
Vejer de la Frontera sorprende cerca del mar, pero sin ser una localidad de costa
Vibra Vejer de la Frontera, orgulloso de ese apellido, como un pueblo grande en el que la historia y la arquitectura confluyen, dando aires andalusíes a cuatro pasos de la playa en la provincia de Cádiz, pero siendo, a su manera, una localidad de interior.
Lo curioso, si hablamos de Vejer, es que además es uno de los santuarios de la buena carne en Cádiz, una provincia que en muchos casos pensaríamos que se consagra al pescado antes que a la chicha… Hasta que se llega a Vejer y se entra en la puerta del asador La Castillería, un templo dedicado casi en exclusiva a lo terrestre donde las brasas mandan, pero no empecemos por el final.
El casco antiguo tiene todo lo que uno espera de un gran pueblo blanco andaluz. Calles estrechas. Fachadas encaladas. Rejas negras. Patios con macetas. Cuestas que obligan a bajar el ritmo. Arcos que aparecen de pronto. Y miradores donde el paisaje se abre hacia la comarca de La Janda. Caminar por Vejer no consiste solo en buscar monumentos. Consiste en dejarse llevar.
El castillo de Vejer es una de sus visitas esenciales. Se encuentra en la parte más alta del casco histórico, dentro del antiguo recinto amurallado. Su ubicación no es casual. Desde allí se controlaba el territorio cercano y se vigilaban los caminos. También se dominaba la línea que conecta el interior gaditano con la costa. Por eso el castillo ayuda a entender el origen del pueblo.
La fortaleza conserva un aire sobrio y medieval. No es un castillo de fantasía, lleno de torres imposibles. Es una construcción defensiva, práctica y sólida. Sus muros hablan de resistencia. Su puerta de acceso, sus patios interiores y sus restos de origen islámico recuerdan el pasado andalusí de Vejer. Después llegaron reformas cristianas, como ocurrió en muchos castillos de frontera.
Lo más interesante del castillo es esa mezcla de capas históricas. Vejer estuvo bajo dominio musulmán durante siglos. Más tarde pasó a manos cristianas. Esa transición dejó huella en su arquitectura y en su urbanismo. La fortaleza no debe verse como una pieza aislada. Forma parte de un conjunto mayor, junto a las murallas, las puertas antiguas y las calles que trepan hasta la zona alta.
Subir al castillo tiene premio, claro. Desde sus alrededores se entienden las razones estratégicas del lugar. Se ve el caserío blanco apretado sobre la colina. También se intuye el campo gaditano, amplio y luminoso. En días claros, la cercanía del mar se nota incluso sin tenerlo delante. La visita combina historia y paisaje de una forma muy sencilla.
Ya tras ese descenso, no dejéis de acercaros a la Iglesia del Divino Salvador, cuyo skyline domina parte de la panorámica de Vejer, sorprendiendo con una de esas singulares arquitecturas de 'la frontera' con edificios que fueron mutando de uso, desde mezquitas a iglesias, atravesando distintos estilos arquitectónicos, a caballo entre esa cabecera del gótico mudéjar, pero con una ampliación clara del gótico tardío.
Dentro, a pesar de que las tres naves tienen alturas similares, un original juego de bóvedas permite equilibrar la luminosidad del espacio, dando una sensación de amplitud que se ve favorecida por la planta basilical del edificio, un testimonio claro de su relevancia histórica.
Sin embargo, abre y alza los ojos cuando enfoques el altar mayor. Allí aguarda uno de los tesoros mejor conservados de Vejer de la Frontera, el retablo mayor, una obra en madera policromada firmada por Francisco de Villegas, con una composición teatral de la vida de Jesucristo, incluyendo el calvario, que domina la escena.
Ya en la fase profana, una vez habernos pateado bien pateado Vejer, nada mejor que reponer fuerzas. Si eres un amante de la carne, la parada obligada se llama La Castillería: carnes de primerísima calidad, capaces de competir con cualquier gran asador vasco, y uno manejo de la parrilla soberbio hacen del restaurante que comanda Juan Valdés uno de esos restaurantes que tener siempre en el radar.
Bordan todo, y lo manejan. Chuletones, entrecots, solomillos, despieces de ibérico, carnes singulares de vacuno –desde rubia gallega al clásico retinto gaditano– pasando por el cordero… La Castillería es una especie de Arca de Noé de la chicha a la que siempre hincar el diente.
Imágenes | Istock
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