La isla habitada más pequeña de España quiere independizarse: tiene 50 habitantes y están hartos del turismo

Tabarca

Jaime de las Heras

Editor Senior

Frente a la costa alicantina, en pleno Mediterráneo, Tabarca vuelve a mirar hacia su propio futuro. Este pequeño enclave, considerado la isla habitada más pequeña de España, cuenta con unos 50 vecinos durante todo el año y una realidad muy distinta a la que ven quienes llegan en verano para pasar unas horas entre aguas transparentes, calles blancas y restaurantes junto al mar.

Sus residentes han decidido dar un paso administrativo importante. No buscan una independencia política en sentido estricto, sino dejar de depender por completo del Ayuntamiento de Alicante en la gestión cotidiana. La aspiración es convertirse en Entidad Local Menor, una figura que les permitiría tener más capacidad para resolver problemas básicos sin quedar atrapados en trámites que, según denuncian, se eternizan.

Detrás de esta iniciativa está la Asociación Tabarca Isla Plana, que lleva más de una década reclamando mejoras. Durante años, sus portavoces han alertado de deficiencias en el transporte marítimo, el mantenimiento del patrimonio, la limpieza, la atención sanitaria y otros servicios esenciales. Para quienes viven allí en invierno, cuando la isla se vacía de visitantes, la sensación es clara: Tabarca funciona como escaparate turístico, pero no siempre como lugar habitable.

Una total dependencia del barco

La silueta de la isla no miente: es la isla más pequeña más poblada de España.

Uno de los grandes problemas es el aislamiento. A Tabarca solo se llega por barco, con conexiones desde Santa Pola y Alicante, entre otros puntos. Cuando el tiempo empeora, el mar puede convertirse en una barrera. Un temporal basta para complicar desplazamientos, suministros o citas médicas. En tierra firme, una avería o una gestión urgente se resuelven con un coche o un autobús. En la isla, todo depende del estado del mar.

A esa dificultad se suma la presión del turismo. Durante los meses de verano, miles de personas desembarcan a diario para disfrutar de sus calas, su gastronomía y su ambiente marinero. La llegada masiva de visitantes sostiene parte de la economía local, pero también multiplica los problemas de residuos, saturación y desgaste de infraestructuras. Para los vecinos, el equilibrio se ha roto hace tiempo.

La presión turística altera además la breve paz estival de la isla.

Tabarca depende actualmente de varias administraciones. Intervienen el Ayuntamiento de Alicante, la Generalitat Valenciana y el Estado, lo que convierte cualquier actuación en un recorrido burocrático. Una reparación, una mejora patrimonial o una medida de mantenimiento puede necesitar permisos de diferentes organismos. Ese entramado, según los residentes, ralentiza incluso decisiones sencillas.

Convertirse en Entidad Local Menor cambiaría parte de esa dinámica. La isla podría contar con una junta vecinal propia y con un alcalde pedáneo. También tendría margen para gestionar de manera directa servicios como limpieza, mantenimiento o pequeñas actuaciones urbanas. Además, esa nueva condición facilitaría el acceso a ayudas públicas de la Diputación o a fondos europeos sin depender siempre de la estructura municipal alicantina.

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Cómo capear una realidad turística asfixiante

Desde el Ayuntamiento de Alicante rechazan que Tabarca esté abandonada. Aseguran que se trabaja para mejorar sus condiciones y que la isla recibe atención institucional. Sin embargo, los vecinos consideran que las respuestas no han sido suficientes. Reclaman herramientas propias, no solo promesas. Quieren decidir con mayor cercanía sobre asuntos que afectan a su vida diaria.

Los habitantes protestan ante una supuesta dejadez institucional a la hora de preservar el patrimonio.

El valor histórico de Tabarca añade otra capa al conflicto. La isla fue fortificada en tiempos de Carlos III y conserva un conjunto patrimonial singular. Murallas, calles y edificaciones forman parte de su atractivo, pero también requieren conservación constante. Sus habitantes advierten de que algunas zonas presentan un deterioro preocupante y temen que la falta de mantenimiento acabe dañando uno de sus mayores tesoros.

Llegar hasta allí sigue siendo sencillo para los turistas. Desde Santa Pola, el trayecto dura alrededor de media hora y el billete de ida y vuelta ronda los 15 euros. Desde Alicante, el viaje se aproxima a una hora y cuesta unos 21 euros. Para una excursión, puede parecer una experiencia cómoda. Para vivir allí todo el año, la dependencia del barco pesa mucho más.

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