Oro, marfil, ébano… y cinco kilos de peso: el salero más lujoso del mundo es una de las joyas de la corona del Museo de Historia del Arte de Viena

Salero Francisco I Viena Austria

El Salero de Francisco I preside la Kuntskammer del museo vienés, donde llegó en el año 1891

Jaime de las Heras

Editor Senior

Haberle pedido al rey Francisco I de Francia que te pasara el salero, suponiendo que pudiéramos hacer ciencia ficción, habría sido poco menos que una afrenta. No solo por pedirle a un rey algo tan trivial y mundano como hacerte llegar la sal, sino por lo que habría supuesto si, por ejemplo, tuviera que pasarte una auténtica escultura en oro, ébano y marfil de cinco kilos de peso.

Por suerte, para ti y para este monarca francés, el famoso Salero de Francisco I nunca se utilizó para un fin tan prosaico como sazonar la comida. Lo que sí era, evidentemente, era una demostración de lujo y poder, muy propia de la época y, sobre todo, fue una de las obras cumbres del escultor Benvenuto Cellini, que pasó hasta cuatro años diseñando la pieza.

Hoy el tesoro forma parte de la Kunstkammer del Museo de Historia del Arte de Viena y es, por méritos propios, un motivo sobrado por el que acercarse a uno de los museos más relevantes de la capital austríaca, la cual no va precisamente descalza en estos términos.

El Salero de Francisco I fue diseñado por el escultor italiano Benvenuto Cellini, que tardó cuatro años en terminarlo. ©Kunsthistorisches Museum.

Diseñado entre 1539 y 1543, el salero originalmente no estaba previsto acabar en manos de Francisco I, sino que habría sido bocetado para el cardenal Hipólito d'Este. Bajo la tutela del prelado, Cellini se labraría durante su etapa en Roma una merecida fama como orfebre.

Francisco I, conocedor de los méritos del diseñador florentino, contrataría a Cellini, en ese pique de mecenazgo tan propio del Renacimiento, para honrar su corte, convirtiendo el Palacio de Fontainebleau en su particular epicentro artístico a partir del año 1528. 

El salero representa dos figuras: Neptuno y Tellus, por contraposición del mar y la tierra, es decir, la sal y la pimienta. ©Kunsthistorisches Museum.

Para ello recurrió a algunos de los principales artistas italianos de la época como el pintor y decorador Rosso Fiorentino, de Luca Penni o de Francesco Primaticcio. Allí concurriría también Cellini y allí pondría en marcha el Salero de Francisco I, una obra bautizada a menudo como 'la Mona Lisa de la escultura'.

Allí, bajo el mandato de Francisco I y en colaboración con otros cinco artesanos, Cellini tardó hasta cuatro años en dar forma a este caprichoso salero que nunca tuvo la intención de ser utilizado, sino ser una mera demostración de poder. Materiales más nobles no podían casi imaginarse por aquel entonces.

Curiosamente, el Salero de Francisco I nunca fue utilizado para tal fin. ©Kunsthistorisches Museum.

La base es de ébano y de marfil, mientras que el oro y el esmalte preside un conjunto majestuoso que enfrenta a dos figuras: Neptuno y Tellus; uno representa el Mar, la otra, la Tierra y, como es lógico, cada una de las tallas simboliza la sal y la pimienta, de ahí el juego de la contraposición, manierista donde las haya.

Un regalo regalado y un ladrón arrepentido

De valor incalculable, lo irónico es que la talla no permaneció en las manos de los monarcas franceses demasiado tiempo. Carlos IX de Francia, nieto de Francisco I de Francia, regalaría el salero de su abuelo al archiduque Fernando II en el año 1570, que hizo de representante de bodas de Carlos IX en su enlace con Isabel de Austria, ya que el monarca francés no pudo desposarse en persona con su prometida, siendo así sustituido por Fernando II. Ante ese favor, Carlos IX decidió, entre otras prebendas, obsequiar al archiduque con el salero.

Pieza cumbre del manierismo escultórico, el Salero de Francisco I no está exento de curiosidades históricas y de robos. ©Kunsthistorisches Museum.

En manos del tesoro personal de la rama austríaca de los Habsburgo permanecería hasta bien entrado el siglo XIX, siendo custodiado en el palacio de Ambras, en la localidad de Innsbruck, hasta que fue donado al Museo de Historia del Arte vienés en 1891, cuando se inauguró.

Como toda obra magna, evidentemente, el salero no solo era una demostración de poder y de quedar bien entre reyes, también ha sido una tentación perpetua para los amantes de lo ajeno.

En el año 2003 fue robado, aprovechando unas obras en el museo, por un ciudadano austriaco –Robert Mang– que lo escondió hasta el 21 de junio de 2006, cuando, acorralado por la policía, decidió confesar el crimen y el lugar donde lo había enterrado, en un bosque en la localidad de Zwettl, a unos 90 kilómetros de Viena. Desde entonces, nadie ha osado interrumpir la paz del Salero de Francisco I a pesar de que su valor, al menos para el seguro que debe costear el gobierno austríaco, supera los 60 millones de euros.

Imágenes | Kunsthistorisches Museum

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