Cajas adecuadas, separadores caseros y una buena clasificación: así los adornos llegan intactos al próximo año
Cuando termina la Navidad, llega uno de los momentos menos agradecidos del calendario doméstico: recoger y guardar toda la decoración. Bolas frágiles, luces enredadas, figuras delicadas y textiles voluminosos suelen acabar mezclados en cajas improvisadas que ocupan demasiado y no siempre protegen bien su contenido.
El problema no es solo el espacio, sino el desgaste. Cada año, muchos adornos se rompen o deterioran durante el almacenamiento, no durante su uso. Por eso, dedicar un poco de tiempo a guardarlos con método en enero evita compras innecesarias y frustraciones cuando vuelven a salir en diciembre.
El primer paso es hacer una selección honesta. Revisar bolas rotas, figuras desportilladas o adornos que ya no se usan permite reducir volumen desde el principio. Quizás queramos liberarnos y dejar para el año siguiente via libre de bolas para experimentar con otros colores o formas. Guardar menos, pero mejor, es la base de un almacenaje eficaz.
A continuación, conviene clasificar por categorías. Separar luces, adornos del árbol, belén, textiles, coronas o elementos de exterior ayuda a que cada cosa tenga su sitio y no se mezcle con lo que no le corresponde: por ejemplo, las cajas de las luces o los estuches de las bolas. Este orden facilita tanto el guardado como el montaje del año siguiente.
Para todo ello, las cajas transparentes de mudanza son especialmente prácticas. Permiten identificar el contenido de un vistazo sin necesidad de abrirlas y apilarlas con seguridad. Si no se dispone de ellas, cualquier caja resistente funciona mejor si se etiqueta claramente por fuera.
Para los adornos más frágiles, los separadores caseros marcan la diferencia. Con cartón reciclado pueden fabricarse compartimentos a medida que evitan golpes y roces entre bolas. También sirven hueveras o tubos de cartón cortados para piezas pequeñas.
Adiós a los nudos
Las luces merecen un capítulo aparte. Guardarlas sueltas es garantía de nudos. Enrollarlas alrededor de una cartulina, una percha o un tubo de cartón mantiene los cables ordenados y listos para usar al año siguiente sin perder tiempo desenredando.
En el caso del árbol de Navidad, las fundas alargadas diseñadas para este fin son cómodas, pero no imprescindibles. Si el espacio es limitado, una bolsa de vacío permite reducir volumen, siempre que el árbol esté completamente seco (si lo hemos limpiado en la bañera) antes de guardarlo.
Los textiles navideños, como manteles, fundas o cojines, conviene lavarlos y secarlos antes de almacenarlos. Guardarlos limpios evita olores, manchas amarillentas y la aparición de humedad durante los meses cerrados.
Por último, etiquetar cada caja ahorra tiempo y espacio mental. Saber qué hay dentro evita abrir todas las cajas cada diciembre y reduce la tentación de desordenar lo que ya estaba bien guardado.
Con un sistema claro y realista, guardar la decoración navideña deja de ser un caos anual. No se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo lógico: proteger lo frágil, reducir volumen y facilitar que el próximo diciembre empiece con menos estrés y más orden.
Foto| Pvproductions, freepik
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