Con apenas 350 habitantes, Tendilla es una de esas joyas patrimoniales vivas de Castilla-La Mancha
Pocos embajadores y pocos relatos de viajes han sido tan evocadores en la literatura española como Viaje a la Alcarria, de Camilo José Cela, una auténtica guía sentimental del camino por Guadalajara. Jesús —en referencia al propio viajero que se deja llevar por la comarca como si avanzara dentro de un relato vivo— sumergió al premio Nobel gallego en distintos pueblos de la provincia, y lo fue sorprendiendo con sus paisajes, sus gentes, su gastronomía y su arquitectura, hasta el punto de que dejó escrita una de las definiciones más felices sobre Tendilla: aquel pueblo “largo como una longaniza”, una imagen nacida de los soportales que se multiplican a lo largo de la localidad y que todavía hoy le dan una personalidad inconfundible.
Tendilla entra en esa categoría de lugares que no necesitan exagerar nada: le basta su trazado urbano, su aire castellano y la huella de siglos de historia para quedarse en la memoria del viajero.
Situada en la comarca de La Alcarria, al sur de la ciudad de Guadalajara, muy bien comunicada por carretera y ligada desde hace siglos a las rutas interiores de esta parte de Castilla. Su ubicación explica buena parte de su desarrollo histórico, porque durante mucho tiempo fue lugar de paso y punto de actividad comercial.
La singularidad de Tendilla, en La Alcarria
Esa prosperidad dejó un casco urbano singular, reconocido hoy como conjunto histórico, donde todavía se percibe la antigua importancia de la villa. La tradición agrícola, con el olivo y la vid como cultivos muy presentes en el paisaje, también ayuda a entender el carácter de este rincón alcarreño.
El gran emblema de Tendilla es la Calle Mayor, un larguísimo corredor urbano con soportales que resume por sí solo la esencia del pueblo. Caminar por ella es entender inmediatamente la comparación de Cela.
Las columnas de piedra y madera, el ritmo de las fachadas y la continuidad del trazado crean una de las imágenes más reconocibles de la arquitectura popular de Guadalajara. No es una calle cualquiera. Es la espina dorsal de la localidad y el mejor lugar para empezar la visita, porque en ella se concentran el sabor castellano, la vida cotidiana y parte de los vestigios medievales de la antigua muralla.
Muy cerca aparece otro de los hitos imprescindibles, la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Se trata de un templo de grandes dimensiones, iniciado en el siglo XVI y conocido también por su carácter inacabado, circunstancia que le da un atractivo especial.
En el interior conserva un gran retablo barroco de finales del siglo XVII y una pila bautismal del siglo XVI vinculada a los Mendoza. El edificio impone por volumen, pero también por la sensación de historia detenida que transmite. No parece una iglesia menor de pueblo, sino la prueba visible de una ambición artística que habla del antiguo relieve de Tendilla.
El patrimonio civil también merece una mirada atenta. Sobresale el palacio de los López de Cogolludo, ejemplo de arquitectura nobiliaria barroca, con portada de sillería y escudo. A su alrededor aparecen casonas con heráldica, portones y rejería, detalles que enriquecen el paseo y confirman que Tendilla fue una villa de cierta relevancia.
La Fuente Vieja, levantada en el siglo XVI y vinculada a los condes de Tendilla, suma otro elemento valioso a ese recorrido por el casco histórico. No conviene visitar el pueblo deprisa. Aquí lo interesante está en avanzar despacio y levantar la vista.
De ruinas y ferias, la historia de Tendilla se respira en sus calles
Entre los lugares que más impresionan están las ruinas. Los restos del monasterio jerónimo de Santa Ana, fundado en el siglo XV por los Mendoza, constituyen una de las estampas más evocadoras del entorno. Hoy se conservan como ruina histórica, pero siguen hablando del peso artístico y religioso que tuvo Tendilla en otros tiempos.
A eso se suman los restos del castillo, situados en la elevación donde hoy se alza el monumento al Sagrado Corazón de Jesús, y los fragmentos de la antigua muralla, que todavía asoman en algunos puntos del trazado urbano. Son vestigios fragmentarios, sí, pero muy expresivos. En ellos se percibe el paso del tiempo con una claridad que pocos monumentos intactos consiguen transmitir.
Además de mirar piedra y memoria, en Tendilla hay que dejar espacio para el ambiente. El pueblo invita a pasear sin prisa, a detenerse bajo los soportales, a buscar perspectivas del caserío y a salir hacia sus alrededores, donde aparecen pinares, arroyos, alamedas y caminos suaves muy apropiados para una excursión tranquila.
Allí asoman varias ermitas, como las de la Soledad, Santa Lucía o San Roque, que amplían el interés patrimonial de la localidad y refuerzan su perfil de villa histórica dentro de un paisaje sereno.
La primavera es, seguramente, uno de los mejores momentos para descubrir Tendilla. La luz realza la piedra, el campo alcarreño gana color y el paseo se vuelve especialmente agradable.
También resulta muy atractiva la visita en fechas ligadas a su tradicional Feria de las Mercaderías, que recuerda la antigua vocación comercial del lugar y añade ambiente a una localidad que ya tiene suficiente personalidad por sí sola.
Pero incluso en un día normal, sin fiesta y sin ruido, Tendilla conserva intacta su fuerza. Basta recorrer esa calle interminable, mirar sus soportales y dejar que la literatura haga el resto. Allí, en ese pueblo largo y brillante de La Alcarria, Cela sigue teniendo razón.
Imágenes | Fadeta Turismo
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