La gordofobia es un problema estructural con el que conviven a diario millones de personas en todo el mundo y la salud no es la causa, es la excusa
Kate Manne (Australia, 1983) es licenciada en Filosofía por el MIT, profesora de la Universidad de Cornell y autora de exitosos libros sobre feminismo. Pero, pese a su abultado currículo y su sobrado conocimiento de los mecanismos sociales, fue incapaz de presentar su último libro, Down Girl: The Logic of Misogyny, por miedo a que la gente pensara que estaba demasiado gorda.
“Para mí, el problema de ser una mujer gorda en un contexto en el que intentas decir la verdad sobre poder y te opones al patriarcado y a la misoginia es que la gente no ve más allá de la gordura”, explica Manne en una videoconferencia con DAP. “Y, cuando eres gorda, te descartan como autoridad, aunque, por supuesto, tu cuerpo sea completamente irrelevante para tu autoridad intelectual y no diga nada al respecto, pero ver a una mujer gorda es realmente como un cliché que crea un punto y final y acaba con todo interés”.
Manne trató de cancelar la gira promocional de su libro por motivos de salud y evitó en la medida de lo posible todo tipo de entrevistas presenciales, pero durante todo este proceso se hizo evidente que su gordofobia interiorizada no era más que un reflejo de un problema estructural que campa a sus anchas por la sociedad: un rechazo estructural a los gordos tan presente en nuestra vida que damos por hecho que es, sencillamente, el orden natural del cosmos.
Esta revelación fue el germen del nuevo libro de Manne, que edita ahora Capitán Swing en español, Irreductibles, cómo hacer frente a la gordofobia. Un manual que trata de arrojar luz sobre una problemática tan extendida como invisibilizada.
¿Qué es exactamente la gordofobia?
La gordofobia no es solo el señalamiento público que las personas con sobrepeso sufren cada vez que, por ejemplo, van a la playa. Es, en palabras de Manne, “una forma grave y subestimada de opresión estructural”, que se solapa además con otras opresiones estructurales como son el machismo, el racismo o la aporofobia.
Y es estructural, explica la filósofa, porque opera en casi todas las esferas sociales: “Una persona obesa se enfrenta a la discriminación no solo en el ámbito interpersonal, donde la gente se comporta de forma cruel con ella, sino también en todos los aspectos de la vida a los que normalmente se necesita acceder para prosperar”.
La lista, explica, es alargada: “Esto ocurre en la educación, donde hay diferencias muy graves entre cómo tratamos a los niños obesos y a los delgados. Por supuesto, también ocurre en la atención sanitaria, donde los médicos discriminan a los pacientes obesos y no les proporcionan la atención médica adecuada. La fobia a la obesidad tiene grandes efectos en el empleo, así como en aspectos como el acceso al transporte, a los espacios públicos, a formas de ocio y ejercicio compartidos, que, de nuevo, las personas necesitan para prosperar. Y, por supuesto, está el hecho de que las citas y las perspectivas románticas a menudo se ven afectadas no solo porque la gente no se siente atraída por ellos, sino que, incluso si la gente se siente atraída por una persona obesa, puede que no esté dispuesta a salir con esa persona abiertamente, sino que sea una especie de pequeño secreto sucio”.
En definitiva, sentencia Manne, “es una opresión estructural porque dondequiera que vayas como persona gorda hay algo en tu camino que no solo proviene de que la gente sea mala, grosera o no te apoye, sino que realmente es un conjunto de barreras sistémicas que bloquean el acceso de alguien a una vida próspera y buena”.
Un exagerado problema de salud
El argumento central que sostiene la gordofobia es que el sobrepeso y la obesidad son malos para la salud. A todos nos parece mal meterse con alguien por estar lisiado, pero la gente critica abiertamente a los gordos porque no hacen algo tan fácil como comer menos para mejorar su salud.
Existe una enorme evidencia científica en torno a los condicionantes genéticos y sociales de la obesidad, que tienen poco que ver con la fuerza de voluntad de cada individuo para comer más o menos, pero Manne argumenta incluso en su libro que la peligrosidad de la obesidad como factor de riesgo ha sido convenientemente exagerada.
“Existen correlaciones entre estar muy obeso y tener mala salud, pero también hay correlaciones entre estar muy delgado y tener mala salud, y tendemos a oír hablar mucho menos de esos riesgos”, explica la filósofa. “Además, existe la preocupación de si esa correlación es realmente causal, ya que muchas enfermedades provocan aumento de peso, por lo que podría ser que la otra dirección causal formara parte de lo que está sucediendo. También hay variables de confusión, como el hecho de que muchas personas muy obesas no pueden recibir una atención médica adecuada, no pueden acceder a formas de ocio y ejercicio que son muy importantes para la salud porque la gente se burla de ellos y se ríe de ellos, o puede que no haya equipos de gimnasio adecuados para sus cuerpos, así que ¿es la gordura la que causa la mala salud o es la mala salud la que causa la gordura?”
En su libro, Manne cita las investigaciones de Katherine Flegal, científica de los CDC estadounidenses que publicó en 2005 un estudio en el reputado Journal of the American Medical Association que apuntaba que el riesgo de mortalidad asociado a la gordura era mucho menor de lo que se había creído habitualmente.
“De hecho, la mejor categoría en la que se puede estar, en términos medios, en lo que respecta a las estadísticas generales de mortalidad y morbilidad, es la de sobrepeso, lo cual sorprende a mucha gente, porque si tienes un IMC entre 25 y 30, a menudo tu médico, tus amigos y tu familia te dirán que pierdas peso, aunque no corras un riesgo elevado en esa categoría de sufrir mala salud o muerte prematura”, explica Manne.
La investigación de Flegal, pese a haber sido respaldada después por otros estudios, fue ampliamente criticada por parte de la comunidad científica, en una agria polémica que se extiende hasta hoy en día, pese que Flegal es una de las autoras más citadas del mundo en el campo de la epidemiología de la obesidad.
“Ella no es una activista por los derechos de las personas obesas, no busca un conjunto de resultados concreto, solo se basa en lo que muestran los datos, y hay un montón de datos reales y veraces que se están publicando y que justifican esa afirmación”, explica la filósofa. “Hay que tener en cuenta que tener un poco más de grasa en los huesos puede proteger contra el riesgo de debilitarse, especialmente a medida que las personas envejecen. También protege contra las caídas. Por lo tanto, si las personas tienen más acolchado, cosas como las fracturas de cadera, que a menudo terminan provocando una serie de problemas de salud en cascada cuando las personas tienen entre 70 y 80 años, tienen un efecto protector”.
El imperio de la gordofobia
La gordofobia no opera en cualquier caso bajo realidades estadísticas. Es un problema cultural. A partir de cierto Índice de Masa Corporal (no está claro cuál) es evidente que la obesidad provoca importantes problemas de salud, pero hay muchos otros factores de riesgo que no conllevan el estigma asociado al sobrepeso.
“Las personas toman todo tipo de decisiones arriesgadas para vivir sus vidas plenamente”, explica Manne. “Realizan expediciones de alpinismo y practican deportes peligrosos como la escalada en roca, carreras de coches, buceo, puenting… Y todas esas cosas que son arriesgadas. No moralizamos sobre eso. Pero alguien a quien le encantan los buenos restaurantes… Eso se moraliza de una manera completamente diferente a estos otros estilos de vida que, en mi opinión, son más arriesgados estadísticamente”.
Curiosamente, como explica la filósofa, la gordofobia es aún más prevalente en las sociedades con mayores tasas de sobrepeso: “Se podría pensar que, dado que las personas gordas son, en cierto modo, la mayoría de la población, habría un mayor movimiento para combatir la fobia a la gordura. Pero la cuestión es que la solidaridad es muy difícil de conseguir para las personas gordas, porque muchas de ellas no se identifican como tales o, aunque lo hacen, quieren estar delgadas para Navidad o Año Nuevo, ya que piensan que son simplemente personas delgadas atrapadas en un cuerpo de persona gorda, y eso hace que la gente sea reacia a ser activista en favor de las personas gordas, porque se avergüenzan y, en cierto modo, intentan escapar de su propia piel”.
La industria alimentaria y de la salud lleva décadas explotando esta contradicción en lo que se conoce como la cultura de la dieta. Sabemos de sobra que las dietas no funcionan, son perniciosas para la salud mental y, como explica Manne, en última instancia, también para la salud física, por el conocido efecto rebote: oscilar entre distinto peso probablemente sea más peligroso que mantener un peso más alto pero estable.
No interesa combatir la gordofobia porque, como explica la filósofa, sostiene un enorme negocio: “Es muy normal que las personas sean algo más gordas de lo que eran históricamente en un entorno social con abundancia de calorías y, entonces, no solo se puede ganar dinero vendiendo alimentos que son tentadores para las personas, sino que, lo que es más importante, se pueden vender las soluciones en forma de productos dietéticos, retiros de bienestar, costosas bicicletas estáticas, rutinas de fitness… Existe una industria multimillonaria basada en la idea de que las personas son más gordas de lo que serían de otro modo y que todos tenemos que dedicarnos a este proyecto inútil de adelgazar, con el que se puede ganar dinero fácilmente a costa de alguien que siente que necesita adelgazar. Se puede ganar dinero muy fácilmente con alguien que siente que necesita adelgazar, porque no solo lo siente constantemente, sino que tiene que seguir haciéndolo constantemente porque vuelve a engordar, así que es un mercado estupendo, es un mercado sin fin”.
Qué hacer si hasta tu madre te llama gordo
La realidad es que las personas gordas tenemos que aguantar que, casi cualquier persona, nos diga contantemente si estamos más o menos delgados. Algo que, en opinión de Manne, no deberíamos consentir: “Tienes derecho a tener tu opinión. Pero yo tengo derecho a pensar que eres gilipollas por ello, y más aún por expresarla cuando nadie te la ha pedido”.
En el viaje que ha llevado a Manne de no querer aparecer en público a comprar su primer bañador en más de veinte años, la filósofa ha aprendido a usar las palabras gordo y gorda no como un insulto, sino como la descripción natural de ciertos cuerpos. Pero, también, a dejar de hacer dieta, obsesionarse por el peso y a vivir en paz con su cuerpo, algo que pasa también por brindar paz al cuerpo de los demás.
“Este debate es complejo e importante y mi sugerencia aquí es más burda y menos matizada, lo reconozco”, explica la filósofa en las últimas páginas de su libro. “Que le jodan a la cultura de la belleza, junto con la cultura de la dieta. Quemémosla. Demolámosla”.
Irreductibles: Cómo hacer frente a la gordofobia (Ensayo)
Manne no aboga por que las personas gordas participen en los concursos de belleza, sino por su desaparición: “No podemos limitarnos a ampliar nuestros estándares de belleza de forma gradual y fragmentaria, sino que debemos deshacernos por completo de la idea de la cultura de la belleza, y de que las personas deben ser evaluadas en función de si son hermosas o no. Por supuesto, podemos seguir apreciando la belleza en el mundo natural, e incluso apreciar la belleza de los demás, pero la idea es que no intentemos aproximarnos a los estándares establecidos”.
Para ello, en contra de la positividad o la neutralidad corporal apuesta por el concepto de “reflexividad corporal”: “Consiste en que mi cuerpo es para mí, tu cuerpo es para ti y nuestros cuerpos no son realmente asunto de nadie más, y esto es diferente de la positividad corporal, que dice que tenemos que mantener una actitud implacablemente positiva hacia nuestros propios cuerpos, o la neutralidad corporal, que dice que tenemos que ser neutrales con respecto a nuestros cuerpos, lo cual me resulta difícil de hacer. No, no se trata realmente de tener una actitud hacia tu cuerpo, se trata de deshacerse de las escalas de evaluación, porque, en realidad, si no hubiera perspectiva de negatividad, no habría necesidad de neutralidad o positividad, simplemente no habría escala, no habría números, no habría evaluación, no habría comparación, no habría consumo y no habría colonización a largo plazo, así que es un poco como pensar en la actitud que tenemos hacia los cuerpos de los niños pequeños, simplemente pensamos que los cuerpos son para ellos. No hacemos ese tipo de evaluación implacable de los cuerpos de, por ejemplo, las mascotas, ni lo hacemos con muchas de las cosas que apreciamos estéticamente, como las puestas de sol, no pensamos que necesitan tener una especie de clasificación numérica implícita, así que sí, esta idea de que mi cuerpo es solo para mí me ayudó mucho a liberarme de parte de esto”.
Imágenes | Rachel Philipson/Freepik/ nakaridore
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