
Un amplio trabajo internacional de la red de vías romanas pone en duda algunas de las hipótesis más extendidas sobre las calzadas del Imperio
El Imperio romano llegó a ocupar en su apogeo un vasto territorio de unos 5,5 millones de km² que se extendía por Europa, norte de África y parte de Asia. Sabemos que para dominar y controlar tal extensión de tierras, culturas y economías fue clave el desarrollo de una gran red de calzadas que comunicaba todos los territorios. Pero, a diferencia de lo que pensábamos hasta ahora, no era Roma el centro neurálgico al que confluían todos los caminos.
Un equipo internacional de investigadores ha publicado en la revista especializada Nature Communications un análisis exploratorio espacial y de ciencia de redes sobre la infraestructura viaria del Imperio romano. El trabajo se apoya en Itiner-e, la base de datos geoespacial digital más detallada desarrollada hasta la fecha, que reconstruye 299.171,31 km de calzadas romanas.
El trabajo, liderado por Adam Pažout, Tom Brughmans, Pau de Soto y Matteo Mazzamurro, se propuso evaluar empíricamente y a escala de todo el Imperio varias hipótesis históricas tradicionales que asumimos desde hace tiempo como válidas respecto a las arterias que lo mantenían en funcionamiento. Estas son, principalmente, la rectitud del trazado, su posible continuidad hasta la época contemporánea, y la centralidad urbana, es decir, la posición estratégica de las ciudades y de la propia Roma dentro de la red terrestre.
Usando la mencionada base de datos digital, los autores analizaron cuatro propiedades del paisaje: la pendiente media y máxima, la altitud, la orientación y la rectitud de la calzada. Después, compararon esos datos con los de un conjunto de carreteras pavimentadas modernas. Aunque las calzadas romanas eran predominantemente rectas cuando el paisaje lo permitía, solían ser menos rectas que las carreteras modernas debido a múltiples limitaciones tecnológicas y topográficas.
Según revela el estudio, existe una correlación positiva moderada entre la ubicación de las calzadas romanas y las carreteras modernas principales. No obstante, los análisis muestran que esta continuidad no sigue un patrón uniforme, sino que estuvo condicionada por dinámicas e instituciones locales. Por tanto, no hay ninguna región en la que las vías romanas reflejen por completo la infraestructura de las carreteras actuales. Además, los autores señalan que algunas ciudades, como Antioquía, Corinto o Bizancio, estaban mejor situadas como puntos centrales dentro de la red viaria que la propia Roma.
Roma era, efectivamente, el centro neurálgico de la península itálica, pero Italia funcionaba a escala de todo el Imperio como un «apéndice» de la gran ruta terrestre mediterránea, no como gran núcleo al que se dirigían todos los caminos. La hegemonía viaria de Roma se confirma tan solo al integrar la red multimodal, combinando las calzadas con las rutas fluviales y marítimas.
El aumento de la densidad de la red de carreteras hasta la actualidad se aprecia con mayor intensidad en torno a lo que en su día fueron pequeños núcleos de población que, desde entonces, han crecido hasta convertirse en grandes áreas metropolitanas, como Madrid y París. Las calzadas clasificadas como principales (o arterias primarias) registraron una centralidad mayor que las secundarias, lo que confirmaría una planificación deliberada a escala provincial e imperial.
Los autores de este amplio trabajo admiten que los datos sobre la red viaria no están del todo completos, al no haberse podido incluir las rutas fluviales y marítimas. Sin embargo, concluyen que aportan información muy relevante para para analizar cómo se extendían no solo las personas y las mercancías, sino también las ideas, la cultura y las enfermedades por todo el Imperio romano, así como su influencia duradera en las infraestructuras modernas.
Referencia
Adam Pažout, Tom Brughmans, Pau de Soto, Matteo Mazzamurro, María Coto-Sarmiento, Clara Filet, Eduardo Herrera Malatesta 8, Magnus L. Nielsen, Gustav Emil Ølgaard & Peter B. Vahlstrup; Network science reveals the structure and lasting impact of the Roman road system, Nature Communications.
DOI 10.1038/s41467-026-75453-3
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