Forjada durante siglos por su carácter de cruce de caminos, la localidad aúna legado y arquitectura, sumado a uno de los restaurantes más importantes de Navarra
En el centro exacto de Navarra, donde el paisaje comienza a ondularse y el verde atlántico se funde con los tonos dorados de la Ribera, emerge Tafalla como un territorio de transición y encuentro. Capital sentimental de la Navarra Media, su silueta discreta se levanta entre viñedos y campos de cereal que cambian de color con las estaciones, marcando el ritmo de la vida local desde hace siglos.
Aquí, la geografía nunca fue un detalle menor. Situada en un corredor natural que comunica Pamplona con el sur de la comunidad, Tafalla ocupó una posición estratégica dentro del antiguo Reino de Navarra. Ese enclave privilegiado la convirtió en plaza comercial, punto de paso de ejércitos y comitiva real, y eje vertebrador de un territorio que encontraba en esta villa su centro administrativo y económico.
La historia dejó huella en piedra. El trazado del casco antiguo conserva ecos medievales, mientras parroquias y casas solariegas narran épocas de esplendor y reformas sucesivas. Muy cerca, Olite recuerda el esplendor cortesano del reino; hacia el este, Ujué vigila desde su atalaya; y entre viñas se despliega San Martín de Unx, referente vitivinícola. Tafalla articula este triángulo monumental que convierte la comarca en uno de los grandes destinos históricos de Navarra.
Más allá de los monumentos, la villa conserva un carácter agrícola profundamente arraigado. Huertas fértiles, mercados y tradición conservera forman parte de una identidad vinculada a la tierra. Esa relación directa con el campo explica tanto su prosperidad pasada como su presente, donde conviven su monumentalidad y su porvenir.
Día: un recorrido medieval
Comenzar la jornada en el corazón histórico permite leer Tafalla como si fuese un plano abierto del medievo navarro. El entramado urbano aún conserva esa lógica defensiva y gremial que caracterizó a muchas villas del antiguo reino. Calles estrechas, quiebros inesperados y pequeñas placetas configuran un escenario donde cada fachada parece guardar una historia.
La Rúa Mayor, hoy arteria comercial, fue durante siglos eje vertebrador de la vida urbana. En ella se concentran casonas con escudos heráldicos y balconadas de hierro forjado que hablan del ascenso social de determinados linajes. Desde aquí parten otras vías con sabor antiguo, como la calle Santa María o la calle Mayor Vieja, que mantienen ese aire recogido propio de los barrios intramuros.
Presidiendo el conjunto se alza la iglesia de Santa María, uno de los principales hitos monumentales de la localidad. Su origen medieval se percibe en la sobriedad de los muros y en la estructura gótica, aunque reformas posteriores añadieron elementos barrocos.
El interior sorprende por la riqueza de los retablos y por una sensación de verticalidad que refuerza la espiritualidad del espacio. Merece la pena detenerse en los detalles escultóricos y en las capillas laterales, donde el arte sacro se convierte en crónica visual de la devoción local.
A pocos pasos, otras construcciones religiosas completan el mapa medieval, como la iglesia de San Pedro, que conserva elementos de transición entre el románico y el gótico. Su silueta robusta y su ubicación estratégica permiten entender el peso que tuvieron las parroquias en la organización social de la villa.
El paseo puede continuar hacia las antiguas zonas donde se asentaban oficios y pequeños talleres. Aunque las murallas desaparecieron en gran parte, el trazado todavía delata la existencia de accesos controlados y espacios diferenciados. Mirar hacia las afueras desde los puntos más elevados del casco antiguo ayuda a comprender por qué Tafalla fue enclave codiciado: desde aquí se domina buena parte del territorio circundante.
Conviene fijarse también en casas blasonadas que salpican el recorrido, con portadas adinteladas y grandes dovelas. Esas fachadas, a menudo sobrias pero elegantes, reflejan la consolidación de una burguesía local que prosperó gracias al comercio agrícola y a su situación estratégica.
Comida: Túbal, tradición, huerta y legado
En Tafalla, la cocina tiene apellido. El de Restaurante Túbal es el de una saga familiar que comenzó mucho antes de que el término kilómetro cero se pusiera de moda. El origen se remonta a 1942, cuando Demetrio Jiménez y Ascensión abrieron un bar en la plaza de Navarra. Aquel primer negocio, modesto y profundamente ligado al producto local, fue el germen de lo que con el tiempo se convertiría en uno de los grandes referentes gastronómicos de la comunidad.
La segunda generación, con Atxen Jiménez al frente, dio el paso decisivo hacia una cocina más estructurada y ambiciosa. Bajo su dirección, Túbal consolidó un discurso propio: respeto escrupuloso por la temporada, protagonismo absoluto de la huerta navarra y una técnica precisa que elevaba la verdura a categoría principal. En un territorio donde el espárrago, la alcachofa, el cardo o el pimiento del piquillo forman parte del paisaje cultural, el restaurante se convirtió en escaparate de esa riqueza agrícola.
Hoy es Nicolás Ramírez Jiménez, tercera generación, quien lidera los fogones. Su cocina no rompe con el legado recibido; lo afina. Mantiene la esencia vegetal que ha definido la casa durante décadas, pero introduce una mirada contemporánea en presentaciones y equilibrios. La temporalidad continúa marcando la carta, que varía según el calendario agrícola y el pulso del mercado.
Sentarse a la mesa de Túbal implica entender la huerta como relato. Las verduras no acompañan: protagonizan. Cada plato remite a esa tradición familiar que comenzó en un bar de plaza y que ha sabido evolucionar sin perder identidad.
Tafalla encuentra aquí uno de sus emblemas más sólidos, un restaurante que ha hecho de lo verde una declaración de principios y de continuidad generacional. No en vano, si tienes ocasión, no te pierdas sus míticos patorrillos, su cordero al chilindrón o el bacalao al ajoarriero.
Tarde: la Tafalla palaciega
Si la mañana te adentró en el alma medieval de Tafalla, la tarde te propone leer su historia desde la arquitectura civil y conventual, testimonio de un periodo de prosperidad que se extiende desde finales del Renacimiento hasta el Neoclásico. Calles como la Rúa Mayor, la calle Mayor o contornos de la plaza de Navarra se convierten en un museo urbano de palacios y residencias señoriales que ilustran el ascenso de familias y linajes locales.
El Palacio de los Mencos es el hito capital de esta Tafalla palaciega. Construido en el siglo XVII en una posición elevada frente a parte del antiguo recinto amurallado, este edificio monumental ha pertenecido durante más de cuatro siglos a la familia Mencos, que ostenta el título de marqueses de la Real Defensa.
Su arquitectura mezcla elementos renacentistas y barrocos, con un gran escudo heráldico sobre la puerta principal, ventanas regulares y un torreón prismático que aprovecha restos medievales de la antigua muralla. El interior conserva salones históricos, archivos y bodegas, y es visitable, ofreciendo a quien entra una experiencia única de historia viva y memoria familiar.
Junto al Palacio de los Mencos, el Convento de las Concepcionistas Recoletas forma un conjunto arquitectónico especialmente interesante. Fundado en 1673 gracias a un legado testamentario, la iglesia del convento es de estilo barroco y —en su momento— albergó un destacado retablo manierista que actualmente se encuentra en la iglesia de San Pedro. El convento está unido al palacio por un arco monumental que salva una calle, haciendo de este cruce uno de los rincones más evocadores del casco antiguo.
Cerca, apenas unos pasos desde la plaza o a lo largo de la Rúa Mayor, palacios renacentistas y neoclásicos saltan a la vista. El Palacio de los Mariscales, de origen renacentista, y el Palacio del Marqués de Feria, con su fachada neoclásica y balcones con frontones, son dos ejemplos notables de cómo la nobleza y la alta burguesía tafallesa interpretaron las corrientes artísticas del momento y las tradujeron a piedra y proporción urbana.
Estas residencias señoriales no eran meros hogares: funcionaban como centros de poder local, articuladores de relaciones sociales y comerciales. Sus escudos tallados, balcones corridos y portadas monumentales cuentan historias de alianzas familiares, de cargos en la administración y de la pujanza económica que tuvo Tafalla fuera de los muros medievales.
Hoy, muchos de estos edificios conservan rastros originales en fachadas y patios que merecen una mirada detenida mientras avanzas por la calle Mayor o te detienes frente a la plaza de Navarra.
Además de palacios, la propia parroquia de Santa María —con retablo mayor obra de Juan de Anchieta y otros detalles renacentistas— y la iglesia de San Pedro, con su portada gótica y ampliaciones posteriores, completan este circuito tardío entre arquitectura civil y religiosa que sigue la evolución de Tafalla desde la Edad Media al Barroco y al Neoclasicismo.
Cena: cuando Tafalla baja el ritmo (o lo acelera)
Quizá la mesa tafallesa no sea la más formal de Navarra, pero tiene una buena colección de bares familiares y negocios tradicionales que nos servirán para rematar la noche entre pintxos, fritos y alguna chuleta.
Casi en la periferia, porque nos salimos del casco histórico, el Bar Javi entre montaditos y pintxos cumple con creces lo que podemos pedir a una buena barra: cerveza bien tirada, rosado fresquito y comida en abundancia. También apúntalo en el caso de buscar buenos desayunos.
No lejos, el Bar Ábaco hace justa fama con sus sándwiches y sus fritos, siendo otro de nuestros recomendados para el alterne tafallés. Ya de vuelta en el meollo, el Nuevo Hostaf hace hecho de su barra, donde reina el aperitivo, y de sus pintxos un par de imanes al que acuden turistas y locales. Otro infalible es el Bar Zapato, para comer rápido, bien y sin dejarnos una pasta.
Más formal, sin pasarnos, el restaurante La Peña es otra parada donde comer buena carne, gastar poco y disfrutar mucho en el centro de la localidad en el que, además, trabajan con mucho éxito las legumbres locales como las pochas y las verduras.
Sobre ese eje que es la Rúa Mayor, se abren más alternativas para picar algo y tomar, como en Txalupa III o en el Gastrobar Azoka. También, si demandamos un poquito más de calma y de mesas, no lejos está el Asador Beratxa, un emblema tafallés, que aparte de barra de pintxos, también tiene un restaurante donde disfrutar de buenas brasas, carnes y algún pescado del día.
Imágenes | Palacio de los Mencos - Amaya Alcelay - Turismo de Navarra / Consorcio Zona Media | Erdialdeko Partzuergoa
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