Sucede en Vlkolínec, una pequeña aldea en el corazón de Eslovaquia, donde los vecinos no pueden hacer vida normal debido al turismo
Hacía mucha gracia —o al menos la hacía en su época— José Luis López Vázquez cuando, junto a Paco Martínez Soria, protagonizó aquel clásico El turismo es un gran invento, mientras perseguía suecas y, de paso, convencía a media España de que el turismo iba a ser la panacea que salvaría a aquella España de las postrimerías del franquismo, ansiosa por abrirse al exterior.
Sin embargo, ya en pleno siglo XXI, cuando acabamos de quemar el primer cuarto de esta centuria, nos hemos dado cuenta de que el turismo no siempre es un gran invento. O, si nos ponemos publicitarios, quizá valga aquello de los anuncios de los noventa —el mítico spot de Pirelli con Ronaldo Nazário—: la potencia sin control no sirve de nada. Tal vez ocurra lo mismo con el turismo sin control.
Sobran ejemplos en Europa —y en otras partes del mundo— de ciudades abarrotadas de visitantes y de negocios levantados alrededor del sector que ahora empiezan a ver las orejas al lobo.
De alguna manera, han descubierto que, por mucho que dé de comer, depender del turismo no siempre es tan recomendable. Ámsterdam, Venecia, París, Londres, Milán, Viena… ciudades en las que el turismo está más que presente y que, dentro de lo que cabe, logran disimularlo cuando la población es grande o el tamaño urbano ayuda a absorber el impacto.
El problema llega cuando ni la ciudad es grande ni la población es abultada: entonces, sobrevivir al turismo se convierte en una tarea ímproba. Es, precisamente, lo que pasa en la localidad eslovaca de Vlkolínec, donde apenas vive una veintena de personas y que, desde los años noventa, forma parte de la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.
Hablamos de apenas 50 casas en menos de cinco hectáreas de terreno, al punto de que es una aldea que depende de Ružomberok, su capital administrativa, perdido en las montañas del centro de Eslovaquia en un paisaje de absoluto cuento.
Ahora que viajar es todavía más fácil y frecuente que hace 30 años, los pocos habitantes que pueblan las menudas casas de esta localidad centroeuropea están un poco hartos: no solo porque su villorrio se haya convertido en destino de más de 100.000 visitantes anuales, que pasan por allí como quien atraviesa la aldea de los Pitufos, sino también porque las condiciones bajo las cuales la Unesco concede estas distinciones son bastante inflexibles, como explican en medios locales.
Hasta el punto de que determinadas modificaciones en la zona, en las casas o en el día a día de los vecinos podrían suponer perder el reconocimiento, algo que el Gobierno eslovaco no vería con buenos ojos. Pero las peticiones de los habitantes —literalmente hastiados— van en otra dirección: lo único que quieren es no tener turistas pegados a sus ventanas.
Imágenes | © UNESCO / Igor Supuka
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