Barranquismo, queso, iglesias barrocas, rutas por carretera, paisajes de vértigo, grutas, cuevas, pozas, ríos luminosos… Todo cabe en esta maravilla natural en el sur de Aragón
Hay un momento, al girar en una curva sin señalizar entre Villarluengo y Pitarque, en el que un barranco se abre de golpe a trescientos metros de profundidad y lo único que queda es el viento. Sin cobertura. Sin otro coche. Sin nada que gestionar. Ese instante no aparece en ninguna aplicación de viajes y no tiene hashtag propio. Es, simplemente, el Maestrazgo.
Esta comarca turolense ocupa el extremo suroriental de Aragón, allí donde la meseta castellana se rompe en una serie de barrancos, farallones y valles encajados que el río Guadalope y sus afluentes han ido labrando durante millones de años.
El resultado es un paisaje de escala épica y escasa población: menos de cuatro mil habitantes repartidos entre veintidós municipios, casi todos medievales, varios con murallas en pie y más de uno declarado conjunto histórico-artístico. No es territorio que se visite de paso. Requiere intención.
La altitud media ronda los mil metros, lo que convierte el verano en una alternativa genuina al calor de costa y el otoño en una exhibición cromática poco habitual para el interior peninsular.
En invierno nieva con frecuencia y los pueblos quedan medio desiertos, lo que tiene su propio tipo de belleza. Primavera, con almendros en flor en las laderas más bajas y agua corriendo por todos los barrancos, es quizá la mejor estación para llegar por primera vez.
Llegar exige planificación. La carretera principal de referencia es la A-226, que cruza la comarca de oeste a este, pero buena parte de los pueblos se alcanzan por vías comarcales estrechas, con curvas cerradas y pendientes pronunciadas.
Conviene llevar el depósito lleno, tener descargados los mapas en modo offline y no contar con que la cobertura móvil va a acompañar en todo momento. Esas pequeñas incomodidades son parte del trato, y merece la pena aceptarlas.
Hemos acompañado la guía con un mapa que puedes cargar en tu Google Maps –como este de Soria– que compartiremos el próximo viernes solo entre los suscriptores de nuestra newsletter Al fondo hay sitio. ¿Aún no te llega? Aquí mismo puedes suscribirte.
Día 1: El sur del Maestrazgo, de Cantavieja a la frontera valenciana
Mañana: Cantavieja, Mirambel e Iglesuela del Cid
Cantavieja es el punto de partida más sensato. Capital comarcal, tiene gasolinera, algún supermercado pequeño y varios sitios donde desayunar con calma antes de que el frío de la mañana afloje como el antiguo Casa Sastre o el restaurante Cuatro Vientos. Aquí, además, aparece uno de los mejores hoteles de la zona, el Hotel Spa Balfagón Alto Maestrazgo, que recomendamos como buen punto de partida para la ruta.
Su casco histórico se organiza en torno a una plaza mayor peculiar: construida sobre arcos de piedra que en los extremos se abren al vacío, dejando ver el barranco que rodea por tres flancos el espolón sobre el que se asienta el pueblo.
La iglesia de la Asunción, de estilo barroco tardío, cierra la plaza por el este y tiene una fachada que en ciertas horas queda bañada por luz lateral, sacándole partido a cada moldura. Dentro, la sillería del coro es de esos detalles que quien no lleva guía pasa por alto. El Ayuntamiento conserva en su fachada escudos del Temple y del Hospital, las dos órdenes militares que se disputaron el control de la comarca durante siglos.
Desde Cantavieja, la carretera hacia Mirambel baja por un páramo de encinas bajas antes de girar y asomarse al pueblo desde arriba. El efecto es deliberadamente cinematográfico: la muralla medieval aparece entera, sin que ningún ensanche ni bloque del siglo XX haya mordido en ella. Mirambel es uno de los pueblos mejor conservados de Aragón y lo sabe sin presumir de ello.
Cuatro puertas originales, varias torres en diferente estado de conservación y un recorrido perimetral que puede hacerse por fuera siguiendo una senda que rodea todo el conjunto. Por dentro, calles estrechas, empedradas, con casas de sillarejo y arcos de paso entre algunas manzanas. La iglesia parroquial de Santa Margarita guarda una portada gótica que merece detenerse aunque la nave esté cerrada. La antigua lonja, en la plaza, es hoy espacio cultural y en verano acoge exposiciones.
Mirambel fue en los años ochenta escenario de rodaje de El tambor de hojalata, lo que le dio proyección internacional efímera pero dejó un orgullo local visible todavía en conversaciones con los pocos vecinos que quedan. El pueblo tiene en la actualidad poco más de ciento cincuenta habitantes censados, aunque en verano esa cifra se multiplica con casas rurales a pleno rendimiento.
De nuevo en ruta, la siguiente parada es Iglesuela del Cid, a un cuarto de hora hacia el norte por una carretera que pasa junto a campos de cereal y alguna masía abandonada. El nombre remite, con más leyenda que rigor histórico, al paso de Rodrigo Díaz de Vivar por la zona. Lo que sí es históricamente sólido es el palacio prioral, edificio renacentista del siglo XVI que ocupa un flanco entero de la plaza mayor y que en su día fue residencia de los priores de la Orden de Montesa.
Su fachada tiene una galería de arquillos en el último piso que recuerda a palacios aragoneses de Albarracín, aunque con menos turistas mirándola. El conjunto de la plaza, con la iglesia al fondo y casas porticadas en los laterales, funciona bien a cualquier hora pero es especialmente bueno a mediodía, cuando la luz cae perpendicular y no hay sombras que distorsionen la piedra.
Comida: entre chuletillas y cazuelas
Una de las paradas más recomendables y recomendadas para comer en la zona es, sin duda, La Bodeguilla, toda una institución en Cantavieja donde las chuletillas de cordero a la brasa llevan la voz cantante en un restaurante de producto que ha sabido ir más allá.
Tienen buenos quesos, embutidos –como el jamón de Teruel, claro–, algunos platos de pescado, bordan el pulpo y todo lo que sea freír el gorrino también es un éxito, como pasa con el rabo frito. Un lugar para guardar en el mapa.
4 Vientos, donde también recomendamos desayunar, es en Cantavieja otro imprescindible. Sus migas de pastor son casi una leyenda y sus carnes, bastante completas, dejando que hable el cerdo, el cordero y la chuleta de ternera, no son para pasarlas por alto, sino para insistir en ellas una y otra vez.
Mucho más gastronómico, si estás en La Iglesuela del Cid, es el restaurante Torre de los Nublos, ya en otro perfil más elevado tanto por el espacio como por el propio edificio y sus vistas, pero la cocina aragonesa sigue siendo la clave, más refinada, en un restaurante realmente bien acondicionado. Dentro, por cierto, de otro de los establecimientos donde recomendamos encarecidamente pernoctar en la zona: el Hotel & Spa Palacio Matutano-Daudén, un cuatro estrellas con todas las comodidades.
Tarde: asomarse a la comarca vecina
Con el estómago resuelto, conviene no precipitarse hacia el siguiente punto. La tarde del primer día merece un ritmo distinto al de la mañana, y el sur de la comarca lo facilita.
Desde Iglesuela, una pista asfaltada en buen estado baja hacia el barranco del río Cantavieja, afluente del Guadalope, por un valle que en primavera tiene el fondo verde intenso de los chopos y en otoño se vuelve dorado de manera casi obscena. No hay ningún monumento que justifique el desvío: la justificación es el propio paisaje, la sensación de ir bajando mientras las paredes del barranco suben a ambos lados y el pueblo queda arriba, invisible.
La carretera que conecta esta zona con La Mata de Morella es uno de esos trayectos que en el Maestrazgo abundan y que los mapas de carreteras convencionales no saben transmitir: una cinta de asfalto que trepa y baja por sucesivas lomas, con vistas que cambian en cada curva y algún tramo en el que la calzada se estrecha hasta el punto de que dos coches apenas caben. Merece la pena hacerla despacio.
La Mata de Morella es un municipio pequeño, con poco más de doscientos habitantes, que ya roza el límite con la comarca valenciana del Baix Maestrat.
Administrativamente es Teruel; geográficamente, el paisaje empieza a tener algo de los Ports de Morella, esa transición entre la meseta aragonesa y el Mediterráneo que se nota en la vegetación, en la arquitectura de las masías y en la manera en que la luz de la tarde golpea los bancales.
El pueblo en sí tiene una iglesia del siglo XIV con restos de pinturas murales en el interior que no siempre están accesibles, y un pequeño castillo en ruinas sobre el cerro que domina el caserío. Nada que exija mucho tiempo, pero sí que invite a subir.
El verdadero motivo para terminar el día aquí es el mirador natural que se abre al sur del pueblo, sobre el barranco que baja hacia el río Bergantes.
Desde ese punto, en días claros, la vista alcanza los Puertos de Beceite al fondo, con sus crestas kársticas recortadas contra el cielo, y por la derecha asoma la silueta inconfundible de Morella con su castillo en lo alto.
Es uno de esos panoramas que funcionan especialmente bien a última hora de la tarde, cuando la luz rasante alarga las sombras de los bancales y los olivos y todo adquiere una textura que de mañana no tiene. Si la visita cae en otoño, hay que añadir los colores de encinas y quejigos en las laderas más umbrías y alguna voluta de niebla baja en el fondo del barranco.
El regreso a Cantavieja, ya de noche cerrada, devuelve al pueblo una dimensión diferente: sin turistas, con las farolas encendidas sobre la plaza y el frío seco de la meseta recordando que se está a mil metros de altitud, tiene algo de decorado de película que no desmerece en absoluto. Es buen momento para cenar sin prisa, con un vaso de vino encima de la mesa y el mapa del día siguiente desplegado mentalmente.
Cena: El Forn, cruzando la frontera
Una buena parada, aunque ya oficialmente no estemos en el Maestrazgo, es dejarse caer por el restaurante El Forn, en la localidad castellonense de La Mata de Morella, que sorprende con un horario amplísimo –desde desayunos a cenas– y que tiene una de las mejores brasas de la zona.
Chuletillas, embutidos y setas hacen las delicias, parrilla mediante, de los locales y de los visitantes en un restaurante sencillo y discreto que, cuando el calor aprieta, también suele tener muchas recetas de cuchara y de guisos tradicionales en los que abrigarse.
Día 2: El norte de barrancos, agua y roca viva
Mañana: Villarluengo, el barranco de la Hiruela, Tronchón y el nacimiento del Pitarque
El segundo día tiene carácter diferente. Si el primero era sobre arquitectura y tejido urbano medieval, este es sobre geología y paisaje en estado bruto. La zona norte del Maestrazgo es más despoblada, más vertical y, en ciertos puntos, directamente intimidante.
El arranque más lógico no es Villarluengo sino Miravete de la Sierra, pueblo que queda al oeste y que conviene visitar a primera hora, cuando la luz todavía es baja y lateral. Miravete se aferra a una ladera pronunciada con una verticalidad que obliga a subir y bajar continuamente entre sus calles, todas ellas empedradas, con casas de piedra negra que en invierno acumulan nieve en los alféizares y en verano se cubren de macetas.
Tiene fama de ser uno de los pueblos más bonitos de Teruel y no es fama inmerecida, aunque lo que lo distingue no es ningún edificio en concreto sino la coherencia del conjunto: nada desentona, nada ha sido rehabilitado con criterio ajeno al lugar. La iglesia de la Asunción, con su torre exenta de planta cuadrada, preside el pueblo desde el punto más alto del caserío. Desde allí, las vistas sobre el valle del Mijares y las sierras que lo rodean justifican por sí solas el desvío.
Desde Miravete, la ruta continúa hacia Villarroya de los Pinares, a unos veinte minutos hacia el este por una carretera que atraviesa un paisaje de pinar denso y algún claro con vistas a barrancos laterales. Villarroya es un pueblo tranquilo, de los que no aparecen en las listas de conjuntos históricos pero tienen una dignidad serena en su arquitectura doméstica.
Lo que justifica la parada aquí es la iglesia de la Asunción, un edificio gótico tardío de nave única con una torre campanario desproporcionadamente grande para el tamaño del pueblo, lo que le da una silueta reconocible desde la distancia. El interior conserva una pila bautismal románica que sobrevivió a todas las reformas posteriores y que los que saben de estas cosas consideran una de las piezas más interesantes del románico rural turolense. El pueblo tiene además una fuente de piedra en la plaza con fecha de 1782 grabada en el dintel, detalle menor pero del tipo que ancla un lugar en el tiempo de manera concreta.
Bajando desde Villarroya hacia el norte, la carretera lleva hasta Las Cuevas de Cañart, que debe su nombre a las cuevas naturales que horadan la base del farallón sobre el que se asienta. El conjunto es llamativo ya desde la distancia: las casas parecen crecer directamente de la roca, con algunas construcciones que aprovechan las propias cavidades como bodega, almacén o cuadra.
El río Bergantes pasa justo al pie del pueblo, y hay un azud antiguo que en primavera, con el agua alta, forma una pequeña lámina tranquila entre los chopos. La iglesia parroquial de San Bartolomé tiene una portada barroca sencilla y una espadaña de ladrillo que contrasta con la piedra gris del resto del caserío. Es un pueblo para caminar despacio, sin itinerario fijo, dejando que las callejuelas lleven a donde lleven.
Continuando hacia el este, Tronchón queda a poco más de un cuarto de hora. El pueblo aparece de golpe desde un collado, encajado entre lomas, con esa discreción de los lugares que no necesitan anunciarse. Tronchón no presume de monumentos ni de murallas. Su razón de ser en cualquier ruta por el Maestrazgo es otra: el queso. El queso de Tronchón es uno de los más antiguos documentados de la península, con menciones que se remontan al siglo XV y una aparición célebre en el Quijote, cuando Sancho saca uno de su alforja en la venta.
Hoy se sigue elaborando en la zona con leche de oveja y cabra, en su forma característica de corona con el ombligo central hundido, y hay productores locales que venden directamente. Comprar uno para llevarlo es casi obligatorio, pero lo ideal es probarlo allí mismo, con algo de pan y un chorro del vino que haya a mano. El pueblo en sí, con su iglesia románica de nave única y las casas de piedra oscura apretadas en torno a una plaza mínima, merece un paseo corto antes de continuar.
Desde Tronchón, la ruta baja hacia Villarluengo para enlazar con el tramo de barranco. Construido sobre un promontorio rodeado por el barranco de la Hiruela en tres de sus flancos, tiene una disposición que recuerda vagamente a Cantavieja pero con menos vecinos y más sensación de aislamiento real. Desde el mirador al borde del pueblo, el barranco cae en vertical hasta el cauce del río Pitarque, unos trescientos metros más abajo.
En otoño, cuando la vegetación de ribera ha virado al amarillo y el naranja, el contraste con la roca gris del farallón es notable. Hay una senda que baja al fondo por un camino empedrado, con tramos de antiguo trazado de herradura y muros de contención de varios siglos de antigüedad. No es técnicamente difícil, pero es exigente en el regreso, que es todo subida.
Desde Villarluengo, la carretera hacia Pitarque es uno de los tramos más espectaculares de toda la comarca. La calzada se aferra a la ladera del barranco, con el río muy abajo a la derecha y paredes de conglomerado y caliza a la izquierda, en tonos que van del ocre al rojo óxido según la hora y la humedad del aire. Hay un par de miradores informales, señalizados solo por las rodadas de coches que se han detenido antes, desde los que se ve el meandro que el Pitarque hace antes de unirse al Guadalope.
El nacimiento del río es el punto de referencia turístico más conocido de esta parte de la comarca, y lo merece. Agua que surge directamente de la roca caliza a través de un conjunto de surgencias, formando una pequeña laguna de color verde azulado intenso.
El camino de acceso desde el pueblo es llano, sigue el cauce entre álamos, fresnos y algún quejigo centenario, y está acondicionado con pasarelas de madera en los tramos donde el sendero cruza el río. En días de lluvia reciente el agua baja turbia y el nacimiento pierde algo de su magnetismo visual, pero la vegetación de ribera gana en intensidad. Pitarque en sí tiene apenas cuarenta vecinos, una iglesia del siglo XVII con espadaña de piedra y un silencio que entre semana puede ser total.
Comida: un alto en Casa Matilde
Casa Matilde es uno de los restaurantes más icónicos del Maestrazgo y una parada obligada para recomponer cuerpo y alma. Guisos caseros, mucha cuchara y un trato fabuloso son las garantías de una humilde casa de comidas que hace honor a su nombre de 'casa'.
Hay recetas típicas de la zona, mucha legumbre y también carnes bien estofadas, en especial el rabo de toro, que es uno de los hits de un restaurante limpio, humilde y muy bien cuidado que, quizá, nunca vaya a salir en ninguna gran guía gastronómica, pero que tiene sobrado hueco en el corazón –y estómago– de los que allí paran.
Tarde: Molinos, las Grutas de Cristal y Castellote
Después de comer, la tarde lleva hacia Molinos. El pueblo da nombre a sus molinos de viento —los únicos de Aragón, de los pocos que quedan en la península con maquinaria interior en funcionamiento— que se levantan en un cerro sobre el caserío.
Pero el elemento más singular es la Cueva del Remedio, ermita excavada directamente en la roca del farallón que domina el pueblo por el sur. El acceso sube por una escalera tallada en la propia peña, y la nave del santuario es irregular, adaptada a las formas naturales de la cavidad, con la imagen de la Virgen al fondo en un altarcillo que ocupa el punto donde la roca se ensancha.
La combinación de lugar de culto y cueva natural es relativamente habitual en el Mediterráneo peninsular, pero aquí tiene una escala e integración con el terreno poco comunes.
Castellote cierra el recorrido de manera rotunda. Su castillo árabe —reconquistado después y ampliado por la Orden del Temple— se asienta sobre un farallón de roca blanca que cae a pico sobre el embalse de Santolea. Las ruinas son eso, ruinas, pero el emplazamiento es de los más dramáticos de toda la comarca: la roca tiene formas casi caprichosas, con agujas y arcos naturales que el castillo aprovechó como parte de su sistema defensivo.
Desde arriba, el embalse refleja cielo y montaña en una lámina de agua quieta que en días sin viento es casi un espejo. El pueblo de abajo, con su iglesia gótica y casas con escudos en las jambas, da para un paseo tranquilo antes de cenar.
Para la cena, casi cualquier carta de la zona ofrece trucha de río, criada en piscifactorías del Guadalope, a la navarra o simplemente a la plancha con jamón.
Las setas son otro recurso habitual en otoño: níscalos, boletus y pie azul crecen en los pinares del norte de la comarca y en septiembre y octubre los recogen tanto vecinos como visitantes que saben dónde mirar. Queso de cabra de producción local, que en algunos pueblos todavía se elabora de forma artesanal, es buen cierre antes de volver.
El Maestrazgo no da todo de golpe. Es territorio que se va revelando por capas, y que tiene la generosidad de los lugares que no necesitan convencerte de nada: si has llegado hasta aquí, ya has demostrado que sabes lo que estás buscando.
Imágenes | Turismo del Maestrazgo
En DAP | Gastroguía de Zaragoza
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