La sopa de ajo es, seguramente, la más humilde, barata y reconfortante de todas las sopas clásicas de la cocina española. No es la única, claro, pero sí una de las más fáciles de preparar y de las menos agresivas para el bolsillo. Evidentemente, podemos “liarnos la manta a la cabeza” y añadir ingredientes de más calidad, pero la esencia es muy simple: ajo, agua, pan y huevo.
Es cierto que también se suele incorporar un poco de jamón y hay quien, cuando se pone más exquisito, recurre a setas o incluso a trufa para darle un extra de aroma; aun así, el alma del plato sigue estando en esos ingredientes de partida. Por eso hablamos de un clásico plato de aprovechamiento que ha quitado el hambre a miles de personas durante siglos.
Y, como de todas las recetas se puede aprender algo, en este caso vamos a fijarnos en un consejo que dio Martín Berasategui —el chef español con más estrellas Michelin— cuando pasó por las cámaras de Robin Food junto a David de Jorge hace ya unos años.
No hay mucha ciencia en esta elaboración: basta con poner un poco de cariño y cuidar detalles que parecen pequeños, pero que cambian el resultado sin que nos demos cuenta. En concreto, Berasategui insistía en vigilar el ajo y evitar que se tueste: “que no coja color, porque le queda un regusto amargo que no me gusta nada”.
Y tiene toda la lógica: cuando el ajo se dora en exceso o se quema, amarga el conjunto y estropea esa suavidad tan característica de una buena sopa de ajo.
Imágenes | DAP y Facebook Martín Berasategui
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