Cómo se desarrolla un concurso Gastronómico. Parte II

Ya hemos visto en posts anteriores, el comienzo de un concurso gastronómico, con la primera idea por parte de alguna persona emprendedora. Hemos visto el comienzo de ese proyecto, cuando sus protagonistas principales, los concursantes, comienzan a investigar y a mandar recetas. En este post titulado cómo se organiza un concurso gastronómico, vamos a meternos en la cocina con los participantes, vamos a oler sus ollas, sus nervios y su entusiasmo.

Los concursantes empiezan a llegar, cargados de viandas y artilugios. A algunos se les ve nerviosos, normal, cuando te presentas a un concurso tu intención es hacerlo lo mejor posible e intentar ganar. Los nervios te recorren el cuerpo, es normal, vas a cocinar en una cocina que no es la tuya, y va a juzgar tu comida un grupo de personas, el jurado, a los que, en su mayoría, no sueles conocer. A saber si les va a gustar tu plato.

Los finalistas se arman de mandil y comienzan a cocinar, la sensación suele ser de prisa, de manera que el plato se va elaborando sin pérdida de tiempo. Fuera de las cocinas comienzan a llegar los periodistas y los miembros del jurado. Ahora a los nervios normales se suman los que producen los flashes de las cámaras fotográficas, la pequeña luz intermitente de las cámaras de TV, y los periodistas micrófono en mano haciendo preguntas.

En esos momentos, ya más cerca del momento de presentar cada cual su plato, las dudas pueden atacar. La presentación que tanto tiempo has modelado, puede parecerte ahora inadecuada ¿la cambio?, no, o si. Tu receta está preparada, solo falta emplatar cuando los miembros del jurado estén acomodados. No es fácil mantener calientes según que elaboraciones sin riesgo a que pierdan calidad en alguna de sus cualidades organolépticas.

Los miembros del jurado tras saludar y meterse en situación, toman asiento. Ha llegado el momento. La cocina vuelve a convertirse en un hervidero, sale el primer finalista, “Mandíbula de Mamút”, se trata de una carrillada confitada, con una salsa a base de cebolla, piñones y pasas, que viene acompañada, además con un pergamino manuscrito, con los datos de la receta acompañados de un poema para ella, además de una muy bien traida y muy amena explicación de la autora.

El papel del jurado tampoco es fácil, la misión de cada miembro es “juzgar”, hacer una crítica del plato que le presenta el finalista. Ha de ser justo, debe valorar la presentación, las cualidades organolépticas del plato y, debe tener en cuenta, en todo momento, la situación que rodea dicho plato, esto es, hay una persona que se ha volcado en la elaboración de cada plato, el finalista, dicho finalista merece toda la admiración y respeto por parte del jurado. Los miembros del jurado, jamás, deben mantener una actitud soberbia frente al finalista, al contrario, deben atender la explicación que este expone de su plato. En definitiva, recordar que es el momento del finalista, que para la ocasión se ha traido hasta el vino.

Se van sucediendo los platos. A la mandíbula le sigue un rotundo potaje a la antigua usanza, con hinojos, habichuelas blancas y castañas caramelizadas, los camareros no dan abasto retirando el menaje usado, llenando copas de vino, atendiendo a los, en este caso, 17 miembros del jurado. En la cocina algunos respiran ya, ha salido su plato. Ahora una nueva incertidumbre se apodera de ellos… ¿quién se llevará el premio?

Plato tras plato, hasta un total de 15 van apareciendo ante los ojos del jurado. Unas chuletillas de choto empanadas al estilo de Padul, un remojón de lechín, una olla que presentan sus autores con olla y todo, un cuerno de mamut relleno de morcilla, piñones... Hay que degustar cada bocado, valorar el aspecto, la textura, la calidad de ingredientes, el punto de cocción, tomar nota de las sensaciones que ha producido el plato para recordarlas a la hora de puntuarlo (tengamos en cuenta que suelen ser muchos platos a catar). Llegado el último postre a concurso toca deliberar y poner nota.

Os lo cuento en la próxima entrega.

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