La experiencia de volver

A menudo la memoria nos juega malas pasadas. Tiene la mala costumbre de idealizar los buenos recuerdos, convirtiendo lo rico en delicioso a la vez que olvida aquello que no fue tan maravilloso, quizá por eso siempre resulta interesante la experiencia de volver a ese restaurante que tanto te gustó.

Seguro que a todos os ha pasado: descubres un nuevo local que te sorprende y maravilla, dejando sabores en el paladar que el tiempo no consigue borrar, así que decides volver, en parte para asegurarte de que no son ensoñaciones tuyas y en parte porque no puedes seguir viviendo sin volver a probar ese plato que te hizo cerrar los ojos y soñar (y no exagero ni un ápice, no).

En el momento en el que esa decisión de volver se convierte en realidad, y hay fecha y hora para sentarte en esa mesa a la que llegan platos cocinados en el cielo, una sonrisa invade tu rostro mientras comienzas a salivar y tu mente se lanza a cavilar sobre qué pedirás en esta ocasión.

El estado emocional en el que vives durante el periodo de tiempo desde que sabes que vas a ir hasta que realmente ocurre es muy parecido a cuando eras niño y te decían que ibas a ir al zoo o al parque de atracciones. La imaginación se desborda y la espera se disfruta con esa mezcla de nervios, emoción y alegría.

Cuando llega el gran día, los nervios se apoderan de ti, temes haber sobrevalorado aquel arroz caldoso con ajetes y costillas o aquel helado artesano de coco, temes sobre todas las cosas que el sueño se acabe, suene el despertador y te despiertes en un restaurante que no es el que guardas con celo en tu memoria, delante de un plato que no sabe a nada de lo que tu paladar anhela.

Lo peor de todo es que ni siquiera te puedes consolar pensando que te traiciona tus temores, porque no son infundados, no sería la primera vez que un restaurante te decepciona en la segunda visita y ya no vuelves más. Sucede algo parecido a lo que ocurre con las mujeres: la primera cita es importante, pero la segunda es crucial.

Sin embargo, esta vez el destino te sonríe, y cuando vuelves al restaurante casa Botella, que es el que ha inspirado esta historia, te encuentras de nuevo con lo que tu memoria recuerda, una comida sencilla en las formas pero espectacular en el fondo, que siempre tiene un plato en el menú que te saca un murmullo a cada bocado y que hace que la experiencia de volver a ese restaurante que tanto te gustó sea una historia con final feliz.

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