EEUU lleva meses sumido en una diarrea explosiva por culpa de la lechuga. Ahora hay gente que se plantea si tiene sentido comerlas

Lechuga Iceberg Dos

Teniendo en cuenta sus riesgos alimentarios, su poco aporte nutricional y sus exigencias como cultivo, plantear dejar de comer lechuga no es una locura

Jaime de las Heras

Editor Senior

Tenemos suerte en Europa, al menos de momento, de que la crisis de la Cyclospora cayetanensis que está asolando Estados Unidos, lechuga mediante, aún no haya llegado al Viejo Continente.

No es un tema menor, al menos a nivel clínico, si bien es cierto que la mortandad del brote es bajo en proporción al número de casos confirmados. Todo comienza, según las fuentes estadounidenses, en varias partidas de lechuga iceberg procedentes de México, procesadas por la empresa Taylor Farms, cuyo reparto de productos frescos llega a cadenas de restauración organizada y a supermercados, especialmente en la zona del Medio Oeste, donde el brote se manifestó incluso en restaurantes de la cadena Taco Bell y en lechuga comprada en supermercados Walmart, especialmente en el centro del país.

A 20 de agosto de 2026, el resultado del brote, que estalló a comienzos de verano, presentaba unos datos espectaculares. Casi 11.000 casos confirmados, repartidos en 17 estados, más de 450 hospitalizaciones y, hasta la fecha, dos fallecidos. 

Todo por obra y gracia de la Cyclospora cayetanensis, responsable de la ciclosporiasis, una infección intestinal cuya principal manifestación clínica es una diarrea que, normalmente, cede a los pocos días tras varios episodios de deposiciones recurrentes. Como en otras infecciones de este estilo, el cuadro médico no suele ir exento de náuseas, fatiga, dolor abdominal o pérdida de peso.

El problema añadido, como es lógico, es que la Cyclospora cayetanensis muere con la cocción, pero… ¿quién cocina una lechuga? Absolutamente nadie. Por eso, la Cyclospora cayetanensis se ha mantenido en el candelero durante semanas. A ello hay que sumar su ciclo vital. 

Los ooquistes se eliminan con las heces y pueden contaminar el agua, el suelo o alimentos frescos; la parte buena es que los ooquistes recién expulsados no son inmediatamente infecciosos, sino que necesitan un período de maduración de varios días.

Las dudas de la FDA estadounidense apuntaban a comprobar en México e in situ qué había podido pasar con los brotes de Cyclospora, comprobando si ha sido el uso de agua contaminada o algún error en el procesamiento, en cualquier punto de la cadena.

Sin embargo, ahora la lechuga está en la picota. Ciertas voces se preguntan, no sin cierta razón, si el cultivo de lechuga tiene sentido o, más bien, si tiene sentido comer lechuga.

Una de ellas es Tamar Haspel, columnista especializada en políticas alimentarias en The Washington Post, que en una de sus opiniones lanzaba esa pregunta al aire: ¿Deberíamos dejar de comer lechuga?

Parece una pregunta capciosa o tonta que se podría resolver con un "¿Y por qué no?", pero tras analizarlo, quizá tenga más sentido. Haspel se pregunta por qué consumir un producto que nos hace enfermar y que gasta una gran cantidad de recursos para tener un valor nutricional mínimo.

La cuestión ahora, más aún teniendo en cuenta que la lechuga es un vector de transmición de enfermedades alimentarias, va cobrando fuerza. Según reportes en Estados Unidos vinculados a la salud pública, se atribuyen a la lechuga alrededor de 1,7 millones de casos relacionados con intoxicaciones alimentarias que suponen un coste aproximado de 3.700 millones de dólares.

Si a la ecuación le sumamos que la densidad nutricional de la lechuga es pírrica –el 95% es agua y apenas se consumen 14 gramos diarios en Estados Unidos por persona–, su relevancia dietética es más bien pobre.

Haspel va más allá. Esos 14 gramos no suponen un cuarto de gramo de fibra, siendo la vitamina A el único micronutriente en el que realmente es relevante en la lechuga, considerando que eliminar la lechuga no provocaría precisamente un problema de salud pública ni ningún tipo de déficit nutricional.

A ello sigue insistiendo con el falso perfil saludable de las ensaladas con base de lechuga donde, a menudo y por falta de cultura alimentaria, muchos consumidores la usan como base para luego llenarla de ingredientes más calóricos, dando una falsa sensación de seguridad.

Pero la batalla que plantea Haspel tiene que ver también con el desperdicio. Valiéndose de datos de la FDA, se calcula que Estados Unidos consume tanta lechuga como tira –unos 1.350 millones de kilos al buche y otros tantos a la basura–. 

Es decir, tirar la mitad de lo producido en un producto nutricionalmente poco relevante que exige agua, sumado a todos los gastos energéticos derivados de un producto que, para más inri, suele exigir refrigeración… Haspel, al final, no va desencaminada, más aún cuando habla de que ese espacio e inversión en lechugas se podría utilizar en otros elementos más provechosos. 

Imágenes | Artem Podrez / Yusuf Çelik / Evgeniy Petkevich / Doğan Alpaslan Demir

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