Son restos de una civilización que apareció varios siglos después de la caída del Egipto faraónico
Si un país ha hecho de las pirámides su santo y seña, ese es sin duda alguna Egipto. Su imagen está unida para siempre a Giza, al Nilo y a la grandeza faraónica. Pero la historia, a veces, se empeña en llevar la contraria. Y en este caso lo hace con un dato que sorprende: el país con más pirámides del mundo no es Egipto, sino Sudán, uno de sus grandes vecinos al sur, donde se conservan más de doscientas repartidas por varios enclaves arqueológicos de enorme valor.
Ese patrimonio se concentra sobre todo en la antigua Nubia, dentro del territorio del viejo reino de Kush. Los tres grandes focos que suelen citarse son El Kurru, Jebel Barkal y Meroe, aunque el paisaje arqueológico kushita incluye también otros lugares próximos como Nuri. En conjunto, estos espacios testimonian las culturas napata y meroítica, ligadas al llamado segundo reino de Kush, una potencia africana que mantuvo lazos intensos con Egipto y llegó incluso a dominarlo durante un tiempo.
El Kurru fue uno de los cementerios reales más antiguos de esa dinastía. Allí se enterró a parte de la élite kushita en la etapa inicial del poder napata, entre los siglos IX y VII antes de nuestra era aproximadamente. Más tarde, el protagonismo político y funerario se desplazó por la región.
Jebel Barkal, por su parte, no fue solo un lugar de enterramiento. También funcionó como centro religioso y simbólico de primer orden, asociado durante siglos al culto de Amón. A su alrededor hubo tumbas, templos, palacios y pirámides, lo que muestra que estos monumentos no surgieron aislados, sino dentro de un paisaje de poder.
Con el paso del tiempo, la capital y los enterramientos reales se trasladaron hacia Meroe, que ganó peso desde el siglo IV a. C. y acabó convirtiéndose en el gran emblema de estas pirámides sudanesas. Allí los kushitas levantaron necrópolis enteras para reyes, reinas y miembros destacados de la nobleza.
Meroe fue además un núcleo urbano y comercial de gran importancia, situado en una red de rutas que conectaban el valle del Nilo con otras regiones africanas y con el mundo mediterráneo. Por eso sus pirámides no fueron simples tumbas monumentales. Formaban parte de una cultura compleja, rica y muy conectada.
Estas construcciones son distintas de las egipcias a primera vista. Suelen ser más pequeñas, con bases reducidas y una pendiente mucho más pronunciada, lo que les da una silueta más afilada. Muchas fueron levantadas con piedra, sobre todo arenisca, y respondían a una tradición funeraria propia, aunque claramente influida por Egipto.
En varios casos incluían cámaras sepulcrales decoradas y elementos simbólicos ligados a la realeza, al tránsito al más allá y a la legitimación del poder. No impresionan tanto por tamaño como las de Giza, pero sí por número, continuidad histórica y singularidad estilística.
Quien las construyó fue, por tanto, la élite del reino de Kush, primero en su etapa napata y después en la meroítica. Su finalidad principal fue funeraria. Eran tumbas de monarcas, reinas y altos dignatarios, concebidas para perpetuar la memoria del difunto y subrayar su rango.
Al mismo tiempo, servían como declaración política. Levantar una pirámide era dejar constancia visible del poder de una dinastía y de su relación con una tradición sagrada compartida, aunque adaptada al mundo nubio. Ahí reside buena parte de su interés histórico. No son una copia menor de Egipto, sino una reinterpretación africana con rasgos propios.
Durante mucho tiempo, este legado quedó en un segundo plano. Influyó su menor fama internacional, pero también el daño directo causado por personas. En el siglo XIX, el buscador de tesoros Giuseppe Ferlini hizo volar partes de varias pirámides en Meroe para buscar objetos valiosos, dejando pérdidas irreparables. A esa huella humana se suma hoy otra amenaza más lenta y persistente: el avance del desierto y la movilidad de la arena en torno a los monumentos.
Esa presión ambiental ya no es una simple intuición. Las dunas, los vientos fuertes y los episodios climáticos extremos están afectando a la conservación del yacimiento de Meroe y de otros conjuntos arqueológicos del país.
La acumulación de arena alrededor de las estructuras favorece grietas, desintegración de los bloques y pérdida de material. En algunos casos, las pirámides han quedado parcialmente cubiertas por la arena, lo que complica tanto su preservación como su estudio.
Así que Sudán no solo guarda más pirámides que Egipto. También custodia una parte decisiva de la historia africana antigua. El problema es que ese tesoro sigue siendo mucho menos conocido de lo que merece y, además, convive con una amenaza ambiental real.
Mientras el Sáhara avanza y la desertificación gana terreno, la conservación de este patrimonio exige más atención, más recursos y una mirada histórica menos estrecha. Porque en esas piedras afiladas del desierto no hay una nota al pie de Egipto, sino una civilización entera que todavía reclama su lugar.
Imágenes | Martchan / UNESCO - Maria Gropa / UNESCO - Ron Van Oers /
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