Playas de ensueño, laurisilva, reserva Starlight, unas salinas milenarias, restos volcánicos, historia, aventura… Todo cabe en este rincón canario
La Palma se anuncia antes de pisarla: una silueta oscura en el horizonte, como si el Atlántico hubiese decidido levantar una isla a base de lava y paciencia. Al aterrizar, el verde aparece por sorpresa, agarrado a las laderas y a los barrancos, y el aire trae un olor mezclado de pino, sal y tierra caliente. No cuesta entender por qué aquí la llaman la Isla Bonita: tiene algo de refugio y algo de frontera.
En el extremo noroccidental del archipiélago canario, dentro de la provincia de Santa Cruz de Tenerife, este triángulo montañoso condensa mundos distintos en distancias cortas. La orografía manda: carreteras que trepan, miradores que asoman a lo imposible, pueblos que se agarran al terreno como si no quisieran caer al mar. La altitud culmina en el Roque de los Muchachos, por encima de los 2.400 metros, y ese desnivel explica su variedad de climas y paisajes.
El corazón insular lo ocupa la Caldera de Taburiente, una catedral natural excavada por la erosión y flanqueada por paredes que se elevan hasta los 2.000 metros. Pinares de pino canario, barrancos profundos y senderos que se pierden entre sombras y luz dibujan la postal de La Palma más interior. Es un territorio que invita a caminarlo despacio, con botas y tiempo, y a mirar hacia arriba para entenderlo.
La isla, además, sigue escribiéndose en presente. La erupción de 2021 dejó el Tajogaite como recordatorio tangible de que el fuego continúa bajo los pies y de que el paisaje aquí no es un decorado inmóvil. Miradores, rutas y puntos de interpretación ayudan a leer esa geografía reciente sin caer en el morbo: como lección de naturaleza y de resiliencia palmera.
Y luego está la vida que lo cose todo: una población que ronda los 80.000 habitantes y un calendario de celebraciones que explica el carácter local. La Bajada de la Virgen de las Nieves, cada cinco años, transforma Santa Cruz de La Palma; el Carnaval, con Los Indianos, pone el acento desenfadado.
Entre fiesta y fiesta, la mesa actúa como brújula: quesos palmeros, mojos, papas, vinos volcánicos y pescado atlántico. Con ese telón de fondo, dos días bastan para salir con la sensación de haber visto una isla entera… y, a la vez, de haberla empezado apenas a entender.
Hemos acompañado la guía con un mapa que puedes cargar en tu Google Maps –como este de Soria– que compartiremos el próximo viernes solo entre los suscriptores de nuestra newsletter Al fondo hay sitio. ¿Aún no te llega? Aquí mismo puedes suscribirte.
Día 1 – Sur volcánico y cumbres bajo las estrellas
Mañana: volcanes, salinas y memoria reciente
El extremo meridional de La Palma es una lección de geología al aire libre. Conviene arrancar temprano en el Volcán de San Antonio para evitar las horas centrales de calor. El centro de visitantes permite entender la sucesión de erupciones históricas que modelaron esta franja insular. Desde el borde del cráter, perfectamente acondicionado, se aprecia el contraste entre las coladas oscuras y el verde inesperado de los pinares. El sendero circular, de algo menos de un kilómetro, se completa en unos 45-60 minutos sin prisas.
A escasos kilómetros se encuentra el Monumento Natural de Los Volcanes de Teneguía, donde la erupción de 1971 dejó uno de los paisajes más recientes de Canarias. El itinerario señalizado permite caminar sobre picón y malpaís durante unas dos horas. La sensación es casi lunar, con el océano como telón de fondo. Aquí, como en buena parte de los senderos de la isla, no hay sombras ni fuentes, por lo que es imprescindible llevar agua, protección solar y calzado con buena suela para evitar resbalones en la grava volcánica.
La mañana puede completarse con una aproximación al entorno del volcán Tajogaite. Aunque el acceso al cono está regulado, los miradores habilitados en la zona de Las Manchas y Cabeza de Vaca ofrecen panorámicas impactantes del nuevo relieve. En la zona hay bastantes empresas que organizan rutas guiadas (suelen rondar las tres horas) y explican el proceso eruptivo y el impacto social del volcán. Si vas en fin de semana o en temporada ata, conviene reservar con antelación.
Por último, antes de dejar atrás Fuencaliente, conviene recordar que es tierra de viñedos, emergidos sobre ceniza volcánica. Aquí hay varias que merece la pena conocer, como la de Victoria Torres, quizás el nombre que más suena dentro de la nueva ola de vinos palmeros, pero también se puede visitar fácilmente Bodegas Teneguía, donde elaboran las referencias de Llanos Negros, etiquetas con bastante peso dentro del vino de La Palma.
Comida: El Jardín de la Sal
Con la excepción del restaurante que mencionaremos para la última noche en La Palma, quizá el más gastronómico de los establecimientos palmeros sea El Jardín de la Sal, comandado por el chef Juan Carlos Rodríguez Curpa, que se hizo cargo de esta cocina en el año 2014.
Desde entonces, las Salinas de Fuencaliente tienen un restaurante gastronómico a su vera, con una de las mejores panorámicas de La Palma y con una cocina bastante fácil de entender, con buen producto y buenos puntos, aunque haciendo mucho hincapié en el producto local.
Es cierto que tras la pandemia se adecuó a una cocina más asequible, pero ha vuelto por derroteros más gastronómicos, sin dejar atrás nunca la esencia gastronómica de la zona ni haciendo que la creatividad se imponga al producto. o que el relato lo supere. Todo en El Jardín de la Sal está bueno, tiene un ticket medio moderado y si estáis en Fuencaliente es, con creces, la mejor parada que podéis hacer.
Tarde-noche: cumbres y astroturismo en el Roque
Desde Fuencaliente, en lugar de ascender directamente hacia cumbres, merece la pena desviarse por la carretera que recorre la vertiente occidental. El paisaje cambia de nuevo: coladas recientes, plataneras y una luz más abierta acompañan el trayecto. En Los Llanos de Aridane, capital económica del valle, se puede hacer una parada para pasear por la plaza de España y el entorno de la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios. Sus terrazas son buena opción para tomar un café o un helado antes de continuar.
A pocos kilómetros, el puerto de Tazacorte ofrece uno de los climas más soleados de la isla. La playa de arena negra y el paseo marítimo permiten un descanso junto al mar si el tiempo acompaña. También desde aquí parten excursiones en barco para avistamiento de cetáceos, de unas dos o tres horas de duración, con precios que rondan los 40-60 euros por persona. Más al norte, Tijarafe regala miradores vertiginosos sobre los acantilados y senderos que se asoman al Atlántico, ideales para una parada breve de 30-45 minutos.
Tras esta incursión en la vertiente oeste, la carretera comienza a ganar altura hacia el Roque de los Muchachos. El ascenso desde el valle de Aridane resulta especialmente escénico, con curvas pronunciadas y cambios de vegetación que van del cultivo subtropical al pinar de alta montaña. Conviene calcular al menos una hora y cuarto desde Los Llanos hasta la cima.
Con 2.426 metros de altitud, el Roque constituye el techo de la isla. Los miradores se distribuyen a lo largo de varios centenares de metros, por lo que es recomendable dedicar al menos hora y media a recorrerlos con calma. Desde aquí, la Caldera de Taburiente se despliega como un anfiteatro gigantesco, con barrancos que se precipitan hacia el interior.
En la cumbre se localiza el Observatorio del Roque de los Muchachos, uno de los complejos astronómicos más importantes del hemisferio norte. Las visitas guiadas duran alrededor de 90 minutos y exigen reserva previa. Si se prefiere una experiencia más libre, basta con esperar al ocaso para contemplar cómo el sol se esconde bajo el mar de nubes.
Cuando cae la noche, el cielo palmero despliega su fama internacional. La observación de estrellas —siempre respetando la normativa lumínica— pone el broche a un día que ha atravesado lava reciente, pueblos atlánticos y cumbres de más de dos mil metros en apenas unas horas.
Llevar abrigo es imprescindible: incluso en verano, la temperatura desciende con rapidez. Además, acuérdate de un error común que cometemos los peninsulares cuando vamos a Canarias, sobre todo en verano: anochece pronto respecto al continente, así que a las siete de la tarde ya puede ser noche cerrada.
Cena: dónde comer en el norte de La Palma
Entre Barlovento, los Sauces y San Andrés, podemos encontrar suficientes alternativas para cenar a en el norte de La Palma y también vamos a encontrar bastantes oportunidades de alojamiento, tanto como hoteles, como albergues, incluso viviendas de uso turístico. Además nos viene de perlas para iniciar la senda que recomendamos para el siguiente día.
Un clásico con horario ampliado en fin de semana es el restaurante El Canal, en Los Sauces y, si hablamos de Barlovento, otra referencia ineludible, con un horario bastante amplio es El Asador del Campesino.
No obstante, a la bajada del Observatorio del Roque de los Muchachos, si nos desviamos un poco hay otras dos alternativas que no dejaría de guardar en el mapa: el restaurante San Antonio del Monte y el restaurante la Mata
Día 2 – Norte verde y capital con sabor atlántico
Mañana: el Jurassic Park palmero
El norte de la isla ofrece un contraste radical con el sur. En el entorno de San Andrés y Sauces se sitúan los Nacientes de Marcos y Cordero, una de las rutas más singulares de Canarias. El itinerario completo puede ocupar entre cuatro y cinco horas, dependiendo del ritmo y las paradas, así que manejad los tiempos para, sobre todo, saber cuándo subir y controlar a qué hora estaréis de nuevo abajo.
Incluye varios túneles excavados en la roca —algunos completamente oscuros— por lo que es imprescindible linterna frontal y chubasquero. Hace falta una forma física de nivel medio-alto, así que no nos adentremos sin pensarlo dos veces.
El acceso suele realizarse en vehículo 4x4 hasta el inicio del sendero, pero es recomendable que, si pretendéis llegar hasta allí, contratéis el servicio con alguna empresa que gestionar el tránsfer por unos 15-20 euros por persona. El camino discurre junto a canales de agua y pequeños saltos que brotan directamente de la pared. Hay que tener cuidado por la época del año en la que se vaya porque cuando llueve, el caudal aumenta y la experiencia resulta más espectacular, aunque también más exigente.
Para quien quiera actividad, pero más sosegada, lo mejor es apostar por una alternativa más sencilla como es el Bosque de Los Tilos, dentro de la Reserva de la Biosfera. Desde el centro de visitantes parten rutas cortas y bien señalizadas de entre una y dos horas y te permitirán acercarte a la cascada principal y a los senderos entre helechos gigantes, que te darán la sensación de meterte en Jurassic Park, pero sin riesgo, claro.
El microclima húmedo favorece una vegetación exuberante de laurisilva, reliquia de la era terciaria y quizás el gran emblema verde de La Palma. Como siempre que nos adentremos en este tipo de territorios, tengamos claro que hay que llevar calzado impermeable y algo de abrigo ligero, ya que la temperatura desciende bajo la sombra del bosque. Y sí, llévate comida y agua.
Comida: Casa Osmunda
Si hablamos de restaurante gastronómicos, Casa Osmunda es, casi literalmente, el que se lleva 'la palma' en la isla. Comandado por el chef José Carlos Fonte, en Breña Baja, es el único establecimiento de la isla con un sol Repsol, además de figurar como Seleccionado en Guía Michelin.
De nuevo con el producto palmero como protagonista, Casa Osmunda es territorio localista, pero bien entendido y con una creatividad que no sobrepasa a los ingredientes, donde algunas de sus referencias ya se han convertido en clásicos como las papas confitadas rellenas de conejo en salmorejo, las puntas de solomillo con cuscús o el arroz seco con pollo y verduras.
Localizado en una antigua y colorida casona colonial, Casa Osmunda dispone, además, de una terraza muy agradable, que lo convierte en uno de los restaurantes más demandados de La Palma por méritos propios.
Tarde: Santa Cruz de La Palma y costa este
Empieza la tarde en Santa Cruz de La Palma paseando sin prisa por el casco histórico: desde la Plaza de España y la calle O’Daly (la “Calle Real”) se entiende enseguida por qué la capital palmera presume de balcones de madera, patios y un aire atlántico muy fotogénico. Cuenta con que, entre paradas para fotos, algún café y un vistazo al litoral, echarás al menos un par de horitas y merece la pena hacerlo a pie porque las distancias son cortas y el ambiente cambia mucho según te acerques al puerto.
Para añadir un plan de interior sin romper el ritmo, encaja muy bien el Museo Naval – Barco de la Virgen, dentro de una réplica de galeón junto a la Alameda: la entrada general ronda los 4,50 € y suele abrir de lunes a sábado (con horario ampliado en verano), así que es una visita perfecta si llegas con tiempo.
Cuando el sol empieza a bajar, toca la panorámica clásica: sube en coche (o en taxi) hacia el Mirador de La Concepción, en el Risco del mismo nombre, un cráter declarado Monumento Natural con vistas directas sobre la ciudad, el puerto y, hacia el otro lado, el aeropuerto. Está señalizado en la LP-101 y, si te apetece estirar piernas, se puede caminar un tramo por el entorno del risco; con viento, lleva una capa ligera porque arriba refresca aunque en la costa estés en manga corta.
Muy cerca queda el Real Santuario Insular de Ntra. Sra. de Las Nieves, visita breve pero con mucha carga simbólica en La Palma; si quieres asegurarte acceso al museo/atención al visitante. Entre el santuario y los miradores cercanos calcula más o menos una media hora sin prisas, más si te entretienes con las vistas.
Bajando ya hacia Breña Baja, haz una parada rápida en el Mirador del Risco Alto, a la salida de la zona turística de Los Cancajos (acceso fácil desde la LP-5): es un mirador libre, ideal para una foto general de la bahía antes de meterte en el paseo marítimo.
Cierra la tarde en Los Cancajos con el plan más agradecido: paseo litoral más baño (o al menos un rato de orilla). El paseo es cómodo y la playa, de arena oscura volcánica, suele ser buena para un snorkel sencillo si el mar está tranquilo; con escarpines y gafas lo disfrutas mucho más.
Si aún te queda luz y te apetece un último mirador alto, sube a la Montaña de La Breña (Mirador de la Breña), un cono volcánico de 565 metros coronado por la Cruz del Milenio, con vistas al Valle de las Breñas y, en días claros, incluso al Teide como colofón para una isla que se merece el apelativo de bonita como pocas.
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