En 1807, arrojaron cerdos en una isla para que los náufragos pudieran comérselos. 192 años después, encontraron criaturas muy distintas

Cerdos

Los animales debían ser fuente de sustento para náufragos, pero acabaron arrasando el ecosistema. Casi dos siglos más tarde, son un diamante en bruto para la ciencia

Liliana Fuchs

Editor

Abraham Bristow fue un marinero británico dedicado a la caza de ballenas y focas, pero pasó a la historia como el primer europeo en descubrir las remotas islas Auckland, en la actual Nueva Zelanda, en 1806. Al año siguiente, el ballenero tuvo la ocurrencia de dejar en la isla principal un grupo de cerdos con un único objetivo: que fueran alimento para náufragos. No imaginó que 192 años después un equipo de investigación se encontraría con algo muy diferente.

Las islas Auckland forman un archipiélago que a ojos de un europeo de principios del siglo XIX ciertamente parecerían uno de los lugares más remotos del planeta. Son pequeñas islas subantárticas situadas a 465 km al sur de la isla del Sur, una de las dos principales que forman Nueva Zelanda, y a día de hoy están deshabitadas, como lo estarían cuando llegó el Ocean, el barco ballenero de Abraham Bristow, por primera vez a la isla Auckland, la principal del archipiélago. No son islas muy amables con los visitantes, sometidas sus costas a las inclemencias violentas del mar, fuertes vientos muy fríos y abundantes lluvias. 

Las islas eran además una trampa para los barcos que se atrevieran a surcar sus aguas o acabaran allí por accidente. Consciente de ello, Bristow regresó en 1807, un año después de su descubrimiento, con una piara de cerdos neozelandeses a bordo para soltarlos y que pudieran ser la salvación de cualquier barco naufragado en el archipiélago, ya que pocos recursos de supervivencia se encontraban en sus tierras. La idea de liberar animales en islas perdidas fue relativamente común en la época, y en el caso de estas islas no pasó mucho tiempo para que demostrara su utilidad; en 1866, los supervivientes del naufragio del general Grant en 1866 lograron sobrevivir 18 meses gracias a aquellos cerdos.

Pero la historia de estos animales siguió por otro camino insospechado por el ballenero británico.

De especie invasora a experimento accidental

Australia y Nueva Zelanda se toman muy en serio el control en sus aduanas de animales y plantas ajenos, pues ya saben las terribles consecuencias que pueden tener las especies invasoras. Lo han sufrido desde el siglo XIX con la introducción de conejos, sapos, ratas, cabras, gatos y zarigüeyas, entre otros, que han arrasado con la fauna y flora local. En la isla Auckland, los cerdos de Bristow camparon a sus anchas durante casi dos siglos, con el consecuente impacto en el ecosistema.

Islas Auckland

Y es que la liberación de 1807 fue solamente el principio: hubo nuevas introducciones, entre ellas una en 1842 y otra en la década de 1890. Aquellos animales tuvieron que buscarse la vida como si fueran una especie salvaje, sin pocilgas, sin alimento proporcionado por humanos ni apenas depredadores. Sobrevivieron a base de raíces, larvas bajo las piedras, vegetación local, nidos de aves e incluso restos de animales arrastrados hasta la costa. Básicamente, comían lo que se encontraban a su paso.

Esta alimentación y las duras condiciones de supervivencia que imponía la propia isla fueron cambiando la apariencia y el propio organismo de los cerdos.  Frente a los voluminosos animales seleccionados por la ganadería moderna, los cerdos de Auckland acabaron siendo relativamente pequeños, estrechos, resistentes y marcadamente atléticos, con hocicos alargados y pelaje abundante. Se adaptaron para sobrevivir, y eso fue nefasto para el ecosistema local. En pocos años, una especie nueva y ajena estaba arrasando con la vegetación y la fauna de la isla.

Por ello, a finales del siglo XX estos cerdos entraron a formar parte del grupo de especies invasoras que el país se propuso erradicar para restaurar los ecosistemas locales, pero había algo especial en ellos. La Rare Breeds Conservation Society se dio cuenta de que representaban casi dos siglos de una historia ganadera única, una especie que evolucionó por sí misma gracias a estar aislada. Merecía la pena conservarla.

Así, en 1999, 192 años después de su liberación, una expedición utilizó perros entrenados para localizar y capturar ejemplares, logrando extraer 17 cerdos, incluyendo hembras preñadas. Estos animales se llevaron a unas instalaciones de cuarentena en Invercargill, donde se podría conservar y estudiar a la especie en un entorno controlado.

Cerdos únicos para la ciencia

El análisis del ADN mitocondrial de cinco de los 17 cerdos retirados sugiere que son animales más estrechamente relacionados con las razas de jabalí de origen europeo (Sus scrofa). El prolongado aislamiento de casi dos siglos también había tenido un efecto muy interesante para la investigación biomédica, pues no se habían visto afectados por la mayoría de los agentes infecciosos comunes en las poblaciones porcinas comerciales.

Esto permitía disponer de animales con un estatus sanitario muy controlado, dando la posibilidad a los científicos de examinarlos frente a numerosos microorganismos antes de poder utilizar sus tejidos con fines médicos. Porque una de las grandes líneas de investigación actuales se centra en la xenotrasplantación, el uso de células, tejidos u órganos de una especie para tratar a otra. Para ello, es fundamental evitar la contaminación por agentes patógenos que puedan infectar a la especie tratada.

Por ejemplo, se han usado células de los islotes pancreáticos de estos cerdos, responsables de producir insulina, en ensayos clínicos experimentales con personas con diabetes tipo 1. En uno de ellos, 14 pacientes recibieron células encapsuladas procedentes de donantes de Auckland Island. Los animales y las preparaciones fueron examinados frente a 26 microorganismos y el seguimiento no detectó transmisión de los virus porcinos analizados a los receptores durante al menos un año. 

Y así, los cerdos que liberó un ballenero británico para ser fuente de alimento a navegantes y náufragos se han convertido en algo completamente distinto y paradójico; por un lado, animales invasores que ahora hay que erradicar para restaurar el ecosistema; por otro, una raza única y rara que hay que conservar viva porque podría ser sumamente valiosa para el futuro de la medicina.

Imágenes | cdorobek, eyrezer, L. Mead & T. Nicklin

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