
Hay un mito en torno a lo que los balleneros vascos embarcaban, pero la razón de su supervivencia es menos etílica de lo que creemos
En el siglo XVI, un marinero podía morir de muchas maneras distintas. Podía ser una tormenta, podía ser un ataque pirata o podían ser enfermedades silenciosas que achaques a maldiciones divinas y que, en verdad, tenían mucho más que ver con la dieta y la nutrición que con cualquier tipo de maledicencia provocada por los dioses.
El escorbuto se convirtió durante décadas en la peor pesadilla de los marineros de Europa. Aquella enfermedad devastadora tardaba meses en matarte, pero era letal. Primero, las encías se ablandaban hasta límites insospechados, convirtiéndose en heridas sangrantes de manera cotidiana y haciendo que la dentadura se echase a perder.
Cuando la situación parecía revertida, las heridas cerradas, ya no solo en la boca, se volvían a abrir. La piel se cubría de manchas y el corazón, en sus últimos estertores, decía hasta aquí.
Los vascos y el escorbuto
Ahora sabemos que buena parte de los marineros que morían en alta mar durante estas largas expediciones lo hacían debido al escorbuto, una enfermedad propiciada de la carencia de la vitamina C y que se convirtió en el par nuestro de cada día en cientos de barcos a partir del siglo XVI…
No les pasó a los vikingos que incursionaban en Europa del sur en la Baja Edad Media. Tampoco les pasaba, a pesar de ser ávidos navegantes, a los fenicios ni a los griegos que habían patrullado el Mediterráneo en la Antigüedad…
Y tampoco le pasaba a los marineros vascos que se enrolaban en los balleneros para ir a las costas canadienses en la Edad Moderna… ¿Pertenecen fenicios, vikingos y vascos a un mismo genotipo de hombres indestructibles cuando se suben a un barco? ¿Son inmunes genéticamente al escorbuto?
Pues no, evidentemente. Aunque durante años se sospechó que, en el caso de los balleneros vascos, la sidra que se embarcaba en las naves para dar de beber a la tripulación podía ejercer una labor protectora, la realidad fue bastante más terca: la sidra no protege del escorbuto.
La sidra no era la solución, aunque sonara bonito
Básicamente porque, aunque la manzana –base de la sidra– es una fuente relevante de vitamina C, la fermentación que se lleva a cabo para hacer la sidra hace que esta vitamina desaparezca. Entonces, ¿cuál fue el milagro vasco?
No eran superhombres, sino que volvían a casa pronto o, mejor dicho, tocaban más veces tierra de lo que solían hacerlo las grandes expediciones militares que iban al Pacífico o al Índico.
Casi todo lo contrario de lo que sucedía con los viajes balleneros vascos, en dirección a Red Bay, en Terranova. Es cierto que pasaban más de cinco meses pescando, pero eso no quiere decir que no fondeasen. El problema con el escorbuto es que es una enfermedad larga. Sí es cierto que aparecen los primeros síntomas en torno a los dos primeros meses y que luego, la gravedad se acrecienta tras dos o tres meses más… De ahí, a morir, pasarían otros cuatro meses… en adelante.
Sin embargo, las incursiones vascas en las costas de Norteamérica generalmente se iniciaban a finales de primavera, cuando el mar lo permitía y ponían fecha de regreso en torno a diciembre, igualmente condicionados por las condiciones climatológicas, pero entre tanto, amarraban, fondeaban y atracaban en puertos, reponiendo vitamina C a través de la dieta, como los frutos del bosque –los arándanos y las grosellas, por ejemplo–, lo que permitía capear el temporal.
Imágenes | Sagardoa Route - Ruta de la Sidra Vasca
Ver todos los comentarios en https://www.directoalpaladar.com
VER Comentarios