Abierta en 1959, ha puesto fin a su legado de masas y panes el pasado 30 de diciembre
A finales de diciembre de 2025 se apagó para siempre el horno de una de las panaderías más queridas y emblemáticas de Galicia: la Panadería Morales, situada en la parroquia de Loureda, en Arteixo.
Con su cierre se pone fin a una historia de seis décadas marcada por la dedicación familiar, la tradición artesanal y el respeto al producto. Fue en 1959 cuando Emilio Souto Morales fundó este obrador que, con el tiempo, se convirtió en una referencia en la provincia de A Coruña y, para muchos, en sinónimo del auténtico pan gallego.
Durante años, Emilio compartió con sus hijos el amor por el oficio. A su fallecimiento, dejó su legado en manos de sus cuatro descendientes. Con el paso del tiempo, Rosa y Emilio Souto tomaron las riendas del negocio y lograron mantener viva la esencia del obrador familiar. Este diciembre, sin embargo, ambos dijeron adiós a su clientela tras “toda una vida al servicio de los demás” como explican en el periódico A Opinión de Coruña.
La decisión del cierre no fue sencilla ni tomada a la ligera. El principal motivo ha sido la delicada salud de Rosa, afectada por una artritis que hacía insostenible seguir con el exigente ritmo del trabajo.
Además, la falta de relevo generacional y la dificultad de encontrar personas dispuestas a aprender y mantener un oficio tan exigente como el de panadero tradicional, terminaron por empujar la decisión definitiva. Emilio explica que este oficio, hecho a la vieja usanza, requiere no solo tiempo y sacrificio, sino también una paciencia y destreza que escasean en los tiempos que corren.
El pan que salía a diario del horno de leña de los Souto no era un producto cualquiera. En un proceso que duraba unas diez horas, la familia se encargaba de todo: desde el amasado, la fermentación y el formado, hasta la cocción —de dos horas— y el enfriado, que requería varias más. El resultado era un pan auténtico, sin maquinaria ni atajos. Solo fuego, manos expertas y tiempo. “Somos de los pocos de la provincia, si no los únicos, que hacemos el pan completamente a mano”, afirmaba Emilio con orgullo y cierta nostalgia en A Opinión.
A lo largo de los años, sus barras, bollas y bases de pizza se distribuyeron no solo en Loureda, sino por toda la comarca. Incluso lograron colocar sus productos en supermercados de la provincia, ampliando así su alcance sin renunciar a su esencia artesanal. Aunque el negocio no paró ni un solo día en muchos años, Emilio reconoce que ahora sienten que ha llegado el momento de descansar. Y lo hacen con la tristeza lógica de la despedida, pero también con la serenidad de haber cumplido con su propósito, del que se hace eco La Voz de Galicia.
Más allá del reconocimiento externo, lo que más valoran Emilio y Rosa es el afecto de quienes les acompañaron durante todos estos años. “Lo más importante es el cariño de la gente de aquí”, dice Emilio. Clientes que no fallaron ni un día, que les hicieron sentir útiles y queridos. Para ellos, ese vínculo ha sido el motor que sostuvo la panadería incluso en los momentos más complicados.
Imágenes | Jorge Guitián
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