Las Tablas de Daimiel viven su mejor momento del año… desde hace muchos años
Si eres español peninsular o continental, es bastante probable que en los últimos meses hayas tenido la sensación de vivir dentro de un aguacero permanente. No era paranoia. Estamos viviendo un año hidrológico excepcional: los embalses españoles acumulan hasta un 27% más de agua que la media de la última década.
En algunas zonas, esa lluvia sostenida ha sido una bendición; en otras, una pesadilla con inundaciones, barro y pérdidas materiales. Pero hay lugares donde el agua era una necesidad urgente, y donde ese exceso ha obrado casi un milagro. Uno de esos lugares es Castilla-La Mancha, y dentro de ella, la provincia de Ciudad Real.
Hablar de naturaleza en La Mancha no siempre genera el mismo entusiasmo que mencionar los Picos de Europa o el Teide. Es una región que, injustamente, suele quedar en segundo plano en el imaginario del turismo nacional. Pero este año las cartas están sobre la mesa, y son unas cartas muy buenas. Porque los acuíferos están a rebosar, y eso significa que las Tablas de Daimiel viven uno de sus mejores momentos en años.
El parque es, además, el último representante superviviente en Europa de un ecosistema muy concreto: las tablas fluviales. El término no es un nombre caprichoso. Las tablas fluviales son llanuras de inundación producidas por el desbordamiento estacional de los ríos que las surcan, y se forman en zonas donde el terreno es casi completamente plano y el agua no tiene por dónde escapar con rapidez. Antaño este ecosistema fue más extendido por la llanura central peninsular. Hoy, las Tablas de Daimiel son prácticamente lo único que queda de él en todo el continente.
El magnetismo de las Tablas de Daimiel
Lo que hace singular al parque desde el punto de vista hidrológico es la confluencia de dos ríos de naturaleza completamente distinta. El Cigüela, que procede de la serranía conquense, es un río estacional y de aguas salobres: su curso atraviesa sustratos de margas y yesos que añaden sales a su composición química.
El Guadiana, en cambio, aporta aguas dulces de forma permanente, procedentes del gran acuífero sobre el que se asienta el parque. Que dos ríos tan diferentes confluyan en el mismo punto y generen un humedal estable es lo que convierte a las Tablas en algo verdaderamente excepcional. El agua dulce del Guadiana favorece los carrizales; el agua salobre del Cigüela favorece otro tipo de vegetación palustre. Dos mundos dentro de un espacio reducido, con nichos distintos para fauna y flora que de otra manera no convivirían.
Bajo todo esto hay una pieza clave que lo sostiene: el Acuífero de la Mancha Occidental, también conocido como Acuífero 23. Se extiende bajo una superficie de más de 5.000 kilómetros cuadrados y sobre él se asientan 40 municipios. El parque se asienta literalmente encima, sobre un sustrato calizo que actúa como una esponja y puede funcionar como rebosadero natural del agua subterránea. Cuando el acuífero está lleno, el agua aflora. Cuando está vacío, el parque se seca. La conexión es así de directa.
Un parque nacional en casi perenne peligro de extinción
Y durante décadas, estuvo muy cerca de secarse para siempre. La apuesta agrícola por el regadío —maíz, remolacha, viñedo reconvertido— desencadenó una carrera de perforaciones que modificó el sistema natural de forma drástica. Se transformaron 100.000 hectáreas de secano en regadío, el nivel freático descendió progresivamente y las descargas naturales del acuífero en los llamados Ojos del Guadiana y en las propias Tablas acabaron anulándose.
En los años más críticos, la superficie inundada del parque llegó a ser de apenas 15 hectáreas sobre las 1.750 que teóricamente pueden cubrirse de agua. No es un dato menor: es la medida exacta de hasta dónde llegó el deterioro.
Por eso este año tiene un valor añadido. Ver el Cigüela correr con caudal real, y ver el acuífero recuperando niveles gracias al año hidrológico más generoso de la última década, no es solo una imagen bonita. Es la señal de que el sistema está respondiendo. No ocurre con frecuencia, y cuando ocurre, merece ser visto.
Cómo llegar a las Tablas de Daimiel
El parque se encuentra a apenas cuatro kilómetros del municipio de Daimiel, en plena llanura manchega, y a poco más de dos horas de Madrid por autovía. No hace falta mochila técnica ni botas de montaña. Es un plan apto para cualquier persona con ganas de caminar tranquilamente, respirar aire limpio y observar fauna sin prisas.
Dentro del parque existen varios recorridos habilitados. El más conocido es el itinerario de la Isla del Pan, con unos 1,8 kilómetros que pueden completarse en menos de una hora, ideal para familias con niños o para una primera toma de contacto con el humedal.
Más extenso es el recorrido de Prado Ancho, que permite adentrarse entre los carrizales y las láminas de agua. Hay también miradores distribuidos a lo largo de los senderos desde los que, en este momento del año, la vista resulta especialmente llamativa: el agua ocupa superficies que en años de sequía quedan completamente secas.
La primavera coincide además con la temporada de cría de muchas aves acuáticas. El parque alberga colonias de garzas reales, espátulas, cigüeñas, patos de diversas especies y, con paciencia, algún aguilucho lagunero sobrevolando los carrizos. Los binoculares no son obligatorios, pero quien los lleve no los guardará en la mochila.
El entorno cercano completa bien la escapada. Daimiel es un pueblo tranquilo con buena gastronomía manchega: migas, gachas, queso curado y vinos de la tierra a precios razonables. A menos de media hora en coche está Almagro, con su famoso Corral de Comedias y su plaza mayor del siglo XVII. No es fácil que las Tablas de Daimiel vuelvan a estar así en mucho tiempo. La ventana está abierta, y merece aprovecharse.
Imágenes | Daimiel Turismo
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