Banyalbufar es un auténtico oasis en la parte norte de la isla, donde presume de alguno de los mejores miradores de las Islas Baleares
Hay pocas decisiones de viaje tan agradecidas como elegir las Islas Baleares sabiendo exactamente qué se busca. El archipiélago lo admite casi todo: el turismo de playa masivo, el cicloturismo, la gastronomía, el senderismo, la cultura. Pero cuando lo que uno quiere es mar sin ruido, piedra vieja, pinar espeso y la sensación de que el tiempo transcurre a otra velocidad, la respuesta casi siempre apunta en la misma dirección.
La Sierra de Tramuntana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2011, crece como una muralla natural en el norte y el oeste de Mallorca, con una verticalidad que intimida desde el mar y que, vista desde dentro, ofrece uno de los paisajes más rotundos de todo el Mediterráneo. Los pueblos que se aferran a sus laderas parecen haber crecido de la propia roca, y algunos de ellos se asoman al agua con una mezcla de audacia y elegancia difícil de encontrar en otro lugar.
Banyalbufar es uno de esos pueblos. Se encuentra en la vertiente suroeste de la sierra, a unos 25 kilómetros de Palma de Mallorca por la carretera MA-10, que serpentea entre curvas cerradas y miradores improvisados.
La distancia a la capital es menor de lo que parece en el mapa mental que uno tiene de la isla, lo que lo convierte en una escapada perfecta tanto para quienes se alojan en el pueblo como para los que llegan desde Palma en poco más de media hora.
El nombre proviene del árabe y significa, según la interpretación más extendida, algo parecido a "pequeño mar entre viñas". La imagen es exacta. Banyalbufar es, ante todo, un pueblo de terrazas: muros de piedra seca construidos durante siglos que escalonan la ladera hasta el mar y que en su día albergaron los viñedos de la malvasía, una uva que durante la Edad Media convirtió a este rincón en uno de los productores vitivinícolas más reputados del Mediterráneo.
Esas terrazas, llamadas marjades, son hoy Patrimonio de la Humanidad junto al resto de la sierra, y recorrerlas a pie es una de las experiencias más genuinas que ofrece Mallorca.
Qué ver y qué hacer en Banyalbufar
El pueblo en sí merece un paseo tranquilo por sus calles empedradas, sus casas de piedra color miel y sus rincones donde la higuera y el geranio conviven con aplomo centenario. Pero los grandes atractivos de Banyalbufar están repartidos entre la costa y las alturas.
Las calas son el primer argumento. La Cala de Banyalbufar, también conocida como Cala Banyalbufar o Port des Canonge según la referencia que se use, es una de esas pequeñas ensenadas de piedra y agua transparente que Mallorca reserva para quienes saben buscarse un poco. El acceso no es inmediato: hay que descender a pie por un camino que baja entre pinos y muros de marjades, lo que actúa como filtro natural frente a las multitudes.
El resultado es una cala de cantos rodados, agua azul verdosa y una calma que en verano resulta casi subversiva. Cerca del Port des Canonge, una antigua zona de varada de barcas que aún conserva algunas embarcaciones tradicionales y un par de construcciones de piedra que recuerdan el pasado marinero del municipio, el paisaje adquiere una dimensión más íntima y más honesta.
La Torre Verger es otra parada imprescindible. Esta torre de vigilancia costera del siglo XVI se alza sobre un promontorio rocoso a pocos kilómetros del pueblo, en dirección norte por la misma carretera MA-10.
Fue construida para avistar las embarcaciones piratas berberiscas que asolaban la costa mallorquina durante esa época, y desde su base las vistas sobre los acantilados y el mar son de una contundencia que pocas estructuras de la isla pueden igualar. No es un edificio de gran tamaño, pero su posición es perfecta y el entorno inmediato, deshabitado y abrupto, añade una carga dramática que resulta difícil sacudirse.
A escasos metros de la torre se encuentra el Mirador de Ses Ànimes, que comparte protagonismo con ella y que muchos consideran uno de los mejores puntos de observación de toda la sierra. La plataforma se asoma sobre el acantilado con el mar abierto al frente y la línea de costa retorciéndose en ambas direcciones.
En cualquier momento del año, pero especialmente en primavera y otoño cuando la luz es más limpia, las puestas de sol desde aquí adquieren una intensidad cromática que justifica por sí sola el viaje. El cielo pasa del naranja al violeta sobre el Mediterráneo mientras la costa se oscurece por debajo, y la Torre Verger queda recortada en primer plano como si alguien hubiera diseñado la escena a propósito.
Banyalbufar no es un pueblo que grite. Es un pueblo que susurra, y eso, en una isla tan solicitada como Mallorca, tiene un valor que no siempre figura en los folletos pero que el viajero comprende en cuanto baja del coche y respira.
Imágenes | Illes Balears Travel
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