la floración: la prepara para que vuelva con más fuerza en el siguiente ciclo.
Fotos | Frepik, Pexels
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