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Cierra uno de los cafés más míticos del centro de Madrid por falta de licencia: 60 despidos y una guerra judicial con el ayuntamiento

La situación contractual del Gran Café el Espejo aboca además a la empresa a un concurso de acreedores

Jaime de las Heras

Editor Senior

El cierre de Espejo pone fin a una de las etapas más reconocibles del ocio en el Paseo de Recoletos. El establecimiento, convertido en los últimos años en un punto de encuentro habitual para el tardeo madrileño, ha bajado la persiana tras meses de tensión administrativa y judicial con el Ayuntamiento de Madrid. 

La decisión deja en el aire a unos 60 trabajadores y empuja a la empresa gestora a iniciar el camino del concurso de acreedores, al no poder sostener su actividad sin el local ni la terraza que concentraban buena parte de sus ingresos.

Detrás del cierre no hay una caída repentina de clientes ni un simple problema de gestión. La raíz está en la situación de las licencias y en la larga disputa por el uso del espacio. El conflicto gira en torno al histórico pabellón acristalado del Gran Café El Espejo, situado en el Paseo de Recoletos, y a la terraza vinculada al negocio, tal y como informa El Mundo.

Durante años, el Ayuntamiento ha mantenido que la concesión estaba extinguida y que la actividad no podía continuar en los términos en los que se estaba desarrollando. La empresa, por su parte, ha defendido que asumió la explotación del negocio con la expectativa de poder mantenerlo abierto y regularizar su situación.

Un pleito legal sobre concesiones y derechos

La batalla viene de lejos. Según la información publicada, la concesión del quiosco había caducado y el Ayuntamiento acordó declararla extinguida en 2019. La empresa recurrió esa decisión, pero el procedimiento acabó dando la razón al Consistorio

Terraza del espacio.

En junio de 2024, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid avaló la postura municipal y consideró extinguida la concesión del pabellón. A partir de ese momento, la continuidad del negocio quedó seriamente comprometida. Poco después, los gestores entregaron las llaves del espacio, aunque el enfrentamiento no terminó ahí.

El punto más conflictivo pasó entonces a ser la terraza. Para el Ayuntamiento, ese espacio seguía funcionando sin la autorización necesaria y debía cesar su actividad. De hecho, sobre la terraza pesaban actas policiales, denuncias y órdenes administrativas. 

La empresa sostenía una versión distinta: defendía que esa terraza estaba vinculada al restaurante situado enfrente y no al pabellón ya recuperado por el Ayuntamiento. Esa diferencia de interpretación ha alimentado nuevos recursos y medidas cautelares, hasta convertir el caso en un pulso jurídico de varios frentes.

Mientras los tribunales resolvían las distintas piezas del conflicto, la actividad de Espejo fue quedando cada vez más limitada. El negocio había intentado sostener su oferta de restauración y ocio, muy apoyada en el atractivo del enclave y en la afluencia de público de la zona. 

Los anteriores gestores no comunicaron a la nueva propiedad que el local tenía la licencia caducada.

Recoletos, entre Cibeles y Colón, es uno de los paseos más transitados del centro de Madrid. Esa ubicación había convertido a Espejo en un local especialmente rentable durante las tardes y los fines de semana. Sin embargo, la incertidumbre administrativa fue estrechando el margen de maniobra.

La empresa gestora había asumido el negocio después de una operación ligada a un procedimiento concursal anterior. Al hacerse cargo, aceptó obligaciones relevantes, entre ellas mantener empleo, afrontar deudas e invertir en la recuperación del inmueble. 

Según las fuentes consultadas por El Mundo, los responsables del grupo realizaron una inversión importante para relanzar el establecimiento y conservar parte de la plantilla, aunque alegan que desconocían la situación de la licencia. Ahora, con el cierre definitivo de la actividad, ese esfuerzo queda prácticamente sin recorrido.

La consecuencia más inmediata es laboral. Unos 60 empleados se ven afectados por el fin de la actividad. Sin ingresos suficientes y sin posibilidad de explotar el espacio que sostenía el negocio, la empresa se prepara para entrar en concurso de acreedores. 

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