Fujiyoshida, a los pies del monte Fuji, ha tomado esta medida drástica para limitar la invasión turística que acude en torno al sakura
Uno de los momentos más esperados de la primavera japonesa no es la primavera en sí, sino su anticipación. Cuando los cerezos empiezan a florecer en las zonas que rodean al monte Fuji, quizá el más icónico de todos los símbolos del país, Japón entra en una especie de estado de gracia colectivo.
Tiene nombre propio: sakura. Así se conoce oficialmente la floración del cerezo, ese instante efímero en el que miles de campos se cubren de flores blancas y rosadas, generando estampas que parecen sacadas de una acuarela. Esa imagen se ha convertido, con el paso de los años, en una de las mayores atracciones turísticas del planeta. Y ahí es exactamente donde empieza el problema.
Porque toda esa belleza atrae a demasiada gente. Tanta que las pequeñas poblaciones cercanas al monte Fuji no pueden convivir de forma normal con la avalancha de visitantes. Algunas de ellas reciben hasta 200.000 personas en apenas unas semanas. No se trata solo de que sean muchos.
Se trata de cómo se comportan. Según fuentes locales, los turistas se cuelan en propiedades privadas, arrojan colillas al suelo, invaden jardines y, en los casos más extremos, llegan a hacer sus necesidades en los huertos de los vecinos. Ante esta situación, la prefectura de Yamanashi ha tomado una decisión drástica: cancelar uno de los festivales de sakura más populares del país.
Demasiados turistas, poca dignidad
Fujiyoshida, una ciudad de la prefectura de Yamanashi, anunció el pasado martes que su festival de floración del cerezo no se celebrará este año. Un evento que duraba varias semanas y que atraía a unas 200.000 personas había acabado por convertirse en una pesadilla para sus habitantes.
"Detrás del bello paisaje del monte Fuji está la realidad de que la vida tranquila de nuestros ciudadanos se ve amenazada. Tenemos una fuerte sensación de crisis", declaró Shigeru Horiuchi, alcalde de la ciudad, en un comunicado oficial del que se hizo eco el medio Japan Times.
Horiuchi fue contundente. "Para proteger la dignidad y el entorno de vida de nuestros ciudadanos, hemos decidido echar el telón sobre este festival de diez años de historia", añadió. No es una frase menor. Supone reconocer que un evento concebido para celebrar la cultura local terminó erosionándola.
Llueve sobre demasiado mojado en Japón
Japón recibió en 2025 cerca de 42,7 millones de turistas, una cifra récord que superó los casi 37 millones de 2024. Un yen débil ha multiplicado el atractivo del país como destino asequible, disparando las visitas a lugares que muchos viajeros consideran imprescindibles en sus listas.
Pero ese éxito tiene una cara oculta. En Kioto, por ejemplo, se han denunciado casos de turistas acosando a geishas vestidas con kimono para conseguir fotografías. En Fujiyoshida, los atascos de tráfico se han vuelto crónicos durante la temporada de floración. También el arroz, producto fundamental en la dieta japonesa, empieza a verle las orejas al lobo, ya que muchos turistas no solo lo consumen allí, sino que también se lo llevan como souvenir.
Evidentemente, cancelar el festival no resolverá el problema por completo. Así lo reconocen las propias autoridades municipales. Aunque el evento desaparezca del calendario, su escenario sigue ahí: un parque con vistas al monte Fuji, cerezos en flor y una pagoda de cinco pisos que funciona como imán para cazadores de la foto perfecta. Es probable que miles de visitantes acudan igualmente cuando llegue la primavera.
No es la primera vez que la zona recurre a medidas extraordinarias para frenar la presión turística. Municipios vecinos han instalado en el pasado barreras visuales para bloquear las vistas y desalentar a quienes solo buscan la instantánea viral. También se ha implantado una tasa de acceso para senderistas y un límite diario de visitantes al propio monte Fuji.
Estas decisiones revelan una tensión cada vez más visible en destinos de todo el mundo: cómo equilibrar los ingresos del turismo con la calidad de vida de quienes habitan esos lugares. En Fujiyoshida, la balanza se ha inclinado hacia los vecinos. Al menos por ahora.
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