Extremadura es una tierra que sorprende a quien la visita por primera vez, pues además de bellos entornos naturales ofrece un patrimonio histórico-artístico que va más allá de sus principales capitales. Pueblos como Alburquerque —no confundir con Albuquerque—, situado en plena sierra de San Pedro, conservan magníficos monumentos que atestiguan una rica historia y un pasado floreciente cuya huella se puede visitar hoy.
Alburquerque, muy próximo a la frontera con Portugal, se encuentra a unos 45 km de Badajoz y a 100 km de Mérida, y es una villa ideal para escaparse cuando las temperaturas son aún suaves. Con un extenso término municipal que abarca zonas de sierra, llanuras, grandes dehesas de encimas y cuencas de pequeños ríos, su riqueza natural complementa al gran atractivo de la localidad, su patrimonio monumental.
Son nada menos que cuatro los bienes de interés histórico y cultural que nos esperan en Alburquerque, además de otros monumentos y construcciones religiosas y civiles que merece la pena conocer. Y las dos niñas bonitas son sus dos castillos, destacando especialmente el castillo de Luna, que preside la villa desde las alturas.
El castillo de Luna es uno de tipo roquero, construido sobre un gran promontorio montañoso de difícil acceso que le da aún más señorío al porte que dibuja en el paisaje. Sus orígenes se remontan a época andalusí, aunque desarrolló su verdadera estructura a partir del siglo XIII, con la Reconquista. Es un complejo formado por muchos espacios y zonas diferenciadas, con dos recintos interiores y una gran torre del homenaje, conectando espacios un puente levadizo con un gran arco ojival. Aunque el interior ha sido reformado en el siglo XX para acoger distintas actividades, es una visita imprescindible, aunque sea solo por ver de cerca las torres, conocer su iglesia y contemplar las magníficas vistas desde el recinto.
Un poco más alejado está su hermano, el castillo de Azagala, también de la misma época, a unos 12 kilómetros al este. Aunque de propiedad privada y necesitado de una urgente protección y reconstrucción, todavía impone la visión de esta monumental construcción que servía de fortaleza y de residencia de nobles y otros habitantes del pueblo y viajeros.
El propio pueblo también guarda secretos a los que hay que dedicar el tiempo que merece una visita a fondo, empezando por las robustas murallas que, partiendo del castillo de Luna, siguen el cerro y rodean la villa histórica, llegando a alcanzar una altura de 10 metros en algunos puntos. Son varias las torres que recorren esta muralla y que siguen hoy en pie, cada una con sus funciones y peculiaridades propias.
Con las murallas hay que mencionar el barrio medieval de la Villa Adentro, también conocido como Barrio de la Teta Negra, el espacio que hoy está dentro del recinto amurallado; una especie de pequeña villa dentro del mismo pueblo que casi es un viaje en el tiempo con sus calles estrechas y pequeñas viviendas de una sola planta, muchas de ellas con arcos ojivales típicos de las fachadas góticas, con paredes blancas encaladas que las hacen destacar aún más.
Al castillo de Luna y este barrio histórico se suman, como bienes de interés histórico, la Iglesia de Santa María del Mercado y las pinturas rupestres del Abrigo de San Blas. La primera se ubica dentro del barrio medieval, una curiosa construcción de origen incierto pero que parece remontarse a fechas anteriores al siglo XV. Por fuera es muy modesta, pero su interior merece la pena.
Otros puntos de interés para quien visite Alburquerque son el pozo de Alcántara, del siglo XVII, el convento de la Madre de Dios y la iglesia de San Francisco, la ermita de Nuestra Señora de la Soledad y el santuario de Nuestra Señora de Carrión. Este último está a unos siete kilómetros de la villa, siendo una gran construcción de tres espacios con una plaza de toros y rodeada de un paisaje de gran belleza desde el que se pueden emprender rutas de senderismo por el entorno.
Imágenes | Turismo de España - Ayuntamiento de Alburquerque - Wikimedia Commons/Luis Rogelio HM