A 1.182 metros de altitud, Ávila se yergue poderosa alrededor de una muralla única, convertida en Patrimonio de la Humanidad desde 1985
Hay ciudades que se viven como un paseo y otras que se sienten como un relato. Ávila pertenece a este último grupo. Desde lejos, ya impresiona: su silueta medieval, coronada por una muralla perfecta, se recorta contra el cielo limpio de Castilla como si hubiese sido trazada a plumilla.
La piedra dorada, la sobriedad de su arquitectura, el silencio de sus calles... todo invita a entrar en otro tiempo. Aquí, la historia no se expone: se respira. En cada adoquín, en cada iglesia, en cada sombra al caer la tarde.
Fundada sobre un antiguo asentamiento vetón, romanizada, reconquistada, fortificada y canonizada, Ávila resume buena parte de la historia peninsular en apenas unos kilómetros cuadrados.
Fue plaza fuerte en la Edad Media, símbolo del poder nobiliario, centro de espiritualidad y cuna de una de las figuras más fascinantes del Siglo de Oro: Santa Teresa de Jesús. Ella le dio palabra mística a un lugar ya de por sí consagrado a la piedra y al recogimiento.
Pero Ávila también sabe ser amable. Tras la austeridad de su fachada hay dulzura: en sus yemas, amarillo de convento y azúcar glaseada; en la hospitalidad de sus restaurantes, donde el chuletón es más que un plato: es una declaración de carácter. Aquí se come como se vive: sin florituras, con intensidad, dejando huella.
La ciudad cambia de rostro con cada estación. En primavera, la luz resbala por los sillares con una calidez que parece sacada de un retablo. En verano, las noches son claras y frescas, ideales para pasear sobre el adarve. En otoño, los parques se llenan de hojas y melancolía. En invierno, el frío afila los sentidos y convierte la visita en un ejercicio de introspección.
Pero si hay una fecha que define su alma es el 15 de octubre, día de Santa Teresa, cuando toda Ávila se rinde a su hija más ilustre con misas, procesiones y un perfume de incienso flotando en el aire. Aunque Ávila da para mucho más que 24 horas, es una buena piedra de toque para una ciudad en la que saber mirar y detenerse.
Mañana: la herencia sacra de Ávila
La mañana comienza a despuntar en Ávila con un paseo desde la Plaza del Mercado Chico. El sol ilumina la Catedral–fortaleza, una de las más antiguas de España. Su estructura gótico-románica es poderosa; sus muros densos y su fachada traslúcida se asoman a la muralla. Dentro, la luz entra tamizada y envuelve el coro, las capillas y el trascoro, al tiempo que contiene siglos de arte y oraciones.
Muy cerca se alza la iglesia de San Juan Bautista, ligada a los inicios de Santa Teresa. Del primer convento donde vivió apenas queda el nombre, pero la iglesia representa ese puente entre la santa y la arquitectura religiosa del siglo XV. Admirar su portada y su planta es como esbozar mentalmente aquel tempranero febril impulso espiritual que encendió a Teresa.
A medida que avances, conviene entrar al Museo de Ávila, ubicado en un edificio mudéjar rehabilitado. Las salas presentan piezas arqueológicas desde la Edad del Bronce hasta objetos barrocos. Destacan restos romanos, inscripciones y la evolución del arte religioso local. Caminar por sus estancias es asomarse a la historia material que nutrió la fe y la cultura de esta ciudad.
Luego puedes subir hasta la iglesia de San Vicente, por su belleza arquitectónica y su entorno. La leyenda dice que fue construida sobre un templo visigodo. Su ábside semicircular y los capiteles evocan una espiritualidad antigua y pausada. Allí, la luz del mediodía entra con discreción, justo cuando se alcanza la cima de pequeñas escaleras que parecen conducir al silencio.
Finalmente, concluir esa mañana en un oratorio o convento carmelita cercano, donde Santa Teresa comenzó su reforma, permite cerrar el círculo. El ambiente recogido, las estancias austeras y el aroma a incienso evocan siglos de contemplación. En ese silencio interior, se entiende la raíz espiritual que convirtió a Ávila en referente teresiano.
Comida: de estrellas Michelin y de clásicos
Que Ávila sea una de las capitales del chuletón español no significa que no haya opciones singulares que, si nuestro presupuesto lo permite, podamos visitar como el restaurante Barro.
Capitaneado por el chef Carlos Casillas, el estrella Michelin más joven de España, el restaurante Barro es una propuesta bien orquestada a través de la cocina local, con mensaje y con sinceridad, dando valor a Castilla y lo castellano como despensa.
Ahora, con una estética renovada a las afueras de la ciudad, representa una oportunidad de alta cocina en la que se autodefine como una cocina de búsqueda, disponible en dos menús: uno de 150 y otro de 180 euros.
Dentro de la muralla, más terrenal pero interesante para el que esté buscando buen producto, un ticket medio más comedido y clásicos como el chuletón, las patatas revolconas o los torreznos aparece el restaurante Alcaravea.
Además de los clásicos, también trabaja con éxito ciertos detalles algo más creativos, dejando margen a guisos, arroces y buenos platos de pescado, permitiendo comer por unos 45 euros en un ambiente clásico y tranquilo intramuros.
Tarde: una fortaleza a 1.182 metros de altitud
Podemos comenzar la tarde atravesando la Plaza del Mercado Grande y acercándote a la gran muralla. Esa muralla es el símbolo que lo sostiene todo: fortaleza, identidad, paisaje.
Subir por las escaleras hasta el adarve permite caminar sobre los lienzos, contemplar torres y puertas y ver la ciudad desde lo alto. Desde allí se vistas tejados, calles empedradas y el trazado medieval casi intacto. El viento frío o tibio sobre la piedra es, al atardecer, pura emoción castellana.
Al descender, toca explorar la Puerta del Alcázar, con su robustez y su arco apuntado. Esa puerta es una invitación arquitectónica: conectar lo militar y lo urbano. La cercanía de la Puerta del Carmen y la del Río refuerza ese vínculo entre ciudad y muralla, pasado defensivo y vida cotidiana. Caminar por esos arcos devuelve ecos de rondas, guardias y vigilias nocturnas.
Hablamos de más de un kilómetro y medio de adarve caminable, todo en la cara norte de la ciudad, que permite recorrerla casi por completo desde las alturas, siempre siendo recomendable comenzar el transitar por el Torreón 1 o, lo que es lo mismo, la cabecera de la catedral que sirve como parapeto.
Ya de nuevo en tierra, podemos acercarnos a ver cómo fluye el río Adaja, alimentando la huerta y nutriendo el paisaje. Un paseo por sus márgenes permite descansar después de tanta piedra. La vegetación cambia el ritmo: sauces, verdes y agua corren junto al silencio del casco histórico. Ese contraste entre la fuerza pétrea y el murmullo del agua reconcilia lo cívico y lo natural, lo defensivo y lo vivo.
Al caer la tarde, regresar al corazón urbano, quizá en la Plaza del Peso de la Harina o ir más allá y poner la vista desde un mirador sobre los arrabales, permite ver cómo la muralla se tiñe de ocre y malva, acercándote a los famosos Cuatro postes, el momento perfecto para contemplar y fotografiar ese abrazo entre ciudad y muralla, entre historia y presente.
Cena: Surco, un homenaje moderno con vistas
Aprovechando la coyuntura de haber salido fuera de la muralla, una oportunidad de oro para probar una forma diferente de comer 'como siempre' es acercarse al recién estrenado Surco, el restaurante que el chef local Carlos Casillas, tras triunfar con el estrella Michelin Barro, propone para mojar pan y beber buen vino.
Con una carta de barra y una carta de sala e impresionantes vistas a la muralla, Surco es un buen terreno para disfrutar de producto bien tratado y cierto clasicismo como su ensaladilla, el salpicón de gamba roja o la berenjena con emulsión de ostra.
Pase previo al terreno de platos fuertes y principales donde no falta el homenaje al chuletón, algunos buenos platos de pescado, albóndigas de cordero y una buena colección de postres caseros que denotan buen conocimiento de la cocina y de las ganas de comer bien con un ticket medio de unos 5o euros por persona.
Todo ello resguardado por una carta de vinos potente, original y a precios para todos los públicos que refuerzan a Surco como un imprescindible de Ávila.
Imágenes | Excmo. Ayuntamiento de Ávila / Surco
En DAP | Es uno de los pueblos más bonitos de Ávila y tiene piscinas naturales al pie de la Sierra de Gredos
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