
Tienen un nombre jocoso que juega con el doble sentido de su origen como plato de carestía y la pomposidad que se le pretende dar
Si pensamos en platos que representen la llamada comida de pobres y tradicional, lo más probable es que todos visualicemos algo con patatas. El tubérculo que no llegó a nosotros hasta el descubrimiento de América, y que encima rechazamos durante mucho tiempo en Europa. Y cuánto ha hecho por nosotros la humilde patata; que se lo pregunten a nuestros abuelos.
Pocos productos hay tan agradecidos y versátiles en la cocina. Es barata, fácil de cultivar, se puede almacenar durante mucho tiempo y, sobre todo, llena el estómago con poca cosa más que le eches. Por eso los estofados de toda la vida no se conciben sin su patata guisada o añadida después en forma de patatas fritas o puré. Pero las patatas a la importancia, ese clásico de nuestra cocina, se merecen un monumento aparte.
Decimos que son un clásico, aunque su origen no está del todo claro. Se vincula a la posguerra en la región de Palencia, aunque su elaboración se ha extendido por todo el país, con pequeñas variantes. En realidad, localizar su autoría podría ser misión imposible, pues la historia de la hambruna en España está repleta de soluciones similares como esta receta para poder calentar el estómago con lo que había.
La gracia de las patatas a la importancia está en que el tubérculo es el ingrediente principal y casi único, pero combina varias técnicas diferentes que elevan su sabor y poder calorífico. Las patatas se rebozan, se fríen y luego se guisan en una salsa sencilla con azafrán. Es, esencialmente, un plato humilde, de tiempos de carestía cuando había que alimentarse y calentarse con lo poco que hubiera en la despensa, y el ingenio lograba hacer magia en la cocina. Su nombre encierra sarcasmo y sorna, al elevar a la patata a una categoría que, teóricamente, no tiene.
Pero están tan buenas que, de un tiempo a esta parte, las han recuperado muchos cocineros, chefs y restaurantes de alta cocina, en la versión más canónica pero con presentaciones refinadas, o reinterpretándolas un poco a su estilo. También las redes sociales han redescubierto este manjar, un plato que a muchos recordará a la cocina de la abuela, y que, aunque hoy suele tomarse como guarnición o primer plato, se merece recuperar su posición como plato único saciante, barato, reconfortante y delicioso.
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