Clara de caucho, yema verde y olor a podrido: esto es lo que le ocurre a los huevos cuando los cueces demasiado tiempo

La cocción excesiva transforma los ricos huevos duros en un bocado muy poco apetecible, aunque comestible

Liliana Fuchs

Editor

Te puede gustar el huevo duro más o menos hecho, pero llega un punto de no retorno en la cocción en el que deja de ser un bocado apetecible para generar incluso rechazo a simple vista. Es el dilema constante de los huevos; crudos son un riesgo sanitario, pero demasiado cocinados se estropean por completo.

La técnica de cocer huevos duros perfectos en sí misma no es complicada, pero requiere de cierta práctica y controlar bien los tiempos y la temperatura. Para tener una yema cocida justo en su punto se recomienda una cocción de 11 minutos en agua justo por debajo del punto de ebullición, o unos 9-10 minutos en agua hirviendo con alegría. Pero ¿qué pasa si los dejamos cociendo demasiado tiempo? El pobre huevo comienza su caída a los infiernos. Al menos los del gusto.

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Cuando cocemos un huevo con su cáscara, va perdiendo agua por evaporación a través de los poros de esta, tanto en la clara como en la yema. Y cada una de sus partes sigue su propio camino en la química de la cocina.

La clara, rica en proteínas pero sin grasa, se va poniendo firme y, a medida que se cuece más tiempo, se vuelve elástica y correosa, adquiriendo una consistencia como de caucho. La yema, por su parte, muy rica en grasas, se convierte en algo parecido a una tierra húmeda, con textura granulosa como de arena.

Pasado ese punto, si seguimos cociendo el huevo, las proteínas del huevo se degradan y empiezan a liberar los átomos de azufre que contiene. Estos, al asociarse con hidrógeno, forman sulfuro de hidrógeno o ácido sulfhídrico, un gas que en altas dosis puede ser incluso tóxico. El primer efecto es que se forma una capa de color verde o grisáceo en el exterior de la yema, pues es un gas corrosivo, y si se siguen cociendo, nos llegará además un olor como a podrido, precisamente por los compuestos sulfurosos que se han formado.

El resultado es un huevo de clara que parece casi plástico, una yema arenosa de color poco atractivo que se despega y un olor algo pútrido que, en conjunto, convierten al rico huevo duro en algo que el instinto te empuja a tirar a la basura. Pero a pesar del aspecto poco apetecible, sigue siendo comestible y mucho más seguro que los huevos crudos.

Imágenes | Unsplash/Tamanna Rumee

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