Costó un millón de pesetas y las protestas, tanto por su precio como por su diseño, estuvieron a la orden del día desde el primer momento
Resultaría impensable concebir hoy la ciudad de Toledo sin su catedral, sin el Alcázar, sin la plaza de Zocodover o sin la Iglesia de San Juan de los Reyes. Son referencias inevitables de su identidad histórica y artística. Pero no todos los edificios singulares de la capital castellano-manchega tienen siglos de antigüedad.
Algunos, aunque no lo parezca, son bastante más modernos y, además, pasan mucho más desapercibidos. Eso es precisamente lo que sucede con la estación de tren de Toledo, una construcción del siglo XX que hoy se asume con naturalidad, pero que en su momento fue tan costosa como discutida.
Toledo contaba con ferrocarril desde 1858, pero a comienzos del siglo XX la ciudad reclamaba un edificio acorde con su prestigio histórico y con la relevancia de sus visitantes. La antigua terminal se consideraba pequeña, vulgar y alejada de la monumentalidad que se esperaba de una ciudad como Toledo. Por ello, en 1910 la compañía ferroviaria decidió impulsar una nueva estación, concebida casi a medida, como una gran puerta de entrada a la ciudad histórica.
El proyecto arquitectónico fue firmado en 1913 por Narciso Clavería y Palacios, tercer marqués de Manila, quien apostó por una arquitectura historicista de inspiración neomudéjar.
Las obras comenzaron oficialmente el 4 de marzo de 1914, tras el derribo de construcciones anexas para ganar espacio, y se desarrollaron de forma escalonada hasta su finalización entre 1916 y 1919.
La construcción fue asumida por el técnico francés Eduardo Hourdillée, bajo la dirección y supervisión del ingeniero Ramón Peironcely, en nombre de la Compañía de los Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante.
El coste del edificio fue uno de los grandes focos de polémica. El presupuesto rondó el millón de pesetas de la época, una cifra desorbitada para aquellos años y que lo convirtió en uno de los edificios más caros de la ciudad. Parte de ese gasto se explica por la calidad de los materiales empleados —ladrillo, piedra, hierro y cemento— y, sobre todo, por la extraordinaria riqueza decorativa, fruto del trabajo de numerosos artesanos especializados.
La estación se organiza en torno a un pabellón central que alberga el gran vestíbulo, iluminado por cinco ventanales de inspiración gótico-mudéjar. A ambos lados se disponen dos cuerpos laterales de dos plantas, destinados originalmente a salas de espera, despachos, fonda y viviendas para empleados.
En el extremo izquierdo se levanta la torre del reloj, un elemento hasta entonces reservado a iglesias y ayuntamientos, que simbolizaba la importancia que el ferrocarril había adquirido en la vida urbana.
Para lograr el máximo efecto historicista, los elementos industriales se ocultaron tras soluciones decorativas de gran complejidad. La azulejería y los zócalos cerámicos fueron obra del ceramista toledano Ángel Pedraza; la forja de lámparas, barandillas y faroles corrió a cargo del maestro Julio Pascual Martínez; y las yeserías, artesonados y pinturas recrean un ambiente que remite al pasado mudéjar sin renunciar a la funcionalidad moderna.
Uno de los espacios más singulares es el Salón de Honor, concebido para atender visitas oficiales. Este espacio fue utilizado siguiendo estrictos protocolos y, tras la Guerra Civil, se transformó en capilla, una función que mantiene hoy en día y que convierte a la estación de Toledo en un caso prácticamente único en España.
Con el paso del tiempo, las críticas iniciales se fueron diluyendo. Declarada Bien de Interés Cultural en 1991 y reformada en 2005 con motivo de la llegada del AVE, la estación es hoy uno de los mejores ejemplos de arquitectura historicista en Castilla-La Mancha. Para los toledanos, ya no es solo un lugar de paso: es un símbolo de la ciudad, una de esas obras que demuestran que incluso lo más discutido puede acabar formando parte esencial de la identidad colectiva.
Imágenes | Cultura Castilla-La Mancha
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