
Con un 52,8% de votos negativos, el país rechaza retomar las conversaciones para ser miembro de la UE
'No', han dicho los islandeses a sus autoridades ante el referéndum que proponía retomar las conversaciones de Islandia para una posible incorporación a la Unión Europea.
El pasado 29 de agosto, 272.000 islandeses estaban llamados a votar. No se trataba de decidir si querían que su país se adhiriese a la Unión Europea –o no–, sino si su gobierno debía recuperar las negociaciones para hacerlo. Y ganó el 'no', jaleado por un miedo perpetuo de los islandeses a una realidad comunitaria: tener que negociar sus derechos de pesca y perder la independencia sobre sus costas.
Un 52,8% del censo optó por la opción negativa, mientras que el 47,2% avaló el 'sí'. Sin embargo, esos cinco puntos de diferencia marcan una fractura mayor. Tampoco es baladí comprobar que la participación electoral fue de un 82% de la población, que lleva varios años convirtiéndose en arma política arrojadiza en este minúsculo país en mitad del Atlántico Norte que ha cobrado un gran peso específico en los últimos años.
La razón, evidentemente, es Donald Trump. Las ambiciones imperialistas del presidente estadounidense adelantaron las decisiones que el actual gobierno islandés –una coalición de centro izquierda formada por tres partidos– tenía previstas sobre una hipotética adhesión a la Unión Europea. Inclusión que, de momento, no solo no va a ser, sino que ni se va a negociar.
El fantasma de Donald Trump como reclamo electoral
Así lo han manifestado los islandeses, que llevan algo más de dos décadas en este candelero de si les compensa formar parte de la Unión Europea. Convertida en una batalla política local, los distintos volantazos de los partidos en el gobierno han supuesto, dependiendo del color, mostrar una mayor predisposición a formar parte del Club de los 27 o, directamente, a no pretenderlo.
Aunque la cuestión va más allá. Sobre la mesa de una posible inclusión a la Unión Europea hay dudas, tanto en la propia Islandia como en algunos miembros de la Unión, habida cuenta de que la incorporación del país necesitaría el beneplácito de todos los estados que la conforman.
Las dudas islandesas tradicionalmente se cimientan sobre dos pilares: su relevancia en un club tan grande y la cesión de los derechos pesqueros. Muchos políticos euroescépticos islandeses, como Guðrún Hafsteinsdóttir, presidenta del Partido de la Independencia, han hecho una fuerte campaña en contra de renovar la intención de hablar con la Unión Europea, citando expresamente la independencia del país respecto a las decisiones comunitarias en torno a la pesca. En resumidas cuentas: su costa, sus normas.
Algo que rara vez se permite dentro de la Unión Europea y algo que temen los miembros de los partidos euroescépticos y sus votantes. Sobre todo si se tiene en cuenta que el 40% del PIB islandés deriva directamente de la pesca o de la transformación de productos marinos. Un botín demasiado relevante como para que las decisiones se dejen de tomar en el Altinghi y dependan de Bruselas.
Ser miembro de la UE no es una cuestión de color político
Sigmundur Davíð Gunnlaugsson, líder del partido del Centro, ya fue en 2013 el primer ministro que paró las negociaciones con Bruselas para incorporar a Islandia a la Unión, bloqueando las decisiones que tomaron en 2009 los miembros del gobierno, una coalición de centroizquierda, que inició las conversaciones con los representantes comunitarias. De hecho, ha sido uno de los vehementes defensores del no, arguyendo que los temores a Donald Trump no debían influir en la decisión de los votantes.
Lo irónico es que, al contrario de lo que se podría suponer, las fuerzas políticas islandesas no siguen una disciplina de partido o ideológica que habitualmente sí rige en otros países. En Islandia hay partidos de izquierdas cuyos miembros no desean formar parte de la Unión Europea, incluso estando en el actual gobierno.
Una complejidad que advierte una realidad islandesa: no todo es pesca. Tampoco es todo agricultura. Lo que de verdad subyace de nuevo en estas elecciones islandesas es el enfrentamiento campo-ciudad que tantas veces se ve en todo el mundo y que aquí solo suma un capítulo más.
Un país, una capital y mucho campo (y mar)
Islandia está dividida electoralmente en seis circunscripciones. Dos en la capital, Reikiavik, con un distrito norte y un distrito sur, y luego el resto del país con otras cuatro: nordeste, noroeste, sur y suroeste.
Y aquí está el quid de la cuestión. El sí ganó con solvencia en las dos circunscripciones capitalinas (57,5% en el norte y 54,5% en el sur) mientras que el no fue rotundo en el resto del censo, superando el 'no' el 60% de los votos en el sur, en el noroeste y en el nordeste. En el caso del suroeste, donde también se impuso el 'no', el porcentaje se quedó en el 53%, siendo un área mucho más urbana y metropolitana que los otros territorios donde se impuso el 'no'.
En total, 225.031 votos emitidos y un mensaje que refleja claramente las dos Islandias: la urbana y vinculada al sector servicios, proeuropea, y la rural y condicionada por el sector primario, euroescéptica.
No solo eso. A pesar de que los dos distritos de Reikiavik hacen de la capital el mayor censo electoral (suman 95.961 votantes), lo cierto es que el resto del país suma casi 177.000 electores (cerca del 65% de los censados) y aquí viene lo mollar: los más movilizados electoralmente.
Movilización rural y pesquera
A pesar de que han sido unas elecciones con una alta participación (ese 82,6% que citábamos antes), los habitantes de las zonas rurales y vinculadas al mar han ido más a las urnas.
De los convocados, el 84,4% del noroeste fueron a votar –la circunscripción más pequeña y con un mayor parte de voto negativo con el 62,9%–, frente al 83,4% del nordeste y del 84,2% del suroeste. En el sur, no obstante, donde ganó el 'no' con un 60,5% de los votos, la participación se quedó en el 81,4% de los citados a votar.
En el caso de Reikiavik, ningún distrito superó la media nacional: el 80,7% de los miembros del norte fueron a votar, mientras que en el caso del sur acudieron a sus mesas electorales el 81% de los llamados.
Ahora, con el no plasmado claramente en un referéndum, Islandia no reanudará ningún tipo de negociación de adhesión comunitaria. Tampoco tiene un gran sentido que así lo fuera.
Más allá de la ventaja de incorporarse a la zona euro, lo cierto es que el país insular ya goza de una situación privilegiada por la cual está dentro del Espacio Schengen, del Espacio Económico Europeo o de la Asociación Europea de Libre Comercio… pero sin las contrapartidas de determinadas decisiones comunitarias como la Política Agraria Común o la Política Pesquera Común, los dos principales escollos por los cuales a Islandia en la Unión Europea ni está ni se la espera.
Imágenes | Visit Reykjanesbær / Visit Husavik / Visit Akureyri /
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