Se trata de un “descubrimiento excepcional”, único en Suiza y en Europa, por la calidad de conservación de las piezas y por haberse hallado en el fondo de un lago
En noviembre de 2024, un equipo de arqueólogos que llevaban tiempo investigando bajo las aguas del lago Neuchâtel, el más grande situado enteramente en territorio suizo, hizo un hallazgo histórico. Una embarcación romana de unos 2.000 años de antigüedad, con su cargamento completo, yacía casi intacta y olvidada en el fondo del lago.
“Un descubrimiento excepcional, único en Suiza”, comentaban los arqueólogos en la rueda de prensa del pasado 25 de marzo en la que se hizo público el acontecimiento, año y medio después del primer avistamiento. Un retraso en comunicar al mundo su hito que ejemplifica la necesidad de trabajar con la máxima discreción con este tipo de yacimientos para evitar saqueos y robos. Además, tenían que estar seguros de qué tenían ante sus ojos.
En un principio, los arqueólogos subacuáticos Fabien Langenegger y Julien Pfyffer no esperaban encontrar restos romanos. Ya llevan tiempo trabajando en el lago Neuchâtel, y suponían que aquellas formas circulares que se les aparecieron buceando serían parte de un depósito de minas abandonado de la Segunda Guerra Mundial. “Pero cuando encendí la luz de mi cámara, apareció el color característico de la terracota”, cuenta Pfyffer a Euronews. “Observando algunos platos rotos, nos dimos cuenta de que este hallazgo era extraordinario”.
Un hallazgo extremadamente frágil en el que la Oficina Cantonal de Arqueología (OARC) lleva desde 2025 realizando excavaciones subacuáticas, en colaboración con arqueólogos de Friburgo y la Fundación Octopus.
Lo que buscaban los especialistas eran los restos de un naufragio, pues era lo que hacían intuir las imágenes de una mancha oscura que habían obtenido a través de un dron explorando la superficie del lago. Y eso fue lo que encontraron, un pecio de la Antigua Roma, hundido probablemente entre los años 20 y 50 d.C., cargado de todo tipo de objetos de mercancía, sobre todo objetos de cerámica.
A día de hoy han recuperado más de mil objetos de diversa naturaleza, que ahora los especialistas deben limpiar, analizar, estudiar y restaurar para su análisis y conservación. En su mayoría son ánforas y otros recipientes destinados a transportar mercancías a larga distancia, como el apreciado aceite de oliva español conservado en ánforas, además de utensilios de cocina, vajilla, herramientas y útiles de la vida diaria de los marineros.
También se han recuperado algunas armas, como espadas de gladiador, un puñal, una hebilla de cinturón y un peroné, que sugieren que se trataría de una embarcación civil que estaría acompañada de escoltar militar para su defensa. Se cree que, por la cantidad de objetos, el destino del pecio era suministrar aceite y diversos objetos a una legión compuesta por hasta 6.000 legionarios.
“Estos productos comerciales van acompañados también de utensilios y herramientas, lo que nos remite a la vida cotidiana de los barqueros”, añaden los expertos de la OARC”. Así, los arneses y las ruedas de carro “en perfecto estado de conservación” sugieren un sistema de transporte dual, entre vías terrestres y lacustres. Otros objetos destacan por su menor presencia en número y por ser de un estilo diferente a la mayor parte del cargamento, como piezas de vajilla, que, sugieren los investigadores, podrían haber pertenecido a los marineros del barco.
Todavía queda mucho trabajo por delante antes de conocer con detalle qué secretos guardan estos objetos y qué historias podrán contar. Tras la labor de los restauradores, la Fundación Octopus ya ha adelantado que están trabajando en un libro y un documental sobre el descubrimiento, mientras que se expondrán los hallazgos en una exposición en el museo arqueólogico de Neuchâtel, el Laténium, el mayor de Suiza de su naturaleza.
Imágenes | Fondation Octopus
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