Pequeños gestos de orden y nuevas formas de doblarlas ayudan a mantener el espacio más limpio
Las mantas del sofá tienen esa doble condición tan doméstica: son necesarias y, al mismo tiempo, caóticas. En invierno se usan a diario, se dejan a medio doblar y acaban acumulándose sin que nadie recuerde exactamente cómo empezó el desorden. El resultado es un salón que pierde armonía en cuestión de horas.
No es un problema de falta de espacio, sino de gestión visual. Las mantas aportan confort, pero mal colocadas rompen líneas, tapan muebles y generan una sensación de improvisación constante. Por eso muchos interioristas insisten en tratarlas como un elemento más del salón, no como un accesorio temporal.
La clave está en incorporar pequeños puntos y gestos que faciliten el orden sin renunciar a tenerlas siempre a mano. No se trata de guardarlas lejos, sino de darles un lugar claro y una forma concreta dentro del espacio.
Bien dobladas
Uno de los métodos más sencillos es doblarlas en tercios y colocarlas con cuidado sobre el reposabrazos o el respaldo del sofá. Así mantienen la forma, no se deslizan y se pueden volver a usar sin deshacer todo el conjunto.
En cestitas
Las cestas de fibras naturales son otro recurso muy eficaz. Situadas junto al sofá o bajo una mesa auxiliar, permiten recoger las mantas al terminar el día sin que queden expuestas. Además, estas cestitas aportan textura y encajan bien en distintos estilos de salón.
En pufs de almacenamiento
Para quienes buscan una solución aún más discreta, los bancos o pufs con almacenamiento interior funcionan especialmente bien. Ocultan las mantas por completo y cumplen una doble función como asiento o superficie de apoyo.
En colores tierra
El color también juega a favor del orden. Mantas en tonos neutros, por ejemplo en colores beige, gris y arena, se integran mejor en el conjunto y generan menos impacto visual cuando están dobladas o apoyadas sobre el sofá.
Mantas ligeras
En salones pequeños conviene optar por mantas ligeras y poco voluminosas. Ocupan menos espacio, se pliegan con facilidad y evitan esa sensación de saturación que aparece cuando hay demasiados textiles visibles.
Incluso establecer una rutina en este sentido ayuda: por ejemplo, dedicar unos segundos a recolocar las mantas antes de irse a dormir o al empezar el día mantiene el salón recogido sin esfuerzo acumulado.
Con estos trucos, las mantas dejan de ser un foco de desorden para convertirse en parte del equilibrio del salón. Siguen estando ahí para el frío, pero sin dominar el espacio ni alterar la estética del día a día.
Fotos | Pexels
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