Pasar por Santa Cruz y no hacer un alto en La Garriga con sus bocatas de aprovechamiento a 3,30 euros es casi un pecado
Hay historias que uno no sabe si es mejor contar por el principio, por el final, por la mitad o con alguna especie de interludio, porque tienen tanta chicha y tanta miga que resulta complicado centrar el tiro. Aunque quizá lo más evidente sea intentar comenzar por el principio.
Todo pasó en Santa Cruz de Tenerife, cuando dos socios catalanes se establecieron en la isla y montaron una charcutería con el nombre de La Garriga, fiel a sus orígenes. El embutido, como te habrá pasado en casa más de una vez, tiene un pequeño y sustancial problema: cuando se corta a máquina o a cuchillo y llegas al final, queda un borde con el que a menudo no sabes muy bien qué hacer.
No lo puedes vender de la misma manera que habías estado vendiendo el lomo, el chorizo, el salchichón o el jamón cocido. Así que, borde a borde, acaba quedando un montón de producto que no tiene una gran salida comercial o, al menos, no la misma que tenía la pieza entera.
Reciclar recortes… Para meterlos en tortilla
Aquellos charcuteros, ni cortos ni perezosos, decidieron reciclarlo de la mejor manera posible: hacer cocina de aprovechamiento y salvar aquellos recortes para convertirlos en una tortilla. Lo que parecía un gesto menor, y que olía a casa, acabó convirtiéndose en una gallina de los huevos de oro desde 1953.
A partir de ahí, La Garriga fue creciendo. Primero llegó su expansión a Gran Canaria, con la entrada de nuevos socios; después, un juego de asociaciones y de empresarios que fueron pasando por el negocio, incluyendo nombres procedentes de La Palma y de Tenerife, convirtiéndose en una madeja que hace, por ejemplo, que haya La Garriga en Gran Canaria… Hasta que la historia llegó a manos de su protagonista actual en Santa Cruz: Francisco García.
Panadero de profesión, García estuvo durante más de una década sirviendo sus bollos a La Garriga para, entre otras cosas, meter en ellos el popular bocadillo de tortilla de la casa. Evidentemente, la historia ha cambiado muchísimo en estos 70 años, pero el bocadillo de tortilla de La Garriga permanece en el imaginario colectivo de miles de chicharreros.
Hasta el punto de que, mientras en otras zonas de España lo habitual es celebrar el día de Reyes con un roscón o con chocolate con churros, en La Garriga, en Santa Cruz, lo normal es encontrarse una cola monumental para llevarse un bocadillo a casa.
El Día de Reyes: el día de La Garriga
No es una cuestión menor. Explica Francisco García que “en el día de Reyes esto es una auténtica locura y podemos vender más de 4.000 bocadillos al día”.
Una cifra que haría palidecer a sus majestades de Oriente, pero que en el día a día tampoco se queda corta: “A diario vendemos entre 900 y 1.000 bocadillos”, añade Francisco mientras nos enseña la cocina del restaurante, al que se mudaron hace unos años tras cerrar la ubicación original.
La Garriga (Calle Pérez Galdós, 24) sigue funcionando como tienda de embutidos gourmet, aunque el gran éxito del restaurante son sus bocadillos. Y, entre todos ellos, el de tortilla —a veces bautizado como revuelto— es el gran protagonista de la carta.
Tiene muchísimas más opciones, sí, y unos precios de absoluto derribo si se comparan con algunos precios peninsulares, pero su bocadillo de tortilla, la gran estrella del baile, apenas cuesta 3,30 euros.
Un lujo que, en los tiempos que vivimos y con el precio del huevo como está, casi hace palidecer. Le preguntamos a Francisco García por el precio y lo justifica con una razón tan sencilla como contundente: “Hacemos tanto que sale rentable”.
Lo que sí ha cambiado desde aquellos primeros tiempos es la forma de utilizar los recortes. “Ya no cogemos solo los recortes; lo que hacemos es directamente picar la mezcla de embutidos”, explica, refiriéndose al lomo, al jamón, al chorizo, al salchichón y al jamón cocido.
Cuál es el secreto del bocadillo de tortilla de La Garriga
Sobre el secreto, aunque no lo revela abiertamente, nos lo enseña en la cocina, donde una cocinera se afana con cuatro minúsculas sartenes al mismo tiempo.
Primero tuesta ligeramente, con un pelín de aceite de girasol, la mezcla de embutidos. Después añade una buena cantidad de huevo batido, removiendo ligeramente la sartén —por la que sería impensable contar cuántas tortillas han pasado— hasta que el huevo se cuaja.
Luego la voltea y otra cocinera, a su vera, va partiendo panes en los que meterán cada tortilla. Así hasta 900 al día. De hecho, cuenta Francisco García que es “el bocadillo de tortilla más vendido de Glovo en España”.
Y aunque pueda parecernos curioso, tiene cierto sentido: poca gente pide en esta aplicación bocadillos de tortilla, pero aun así “vender más de 100 bocadillos de tortilla en Glovo es una locura”.
Mientras tanto, Francisco García, al que la panadería le tira mucho, deja claro que, aparte del secreto de la mezcla, el truco de sus bocatas está en el pan: “Trabajamos con tres obradores distintos para poder dar abasto. Imagínate, un día de Reyes, pedir 4.000 panes solo a un obrador. Se volvería loco”.
Y nos deja una última pista por si queremos intentar emular sus bocatas en casa: “El pan debe estar metido en la nevera, en nuestro caso, porque pierde humedad y queda más crujiente”. Palabra de panadero, reconvertido a charcutero y hostelero.
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