
Torquemada, a pesar de que la fama le persiga por su más ilustre nativo, tiene mucho más que enseñar en el Cerrato palentino
No es que tengan las localidades la capacidad de decidir quién y cómo nace en ellas y por lo que luego pasa a la fama. Más aún si el personaje en cuestión acaba llevando el apellido de la localidad.
Sin embargo, en Torquemada, a apenas 22 kilómetros de Palencia, la capital provincia, el peso del nombre de Tomás de Torquemada, primer Inquisidor general de España, no pesa tanto como algunos creerían.
Sobre todo porque Torquemada, un encantador pueblo que el Pisuerga atraviesa, es uno de esos remansos de paz que aparecen en el Cerrato palentino, dando constancia de una Castilla luminosa, expansiva y cargada de historia… Y de buenos alimentos.
Torquemada, de hecho, presume con razón de tener algunos de los mejores pimientos de España. No en vano, a principios de septiembre se celebra la Fiesta del Pimiento de Torquemada, una feria donde este rojo protagonista se lleva todas las miradas y donde los agricultores que aún quedan en la zona los venden, bien en fresco o bien ya asados, convirtiéndose en un delicioso souvenir para quien cae por la zona en esos primeros compases de septiembre.
Pero más allá del pimiento, Torquemada también presume –y con razón– de un pasado esplendoroso en torno al vino. Como otras localidades del Cerrato, como sucede con Baltanás, Torquemada está completamente horadada en su subsuelo, donde se multiplican las antiguas bodegas subterráneas, contabilizándose hasta 500 en los mejores años de la localidad.
Ya fuera de estas enológicas catacumbas, algunas de las cuales son visitables, uno no debería marcharse de Torquemada sin acercarse a la monumental iglesia de Santa Eulalia, que domina la panorámica del pueblo.
Con una planta imponente, tanto por altura como por anchura, la iglesia es un claro ejemplo de la arquitectura renacentista, momento de máximo esplendor de la localidad, a mediados del siglo XVI, aunque su espadaña, que se lleva gran parte de las miradas, es del siglo XVII.
No obstante, no conviene solo quedarse en el exterior. Con un impresionante coro en alto, una auténtica rareza en la época, la iglesia sorprende por el espacio diáfano de la nave, apenas sostenida por media docena de columnas, rematadas en una crucería estrellada con reminiscencias góticas.
Un auténtico lujo en el que no perderse detalles y que constituye por sí sola un motivo para visitar Torquemada. Aunque no está sola. La ermita de la Virgen de Valdesalce, del siglo XIII y a las afueras de la localidad, es otro de esos encantos rurales con los que Palencia sorprende prácticamente en cada pueblo.
Aquí el exterior demuestra que el paso de los siglos tentó a diferentes maestros canteros, con muchas modificaciones, pero su interior, con numerosos detalles barrocos –incluido la sacristía– y la imponente figura del retablo, con la virgen y la corona de Valdesalce, denota la importancia de la ermita en la zona durante muchísimos años.
Como bola extra, podréis, además, visitar algunas de las bodegas que están en activo en la localidad como Valdesneros, que además ofrecen algunas actividades de enoturismo como catas guiadas, armonizadas con productos de la tierra como embutidos y panes. Y, si de panes hablamos, no te vayas del Cerrato sin probar una de sus grandes delicias: las fabiolas, un tipo de pan de masa candeal que se puso de moda en los años 60 y que todavía algunas tahonas hacen como sucede en Torquemada con La Consuelo.
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