
Un rincón escondido de Guadalajara donde poder hacer diversas y sencillas rutas de senderismo para toda la familia.
Hay veces que uno se enamora de un paisaje si lo mira desde un altozano. Y eso siempre pasa en uno que se ubica a menos de una hora y media de Madrid. Es un rincón donde habita el silencio, el dulzor de una naturaleza indómita y una aldea pequeña y encantadora coronada por uno de esos muchos castillos roqueros que jalonan el centro de la Península.
Cuando me preguntan cómo llegar hasta Pelegrina siempre respondo lo mismo: lo mejor es llegar por A-2 y salirse en Torremocha, dirección Sigüenza. Dejar la vorágine de la autovía para adentrarse en una de esas carreteras secundarias donde poco a poco nos vamos menguando mientras el paisaje, por arte de magia, se va engrandeciendo a nuestros ojos.
La carretera culebrea por las lomas siguiendo cauces de torrenteras que ya avanzan al viajero la herida que dejó el agua cuando se convirtió en un sosegado escultor y cinceló, a ritmo lento, un paisaje bello y de dulce nombre: La Hoz del Río Dulce. En el primer otero por arte de magia está el mirador que sirve de prólogo a todo lo que vamos a encontrar en este viaje. Un territorio donde el buitre y otras rapaces siguen siendo los dueños de todo.
Este mirador lleva el nombre de Félix Rodríguez de la Fuente. Puede ser que los más jóvenes lectores no sepan quién fue. Pero cuando se hablaba de naturalismo, conservacionismo y ecologismo en nuestro país y se busca a uno de los pioneros, siempre saldrá su nombre. Félix Rodríguez de la Fuente fue quien nos habló por primera vez, en sus documentales de naturaleza para televisión española, de la fauna salvaje ibérica… Allí asomándose a este atalaya la mirada se extiende y el paisaje se agranda. La mirada serpentea las vertiginosas paredes de la Hoz del Río Dulce, una brecha limpia en el paisaje, una grieta perfecta que el agua ha ido esculpiendo desde tiempo inmemorial. Y al fondo escondida la aldea de Pelegrina.
Una aldea a los pies de un castillo herido
Pelegrina apenas suma una treintena de vecinos, es pedanía de Sigüenza, en los límites entre el Señorío de Molina de Aragón y las estribaciones más alejadas de la Serranía de Guadalajara. De pequeño tamaño demográfico, pero de imponente presencia. Y es que sobre un minúsculo cerro rocoso que domina el pueblo se levanta su castillo, una fortaleza roquera, perfectamente adaptada al terreno, que combinó tanto función defensiva como residencial, de asueto y retiro para la curia episcopal de Sigüenza. No ha sido una fortaleza de vida fácil como podría decirse. Un incendio lo dañó gravemente en la Guerra de Sucesión y las tropas de Bonaparte remataron la faena arrasándolo casi por completo en su retirada durante la Guerra de la Independencia. Hoy sus torreones desmochados siguen ahí, tercos, recordando su antigua grandeza.
Y a sus pies, casas de mampostería y otras de elegante y ancestral adobe, la sencilla iglesia Parroquial de la Santísima Trinidad y el inicio donde arrancan todas las sendas que llevan hoz adentro, a un abismo dulce y maravilloso, un averno, no creado por un diabólico demonio sino por los más sutiles de los espíritus celestes de la naturaleza.
Un paseo perfecto para toda la familia
Y de todos los recorridos por la Hoz del Río Dulce hay dos posibilidades perfectas para toda la familia: una sencilla, casi un paseo, y otra algo más exigente pero perfectamente asumible para cualquiera, con una única subida pronunciada que nos deja frente al mirador de una maravillosa cascada. En ambos casos seguimos el fragor del agua por un cañón excavado en potentes calizas durante millones de años, primero por mares del Jurásico, luego por el plegamiento del Terciario, y finalmente por el propio río Dulce, disolviendo la dura piedra durante cientos de miles de años hasta dibujar el desfiladero que hoy puede recorrerse a pie.
El resultado del paseo está lleno de sorpresas: un paisaje encantado, lapiaces, cuevas, dolinas, y restos de arroyos abandonados. Encinas y quejigos cubren las laderas, con sabinas y enebros allí donde el suelo se convierte en imposible por su verticalidad. Y allí, en esas paredes del cañón anidan buitres leonados, águilas reales y halcones peregrinos entre otras rapaces, mientras abajo, junto al agua, se dejan ver garzas y martines pescadores. Si tenemos suerte y somos observadores en el camino podremos ver huellas de tejones, de gatos monteses o zorros entre otras alimañas. Es un sendero para ir despacio, con niños, deteniéndose en cada recodo. No hay tramos complicados, y el silencio, solo roto por el aleteo del vuelo de un buitre y el ruido divertido del agua al juguetear a su paso por las piedras, compensa cualquier repecho.
Buscar el agua escondida del río Gollorío
La senda nos va acercando, casi sin avisar, a la cascada de Gollorío, que se deja ver en varios puntos del camino y, especialmente bien, desde el mirador de Félix Rodríguez de la Fuente. La verdad es que es una cascada caprichosa: si las semanas previas han traído lluvia, o la primavera ha sido generosa, el salto se mostrará en todo su esplendor; si no, el hilo de agua puede quedar casi imperceptible, y eso sucede muchas veces en los meses de verano y principio de otoño. El acceso hasta su misma base está prohibido por desprendimientos, así que lo mejor es lo que ya ofrece la propia ruta: subir hasta un mirador bien situado que nos deja justo donde el agua se precipita de forma fragorosa contra la vegetación de la hoz. El camino continúa hasta casi el precipicio de la caída del agua y deberemos vadear el arroyo, sin complicación.
Plató de televisión donde se enseñó a mirar la naturaleza
Hay un capítulo de esta hoz que la hace todavía más especial, y es el que escribió, casi por casualidad, Félix Rodríguez de la Fuente. Cuentan quienes le conocieron que el naturalista ya frecuentaba la zona por el castillo de Torremocha cuando, un día, se le escapó un halcón de su propiedad. Buscándolo entre los cortados dio con estas hoces, y quedó fascinado. Años después, cuando por fin tuvo su propio programa en TVE, se acordó de aquel paisaje y lo convirtió en un plató perfecto para rodar la serie ibérica de El hombre y la tierra.
Entre 1973 y 1977, llegó a filmar aquí más de ochenta capítulos, algunos con las escenas más recordadas de toda la serie entre ellas las afamadas secuencias del lobo ibérico con las que se empeñó en desmontar su fama de animal feroz. Mantuvo en semicautividad, en la propia hoz, linces, águilas, nutrias y, sobre todo, alguna camada de lobeznos, muchos de ellos recuperados de heridas gracias a guardas de fincas de la zona. En el recorrido por la Hoz del Río Dulce se ha reconstruido la caseta que utilizaba su equipo para guardar el material de rodaje, un vestigio sencillo que conecta directamente con aquella televisión que enseñó a la España de los años 70 y 80 a mirar la naturaleza con otros ojos.
Cuando uno vuelve a la vorágine de su rutina merece la pena detenerse una vez más en el mirador que lleva el nombre de Félix Rodríguez de la Fuente, homenaje popular, ya que fue construido por suscripción de los propios vecinos. Es el mejor homenaje. Y donde uno puede sentir como entre los cortados sigue el vuelo de un alimoche y otras rapaces. Y es que pocos lugares en España explican tan bien por qué este hombre dedicó su vida a defender estos paisajes y su fauna. Un legado que sigue vivo…
Fotos | Luis Ulargui
En DAP | 48 horas en Sigüenza
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