Lo que Martín Berasategui recomienda no hacer en la sopa de ajo para que no quede regusto amargo: "No me gusta nada"

Es un detalle pequeño, pero suficientemente relevante para que el resultado final quede de diez

Jaime de las Heras

Editor Senior

La sopa de ajo es, seguramente, la más humilde, barata y reconfortante de todas las sopas clásicas de la cocina española. No es la única, claro, pero sí una de las más fáciles de preparar y de las menos agresivas para el bolsillo. Evidentemente, podemos “liarnos la manta a la cabeza” y añadir ingredientes de más calidad, pero la esencia es muy simple: ajo, agua, pan y huevo

Es cierto que también se suele incorporar un poco de jamón y hay quien, cuando se pone más exquisito, recurre a setas o incluso a trufa para darle un extra de aroma; aun así, el alma del plato sigue estando en esos ingredientes de partida. Por eso hablamos de un clásico plato de aprovechamiento que ha quitado el hambre a miles de personas durante siglos.

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Y, como de todas las recetas se puede aprender algo, en este caso vamos a fijarnos en un consejo que dio Martín Berasategui —el chef español con más estrellas Michelin— cuando pasó por las cámaras de Robin Food junto a David de Jorge hace ya unos años. 

No hay mucha ciencia en esta elaboración: basta con poner un poco de cariño y cuidar detalles que parecen pequeños, pero que cambian el resultado sin que nos demos cuenta. En concreto, Berasategui insistía en vigilar el ajo y evitar que se tueste: “que no coja color, porque le queda un regusto amargo que no me gusta nada”. 

Y tiene toda la lógica: cuando el ajo se dora en exceso o se quema, amarga el conjunto y estropea esa suavidad tan característica de una buena sopa de ajo.

Imágenes | DAP y Facebook Martín Berasategui

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