Las monjas de Belorado continúan su periplo laboral tras el cierre del restaurante en Asturias en el que se habían refugiado
Hace año y medio, las clarisas de Belorado protagonizaron el primer cisma del siglo XXI ocurrido en el seno de la Iglesia Católica. Las monjas, excomulgadas y, por tanto, sin financiación de la Iglesia Católica, se buscaron la vida con lo que mejor sabían hacer: cocinar.
Antes de que este grupo de monjas abrazaran las razones doctrinales de las sectas sedevacantistas –aquellas que no aceptan la doctrina aperturista del Concilio Vaticano II y, por tanto, no reconocen a ningún papa desde Pío XII–, ya eran conocidas por sus dulces conventuales.
En concreto, antes del cisma, las monjas tenían un obrador en el que procesaban cuatro toneladas de chocolate al año. En él elaboraban todo dipo de chocolatinas y bombones que vendían en todo tipo de tiendas gourmets de España y a través de internet.
Tras su cierre, las monjas cismáticas tuvieron que diversificar sus negocios. En este tiempo, han protagonizado todo tipo de noticias por, entre otras cosas, tener un criadero ilegal de perros, apadrinar gallinas, vender ornamentos litúrgicos por internet, hacer inversiones en lingotes de oro y seguir cobrando la pensión de una religiosa difunta.
Pero tres de ellas –en concreto, sor Sión, sor Myryam y sor Alma– se marcharon de Belorado tras alquilar, a cuenta de la comunidad, un restaurante en Arriondas (Asturias). Un restaurante que, en menos de un año, ha anunciado su cierre.
El problema, han explicado las monjas en un comunicado, es que sor Myryam, la que podríamos calificar como “jefa de cocina” del grupo, se ha acogido a la que se conoce en el derecho canónico como “ausencia comunitaria”. Lo que viene siendo una especie de excedencia.
Un cisma es estresante
Según el comunicado oficial emitido por el jefe de prensa de las monjas, Sor Myruam se ha acogido a la ausencia comunitaria a causa del “profundo desgaste físico, psíquico y emocional” que ha estado sufriendo durante los últimos meses. Un deterioro que su portavoz atribuye a la intensa “presión mediática, legal y judicial” a la que ha estado expuesta desde que ella y sus compañeras rompieran con el Vaticano.
El derecho canónico define la ausencia comunitaria como “la no-presencia de un religioso en una casa del propio Instituto permaneciendo íntegramente religioso”. En (menos) cristiano, es un mecanismo previsto en la vida conventual al que se requiere cuando las circunstancias externas se vuelven “humanamente insoportables”.
La orden subraya que esta decisión “no implica en ningún caso un abandono de la vida religiosa, ni una exclaustración, ni una ruptura” con la comunidad. Pero, hasta que Sor Myriam se recupere, tanto ella como sus compañeras tendrán que buscar un nuevo trabajo.
El propio comunicado de las monjas anunciando el cierre de restaurante sirve en última estancia como carta de recomendación: “Ella buscará trabajo en alguna cocina y es labor de todos buscarle un trabajo y darle una oportunidad para que tenga una vida laboralmente integrada”.
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