Si uno oye que, más allá de un encinar se encuentra el mayor tesoro de nuestro país en forma de lingotes y monedas de plata, lo más probable es que piense que está escuchando una leyenda más, uno de esos relatos que pasan de generación en generación y que habitan en la memoria de los más ancianos. Pero en esta ocasión, no hay mito ni fantasía: es verdad.
En Guadalajara, en las estribaciones de la Sierra de Tejeda Negra, más allá de un encinar, hay un tesoro. Tan real es la fábula que merece ser contada. Así es el pueblo que guarda en su subsuelo una riqueza inmensa en forma de plata.
En uno de esos rincones de la provincia de Guadalajara, a los que no se llega por casualidad sino siguiendo las huellas de antiguos mapas del tesoro o de habladurías sobre una mina de plata, se alza un pueblo que hoy apenas llega a los 200 habitantes, pero que a finales del siglo XIX llegó a tener más de 10.000 vecinos. La razón estaba, y sigue estando, bajo sus pies: la mejor plata de nuestro país.
Este lugar se llama Hiendelaencina. Un nombre tan bello como extraño, que parece significar “más allá de las encinas”. Un pueblo cuya historia está íntimamente ligada a su hayedo, que se ve al fondo, a esas encinas que dicen hubo allá por sus cercanías y, sobre todo, a las minas de plata más importantes que hubo y hay en España.
Nada más llegar, el visitante se topa con las antiguas fábricas y chimeneas de ladrillo, restos de los poblados y complejos mineros donde se extraía, seleccionaba y lavaba el mineral. Pasear por el casco antiguo es un ejercicio de memoria. Aparecen los vestigios de esos pozos mineros, los raíles por los que circulaban las vagonetas cargadas de plata, las torretas de los ascensores que descendían y descendían metros y metros en busca de las mejores vetas del mineral.
Recreación de una mina de plata en Hiendelaencina / Luis Ulargui
Historia de las minas de plata
La relación de este rincón de la provincia de Guadalajara y el bello metal empezó por pura casualidad, como comienzan tantas historias auténticas. Fue a mediados de la década de los años 30, pero del siglo XIX, cuando un geólogo aficionado, llamado Esteban Górriz, realizaba simples mediciones en los montes de la zona de Cantoblanco y descubrió un inmenso filón de plata prácticamente a ras de suelo. Sin saberlo, caminaba sobre este metal precioso. Lo tuvo claro rápidamente, los pastos de la zona estaban llenos de este mineral y a muy pocos metros.
Górriz fundó rápidamente la primera sociedad para la explotación de las minas y, desde ese momento, Hiendelaencina cambió su destino. De pueblo de pastores y ganaderos pasó a convertirse en un hervidero de mineros, prosperidad y riqueza. En apenas dos décadas creció hasta los 5.000 vecinos. El cambio fue tan profundo, no sólo en el paisaje y en su urbanismo sino también en el paisanaje de sus gentes.
Se amplió la plaza mayor, surgieron nuevas calles y nuevos barrios en torno a la iglesia y a las minas. Se levantaron casonas, escuela y botica, colmados y se abrieron nuevos caminos. Llegaron a abrirse hasta un centenar de minas, responsables del 60% de producción nacional de plata. Se ha llegado a calcular que del suelo de Hiendelaencina salieron más de 300 toneladas de este metal, destinado a las arcas de la Casa de la Moneda de Madrid. Aquellas minas, que propiciaron tan ingente cantidad de mineral precioso, llevaban nombres tan sugerentes como poéticos como Mina Nochebuena, Mina Fuerza, Pozo de la Malanoche, Mina Verdad de los Artistas o Mina de Los Tres Amigos, entre otros asombrosos nombres.
Interior del Museo País de la Plata / Luis Ulargui
El País de la Plata
Hoy, ese vínculo entre metal precioso y este olvidado hoy pueblo de Guadalajara puede recorrerse paso a paso gracias al Museo del País de la Plata. Un singular centro de interpretación que explica de forma sencilla la geología de la zona, el nacimiento de los primeros pozos mineros y la evolución industrial del municipio. Maquetas, fotos y herramientas originales de las primeras décadas mineras reconstruyen el pasado de Hiendelaencina con rigor y claridad.
Mural en la entrada de la Mina Catalina de Hiendelaencina / Luis Ulargui
Desde allí conviene acercarse a la boca de la Mina de la Catalina, donde un mural moderno, sobre una puerta tapiada, recrea lo que un día fue este poblado minero. Además, varios senderos bien señalizados y de fácil recorrido, no más de 8 kilómetros, conducen entre miradores, antiguas minas, fábricas de lavado del mineral y las ruinas de lo que fueron barrios y poblados mineros, y que formaron parte de un auténtico país de plata. Lugares que llegaron a contar con hospital, grandes colmados, teatro y casino. Todo un paisaje que se esfumó cuando la plata, que se usaba para acuñar monedas, perdió interés en virtud de las aleaciones de cobre o de materiales de menor valor.
Pasear por Hiendelaencina resulta reconfortante. Merece la pena acercarse al barrio viejo, donde se conservan las casas más antiguas, anteriores a la fiebre de la plata. Construcciones de piedra oscura y tejados de pizarra que remiten a las estribaciones de la afamada de la Sierra de los Pueblos Negros y a los primeros pobladores. Más tarde llegaría el Ensanche, impulsado por la riqueza minera. En sus calles, hoy más amplias, se encuentra el monumento a los primeros mineros.
Parte vieja de Hiendelaencina / Luis Ulargui
Paseo por Hiendelaencina y tapeo en el Sabory
Pero este pueblo minero no sólo guarda tesoros bajo tierra. Hay otro, mucho más gastronómico y se llama Mesón Sabory. Hay dos opciones de disfrutar de la gastronomía de esta gran casa de comidas. Por un lado, cruzar su umbral y entregarse sin prisas a un ritual gastro-castellano sin prisas y de mesa generosa. La segunda opción es más informal: picotear, y si el tiempo acompaña, salir con las bebidas y las tapas a la amplia terraza que se despliega en la plaza mayor.
Es un lugar perfecto para un tapeo en buena compañía, con las voces de los niños al fondo y las conversaciones cruzadas de los vecinos, de quienes regresan el fin de semana al pueblo y de los viajeros atraídos por su pasado minero. Hay platos imprescindibles, como las legendarias patatas bravas, bañadas en una salsa secreta cuya receta es un enigma local. Le siguen los torreznos crujientes y el somarro, antesala del protagonista absoluto: el cabrito asado en horno de leña, con la piel tostada y la carne deshaciéndose al primer contacto.
De tapeo en el Sabory / Luis Ulargui
Quienes lo visitan coinciden en que el Sabory es mucho más que un restaurante rural, es un refugio de autenticidad. Los viajeros elogian esa sensación de "comer como en casa de los abuelos", destacando la abundancia de sus tapas y la calidez de un servicio donde rezuma hospitalidad. Es, en definitiva, una parada obligatoria para quienes buscan el sabor más puro y honesto de este rincón de Guadalajara.
Alrededores. Afrentas, castillos y volcanes
Los alrededores de Hiendelaencina poseen esa belleza áspera de los territorios duros, abruptos y secos, con robles melojos, encinas y un sotobosque oloroso de tomillo, hermosos rosales silvestres y jaras. Y antiguos volcanes que aún guardan restos de erupciones hace millones de años. Y muy cerca una población de resonancias míticas hasta en el nombre, Robledal de Corpes. Forma parte del Camino del Cid y muchos sitúan aquí el paraje donde ocurrió la célebre Afrenta de Corpes, narrada en el Cantar del Mío Cid, cuando las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar fueron golpeadas, violadas y abandonadas por los Infantes de Carrión, en un inhóspito y a la vez abrumador paraje castellano. No pocos señalan un robledal de esta zona como posible escenario. Y un poco más allá Atienza y su imponente castillo, aunque esa visita merece, sin duda, otro reportaje.
Imágenes | Luis Ulargui